Firmenich, Mazure y los judíos
Diario Perfil, Sábado 7 de febrero de 2008. Por Eduardo Montes-Bradley. Sergio Burstein, militante de DD.HH., exigió al gobierno que “actúe y termine con esta ola de antisemitismo”. La exigencia no sólo supone entre las atribuciones del poder temporal la de modificar aspectos distintivos de la nacionalidad sino que el antisemitismo en la Argentina sea un fenómeno tan pasajero como una onda marina. Uno de los primeros recuerdos que tengo del fascismo tiene su génesis en la Ley de Prescindibilidad del gobierno peronista en 1974. La ley tenía como objeto depurar al personal de la administración pública entre los que se encontraba, entre muchos, mi madre. Su apellido, muy judío, le valió el despido. Algunos años antes, dos compañeritos de segundo grado me increpaban buscando saber por qué nosotros habíamos matado a Cristo. Lo de nosotros me produjo un cierto desasosiego que el gordo Pérez y Pavolvski (con “i” polaca, no con “y” de judío, como solía decir cuando pasaban lista) se encargaron de aplacar con soberana tunda. Como era de esperar, el incidente acabó en el despacho del director que, tras escuchar los argumentos, me preguntó si acaso era cierto. Por un instante dudé: ¿el director quería saber si los judíos habían matado a Cristo o si era cierto que Pavlovski con i”polaca y el gordo Pérez se habían ensañado conmigo? Difícil saberlo. Hubo silencio y finalmente el director irrumpió: ¿Desde cuándo es usted judío Montes-Bradley? En aquella ocasión y en labios de un Pavlovski con i polaca, descubrí que todo hijo de mujer judía es judío hasta nuevo aviso y que el nosotros resulta inapelable ante las denuncias del párroco de la Iglesia del Socorro donde se nutrían ideológicamente mis compañeritos de grado. Alguna vez, Ana M. Shua me manifestó no haberse sentido jamás discriminada por ser judía en Argentina. Me costó creerle, todavía me cuesta. Años más tarde, ya grandecito, regreso del exilio setentista para encontrarme con que el antisemitismo era moneda corriente entre la militancia llamada revolucionaria. Recuerdo, particularmente, una reunión en las oficinas de Liliana Mazure en la que estaba presente Firmenich, recientemente liberado gracias a la ley de amnistía del gobierno peronista de Menem. Por entonces, Firmenich decía ser objeto de un complot de la MOSAD que buscaba aniquilar las reservas morales con las que el pueblo palestino contaba entre los militantes del peronismo revolucionario. El encuentro fue bizarro, Mazure asentía como hipnotizada por las revelaciones del líder. Hoy Mazure ocupa el cargo de directora del INCAA donde los crucifijos y vírgenes se multiplican como peces al grito de ¡Viva Jauretche! y ¡La vida por Nerón! Las instituciones se parecen cada vez más a las unidades básicas. Con el tiempo supe que lo que para mí era una novedad, no lo era. Ismael Viñas afirma que Rodolfo Walsh y Piri Lugones también eran antisemitas y a la memoria vuelven las reaccionarias declaraciones de Hebe de Bonafini sobre el particular. Para el fundador de Contorno, el antisionismo de la izquierda latinoamericana oculta un profundo sentimiento antisemita que se nutre del pensamiento nazi-fascista de principios de siglo. El reciente atentado contra la sinagoga de Caracas pareciera apuntar en ese sentido, las marchas contra la embajada y los escraches también. Con el tiempo aprendí a convivir con el sentimiento antisemita de colaboradores, adjuntos, familiares e incluso de amigos y colegas en el mundillo del cine documental. Era un antisemitismo folclórico, no parecía peligroso. Se me ocurre que llegó el momento de dejar la tolerancia de lado. Un antisemita es un antisemita aunque se disfrace de antisionista para recibir un premio en el Festival de Cine Internacional de La Habana. Por lo anterior, me permito dudar de las advertencias de Burstein: no creo que esto que estamos viviendo se trate de una ola, las olas pasan. Argentina vuelve –con el peronismo– a revivir la experiencia del antisemitismo tan profundamente arraigado en su voluntad. Que Buenos Aires se haya convertido en caja de resonancia de los acontecimientos en Gaza, es una manifestación ocasional de esa enfermedad que, como la psoriasis, cada tanto erupciona convirtiéndonos en monstruos frente al espejo.
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La celebración
Diario Perfil, 31 de enero de 2009. Por Eduardo Montes-Bradley. La Fernández aterrizó en La Habana, a tiempo para presenciar el estallido de la revolución en Washington, por televisión junto a la camarilla de conservadores retrógrados, obsecuentes de la fraternidad Castro. Los anteojos oscuros le impiden ver con claridad. Llama la atención esa capacidad del régimen insular para regodearse con las sobras del montonerismo fascista como Franco la tuvo con Perón en su momento. Entretanto, a 1.819,7 km de distancia, se escribía la primera página de un nuevo capítulo en la historia. Desde un sillón del living de mi casa en la Florida, asistí al encuentro.
Aretha Franklin fue inesperada, grata sorpresa. Días antes había sido Pete Seeger y una vez más This Land is My Land. Woody Guthrie agradecido, yo también. No sólo Martin Luther King soñó el momento. La llegada de Obama al poder es la concreción del deseo de mayorías, negros inclusive.
A partir de hoy nos levantamos, dijo, nos sacudimos el polvo y comenzamos la tarea de rehacer América. La tarea no parece fácil. Todas las referencias apuntan a Andrew Johnson y a la idea de reconstrucción que impulsó el sucesor de Lincoln. La tarea requiere de un pragmático, acaso Obama: la pregunta que hoy debemos hacernos no debería cuestionar la dimensión del Estado sino su efectividad. Cuando la respuesta sea positiva seguiremos adelante, cuando no, cortaremos programas sociales. Para muchos la línea se desdibujó en ese preciso momento y el experimento americano fue una vez más y ante todo un proyecto, como en sus inicios, como en sus mejores momentos.
Obama reconoció que la fuerza que alienta el experimento descansa en la honestidad, en el juego justo, en el coraje, en la tolerancia y en la curiosidad, en la lealtad y el patriotismo. Era justo que lo recordara. También habló de las nuevas obligaciones, de los apremios inmediatos, del precio y la promesa implícitos en la condición de ciudadanos.
Al encuentro asistieron más de dos millones de peregrinos en un espacio abierto entre el obelisco que recuerda a Washington y el promontorio donde descansa en mármol el Garibaldi de América. La presencia de Franklin D. Roosevelt estuvo garantizada en el discurso configurando así el tríptico-plataforma de una de las transformaciones más severas en la historia americana.
Me gusta Obama y se nota, aunque la idea me preocupe. Resulta peligroso que los intelectuales se vuelvan oficialistas. Tal vez más tarde reconsidere y calle, pero más tarde, no ahora. Ahora tengo ganas de celebrar la revolución sin guillotina, sin mártires ni paredón. Desde el podio que le garantizan los votos, sin palomas blancas ni conjuras, Obama se dirigió a cristianos y protestantes, judíos e hinduistas; pero también a los nonbelievers entre los que me encontraba. Hay que creer o reventar. Quizás entonces fuera posible que todos estuviéramos en la misma bolsa. Ningún otro presidente se había acordado de nosotros a la hora de inaugurar nada, los incrédulos también somos una religión.
Vuelvo a ver el discurso que grabé para que mis hijos lo recuerden en colores como yo recuerdo en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna. George W. Bush impertérrito, estoico. En Washington los depuestos se van caminando sobre la alfombra por la que llegaron. El tiempo se ocupa luego de mitigar el desprecio. Hasta el menos pensado consigue una tregua al final del camino. Pienso en Nixon. Perdonar es una manera de razonar con el pasado. Tal vez Bush tenga la misma suerte aunque por el momento no sea más que el presidente que llegó prometiendo unificar y no dividir y hoy termine su mandato sin haber cumplido, arrastrando por el mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.
Dijo Obama que alguna vez su padre, por negro que era, no pudo sentarse a la mesa de una cafetería. En Cuba sucede hoy tres cuartos de lo mismo y entre los progresistas de cartas abiertas no pareciera haber nadie dispuesto a decir nada para cambiarlo. Quizá, a partir de hoy, eso también cambie y es posible que así sea.
¡Ultimo momento! La Fernández le dio el visto bueno al discurso de Obama. Me preocupa. ¿Quién le tradujo a la Presidenta cuando Obama se dirigió a los Kirchner del mundo en clara advertencia?: a los que se aferran al poder, dijo, mediante el uso de la corrupción, el engaño y la censura, sepan que están parados en el lado equivocado de la historia. Honestamente, creo que Fernández no entendió tampoco el momento en que advirtió que el pueblo va a juzgar a sus líderes por lo que construyen y no por lo que destruyen. Supongo que no sería la primera vez que alguien se pierde una buena oportunidad de callarse la boca por culpa de una mala traducción.
Presidentes Poetas
Diario Perfil, Cultura, 25 de enero de 2009. En pleno furor de la campaña electoral, la revista “The New Yorker” dio a conocer unos poemas del actual presidente de los EE.UU., Barack Obama. Los poemas fueron prudentemente elogiados por Harold Bloom. Pero Barack Obama no es el primer presidente con veleidades de poeta: de hecho parece ser una costumbre bastante arraigada en la tradición política norteamericana que los presidentes se dediquen a escribir poesía, como lo atestigua el autor de esta nota, que repasa la historia política de la mayor potencia de Occidente y el intento de sus mandatarios por pasar a formar parte de “otra” historia.
Por Eduardo Montes-Bradley
Entre la frivolidad de Palin, el candor histriónico de Biden y las estratagemas de McCain para convertir a Obama en Rosa Luxemburgo hubo un hecho que bien pudo haber pasado desapercibido, pero no. Esta vez no se trataban de las relaciones entre el candidato y su pastor-petardista, ni del cruce con el pone-bombas Bill Ayers. Más aún, la resonancia fue aplacada por su escasa significación política, a saber: el futuro presidente había escrito al menos dos versos en su mocedad y The New Yorker los daba a conocer. La primicia tuvo repercusiones. Esta vez no fueron los conservadores del GOP estupefactos ante lo que pudo haber sido un error adolescente, no; el repiqueteo de los ataques venía de otro lado y mientras Ariel Dorfman celebraba la llegada del candidato-poeta, Harold Bloom señalaba las ventajas de que no hubiera cedido a la tentación de seguir escribiendo. Tanto Dorfman como Bloom se equivocan: ni Obama resulta más poeta que muchos de sus predecesores ni tan objetables parecieran los resultados.
Todo tiempo pasado fue igual. Según cuentan sus biógrafos, Abraham Lincoln combatió su depresión adolescente con poesía. Por entonces, la dolencia era conocida como melancolía y no había sino versos para remediar el padecimiento. Así escribe el fundador de la Norteamerica moderna: “Abraham Lincoln es quien soy/ Y con mi pluma lo escribí hoy/ Escribí con deleite y premura/ para los tontos sin cultura.”
De haberse sabido a tiempo, es posible que estos versos pudieran costarle a su autor las elecciones de 1860. Un solo Harold Bloom en el horizonte hubiera cambiado la historia convirtiendo al barbado de galera en el hazmerreír de su tiempo, evitándonos la excelencia de los discursos de Gettysbourg y Cooper Union. Y si la prensa neoyorquina se hubiera apropiado de estos otros versitos del insigne, la noticia hubiera acabado de un plumazo con cualquier vestigio del poeta republicano: “Abraham Lincoln,/ su mano y su pluma;/ nadie sabe cuándo,/ conocerá su Fortuna.”
Fue, en todo caso, la ausencia de críticos lo que permitió que el oriundo de Kentucky continuara cultivando la poesía secretamente. Sus últimos versos, dedicados al triunfo en Gettysburg, fueron considerablemente mejores que los anteriores. En un octeto que recuerda las tonadas de bebedores irlandeses, el entonces presidente se mofa del general Robert E. Lee, poniendo en sus labios el cuento de la derrota: “En mil ochocientos sesenta y tres, con pompa/ y gran empeño,/ Yo y la Confederación de Jeff fuimos/ a saquear Filadelfia,/ Los yanquis nos ganaron por experiencia, y/ nos hicieron las de Caín,/ Y tuvimos que huir al fin,/ Sin saquear a Filadelfia.”
En el poema, Lincoln se refiere a un personaje conocido como el Tío Jeff; en realidad Jefferson Davis. Pero volviendo al tema, John Tyler, presidente de la Confederación, antes que Lincoln, había tenido la oportunidad de celebrar en versos el buen humor y las pasiones amorosas. A falta de desafíos en el campo de batalla, el décimo presidente de la Unión le cantó así a la que sería su esposa cuando todavía ocupaba la Casa Blanca: “Dulce señora, despierte de sus sueños, despierte/ Somos seres extraños venidos de tras-las-sierras/ A cantarle una canción, en la muda noche estrellada.”
Quincy Adams (John) sucumbió antes que Tayler a la tentación, menos terrenal, de cantarle loas al Creador al que suponía tan americano como el que más. Como dicen por ahí, “una nación que reza unida, se mantiene unida”: “¡Oh! dejemos que el pueblo adore al Señor/ Que todos expresen su amor por El;/ Y la tierra toda habrá de proveer,/ Y Dios, sí, nuestro propio Dios, bendecirá.”
Quincy Adams se tomaba muy en serio la vocación, llegando a decir que hubiera preferido la vida de poeta a la de servidor público. Afortunadamente, el sexto presidente de los EE.UU. se entregó de lleno a los asuntos de Estado, reservando adoraciones, himnos, salmos y alguna que otra cana secular en verso para los momentos de intimidad.
James Madison, antecesor de Quicy Adams, perteneció a esa liga de jóvenes dispuestos a volcar pasiones en verso sin reparar en la precaución de destruir las evidencias después de resultar electos. El objeto de los cantares de Madison no estaba en los cielos sino en la tierra, más concretamente en sus enemigos políticos. Al menos tres ejemplos han sobrevivido el paso del tiempo: “Nuestra musa tardía una sátira impuso/ Y el humor sedujo hasta al último iluso/ Porque confundimos al enemigo con gente/ Que pudiera merecer una pluma decente”.
De haberlos habido, es posible que Madison no hubiera complacido a los críticos debiendo resignarse a ocupar el lugar que le estaba reservado en la historia como firmante de la Constitución en representación del Estado de Virginia y más tarde como cuarto presidente de la Unión.
“The times they are a-changin’”. Obama tampoco convence a los críticos y el juicio de Dorfman no satisface a los que buscan en el poeta la figura que redima su condición de presidente electo. Tal vez esto tenga que ver con la suposición de que los versos ennoblecen y la política envilece y la poco creíble consideración de que ambas afecciones encarnadas en un mismo sujeto pueda contradecir al sentido común. Sobran ejemplos para seguir demostrando lo contrario.
La predilección de Thomas Jefferson por Milton, Homero o Virgilo resulta consistente con la elección que hace John F. Kennedy de Rober Frost para su inauguración presidencial. Bill Clinton también echa mano a la poesía en los actos inaugurales, en 1993 fue Maya Angelou y en 1997, Miller Williams. Teniendo en cuenta lo anterior, los antecedentes poéticos de Obama no deberían llamar tanto la atención.
Los versos de Obama. Se trata de dos poemas muy personales, close to the heart, dirían. Si las figuras aludidas son o no la de su padre en Underground y la de su abuelo en Viejo, es materia de discusión; lo que no cabe lugar a dudas es que la irrupción “literaria” en medio del fervor electoral fue refrescante. Ya no eran sólo las voces de analistas políticos frente a los micrófonos sino las de críticos, académicos y poetas discutiendo el tenor y valor de los versos de aquel otro Barack. Hay algo en aquellos versos que resulta casi tan íntimo como las múltiples e inadvertidas confesiones del autor en sus memorias. En ese sentido, los versos de Obama se aproximan más a los que Thomas Jefferson le dedica a su nieta que a las butades irónicas de Madison; rozando por momentos la intimidad sugestiva de aquellos otros de Washington, el primero de los presidentes norteamericanos le dedica a Frances Alexander.
“¡Ah! me aflige tener que amar y esconder/ De antaño busqué, más nunca pude ofrecer/ A pesar del dolor que de amor padecí;/ Xerxes el Grande, no eludió el dardo de Cupido/ Y como todos los Héroes, a su poder cayó rendido.”
Se me ocurre que está bien que los presidentes desnuden sus preocupaciones del alma y que se sepa. Lo que me cuesta creer es que un par de intentos, por malos que los suponga Bloom, hagan de nadie un poeta como asegura Ariel Dorfman.
Duck and Cover!
El cetro simboliza la suma del poder; por ejemplo: el bastón de mando. Pero un bastón no es mucho más que un símbolo, y por más que se lo apriete, sacuda o esgrima no consigue hacer del príncipe un sapo, de la regente un sujeto de la Constitución y mucho menos aún doblegar la voluntad de los pueblos en caso de que tal cosa fuera posible. El cetro puede ser grande, corto, ancho, gordo, brillante, liviano o más pesado; con o sin empuñadura de plata y brillantes. Los hay de marfil, jade, carey y hasta de pino de Nueva Guinea. Algunos pueblos de la antigüedad enterraban a sus líderes con cetro y todo lo que permitía suponer el fin de un poder real. Claro que ese no es el caso de las democracias occidentales donde por más que se entierre al sujeto el objeto acaba irremediablemente pasando de manos. Una pelota también puede ser ese objeto, algo así como un bastón que es lo que, precisamente, habrá de pasarle Bush a Obama el próximo 20 de enero en una poco sencilla y seguramente muy emotiva ceremonia.
La pelota, también conocida como el maletín negro presidencial, no representa al poder, es el poder: El Gran Detonador, The Great Equalizer que desde los tiempos de Dwight Eisenhower constituye el cetro en la transferencia de mando presidencial en los EE.UU. El maletín, diseño exclusivo de Zero Halliburton, facilita, a través de Satcom, la comunicación directa entre el mandatario y los comandos centrales de operaciones nucleares en el Pentágono, en Colorado Springs y en Pennsylvania. Un solo ring proveniente de ese maletín o pelota es todo lo que se requiere para activar 1.300 armas nucleares capaces de hacerle escupir el carozo a Damasco o convertir a Teherán en el próximo Ground Zero lo cual había dejado de ser una posibilidad concreta durante los últimos veinte años y hoy vuelve a ser una consideración.
Veamos: India juega al truco con la diplomacia norteamericana haciendo tiempo mientras acomoda las fichas en la frontera con Pakistán. Bush envía a Condoleezza Rice para apaciguar los ánimos. Pero los indios insisten en que el mismo argumento que llevó a la nivelación de Afganistán después del 9/11 servirá para justificar la represalia contra Islamabad por los atentados de Bombay. Israel no confiesa que su arsenal cuenta con armas nucleares pero se sabe que las tiene y que colabora con Sudáfrica para que ésta pueda arrimarse al club de naciones privilegiadas que también cuenta con China, siempre tentada de hacer del Tíbet en una cancha de golf de un solo hoyo en lo que al Dalai Lama le lleva encender su incienso. Como que todo lo anterior no fuera suficientemente, Putin le da una mano al plan nuclear de Ahmadinejad, que no parece interesado en darle tregua al nuevo presidente norteamericano que, a demás de negro, acaba de nombrar como posible alternativa al diálogo a un secretario de Estado que usa polleras por arriba de las rodillas.
El próximo 20 de enero, Bush le pasará la pelota a Obama. Y si la Casa Blanca se encuentra en un estado similar al mundo que devuelve, el Estado debería quedarse con los dos meses de depósito indispensables para hacer las reparaciones del caso. El pase de la pelota tendrá lugar –poco después de la transmisión de mando– en una ceremonia privada en la que también pasan de manos los Códigos de Lanzamiento. No parecen estos ser tiempos de bastones cincelados a mano que evocan formas místicas de antiguas herramientas labriegas. Tal vez Obama intuya los apremios y eso explique la confirmación de Robert Gates como secretario de Defensa. Quién te dice, en una de esas, después de la crisis financiera que nos tiene aburridísimos, arrancamos con una buena dosis de paranoia que le devuelva a Holly- wood los argumentos perdidos y que nos permita a muchos desempolvar los planos de aquel postergado búnker en el sótano de casa.
La revolución permanente
La capacidad de los EE.UU por revolucionarse, no deja de asombrar. El triunfo de Obama encarna esa tradición que hace de la Unión un paradigma, ejemplo para la humanidad. El cuestionamiento sistemático, la capacidad de corrección sobre la marcha, de transformar dificultades en oportunidad es constante en el experimento democrático desatado en 1776. El resultado de Obama implica no sólo el reconocimiento de ese modelo revolucionario del XVIII, sino la derrota de una impronta caricaturesca sin que caiga una sola piedra del muro institucional.
Las multitudes en las calles evocaron los momentos más sublimes y de repente la nación parecía estar viviendo la llegada de las tropas que derrotaron al fascismo en Europa o el regreso de Armstrong de la Luna. Más imágenes para el archivo: Hoy estoy reconciliado con el suelo que piso. Hubo revolución y no cayó el muro: en veinticuatro horas cambió todo, y todo sigue en su lugar. Hace tan sólo cuatro años arrasaba Bush las urnas pintado como Tatanka Yotanka para la guerra; el tono entonces era otro, otras las caras, los consignas: otras. A poco de saberse los resultados de hoy, una multitud se aproximó hasta las rejas de la Casa Blanca para recordarle a Yotanka su condición de inquilino; otros miles llegaron a Times Square, no ya para celebrar el comienzo de año, sino el fin de una era, de un modo de decir las cosas. Las cámaras retrataron los gestos, y entre la multitud ninguno parecía encarnar el desafío prepotente del plomero Joe y nadie recordaba al robusto Schwarzenegger junto a McCain, ni a Cristina-de-Alaska. Entonces apareció Goliat frente a decenas de miles para inaugurar el siglo con aplomo de profeta. Algo fundamental cambió esta noche, la palabra volvió a ser omnipotente; y tal vez eso se deba -en parte- a que la gente ya no es la misma a las que Piero pudo cantarles, y está justo que así sea. Las instituciones, en cambio, están hoy más firmes que nunca y seguirán allí para garantizar el éxito de la revolución permanente.
Garzón, sivuplé.
Voy camino a un cementerio en Madrid siguiendo los pasos de Carlos Ma. Ocantos, el escritor argentino del que poco o nada se sabe. En el camino me desayuno de las noticias: la primera plana de todos los diarios anunciaban que el juez Garzón estaba a punto de conseguir la exhumación de los restos, de García Lorca. Pensé que el magistrado tendría prioridad sobre su muerto, después de todo Lorca precedía en el tiempo la de Ocantos a lo que habría que sumarle el prestigio del que goza el primero en relación a la escasa popularidad del segundo. Como agravante baste señalar que Lorca es fusilado por falangistas mientras que Ocantos, trece años más tarde, es fulminado por un cáncer de próstata: muy poco romantik. Lorca, ultimado junto a dos toreros y un maestro de escuela, fue a dar con sus huesos a una fosa común como Mozart; Ocantos muere en su cama, en un cuarto de pensión del barrio Chamberí como tantos otros cuyos nombres se ignoran. El muerto de Garzón es un fiambre ilustre, prestigioso; el otro no. Pero Lorca es tan sólo la punta del iceberg, el juez que procesó a Pinochet, que persiguió a los terroristas vascos y a los miembros de al-Qaeda en España se ha declarado «competente para investigar los crímenes de la Guerra Civil y el franquismo». La determinación supone ir contra la ley de amnistía del 77 que buscaba terminar con las conocidas diferencias de una y otra España: “Cuando canta un gallo negro, es que ya se acaba el día; sí cantara un gallo rojo otro gallo cantaría!” Aquel acuerdo nacional tuvo por objeto marchar hacia delante mientras la carga iba acomodándose sobre la marcha. La idea no era del todo descabellada, tampoco habían demasiadas alternativas. Sin transición no hubiera habido ni movida madrileña, ni destape, ni hashish, ni Almodovar, ni premios para Cecilia Roth, ni cantautores para la taquilla del Gran Rex. El resultado de aquel borrón y cuenta nueva es esta España, más socialista acaso, de lo que se estimaba posible.
Los argentinos, en cambio, elegimos otro camino: la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida, hizo posible juzgar los crímenes de la dictadura. En el trajinar se agotaron las voluntades de miles reduciendo la causa a una gesta familiar, símil-secta en la que los devotos e iniciados celebran cada encuentro entre los representantes de la nueva iglesia y el estado. De tal modo, la imagen de Cristina Fernandez junto a Bonafini, tendría un valor residual de aquella otra junto al cardenal Bergoglio. A falta de un muro de separación, el estado reconoce la existencia de más de un culto y la causa, devenida religión, acaba compartiendo los favores del Gobierno federal con el culto católico y la calle con las sectas protestantes.
Se me ocurre que tendría que haber otra manera de resolver los pleitos pendientes sin reproducir sistemáticamente los mecanismos del martirio, el castigo y la culpa. ¿Acaso España no había superado esa instancia integrándose al proyecto levemente laico de una Unión Europea constitucionalista y republicana? El riesgo que asume Garzón pone en juego la transición democrática que le ha permitido a España sobrevivir a las pretensiones regionales, a los infinitos desgarres y rupturas sociales. La apertura de causas vinculadas a los crímenes cometidos durante la guerra civil, hará que irremediablemente se planteen demandas de uno y otro lado en la antigua división entre españoles rojos y nacionales. Para muchos, Garzón es el único que no se ha dado por enterado de que Franco está muerto y que la Historia ya se encargó de ubicarlo en la galería de los más destacados homicidas. En algún momento es indispensable pasarle la posta a los historiadores y que sean ellos los que se encarguen de determinar responsabilidades, de otro modo la pesadilla de un juicio que incluya desde las masacres de Ruanda y Burundi hasta la Guerra de los cien años, resultaría tan inviable como propicia causa de flamantes cruzadas. Y pensar que todo esto empezó por detenerme a contemplar los diarios camino al cementerio. Mejor me hubiera quedado en casa.
Samba On Your Feet
EMB ENTERTAINMENT presents SAMBA ON YOUR FEET a film by EDUARDO MONTES-BRADLEY
guests HAROLDO COSTA, TÍA SURICA, XANGÔ DA MANGUEIRA, CARLINHOS DE JESUS,
HERMINIO BELLO de CARVALHO, MART´NÁLIA, TERESA CRISTINA, PAULO BARROS
photography MUSTAPHA BARAT sound BRUNO FERNANDES production manager LEONEL PLUGEL
written by JUAN TRASMONTE produced and directed by EDUARDO MONTES-BRADLEY
Year of Production: 2005 Lenght: 52 minutes / Language: Portuguese with English Subtitles
Samba en los pies, es una experiencia extraordinaria, un retrato de la música que acompaña una de las tradiciones culturales sudamericanas de mayor envergadura. Este formidable documental exhibe por primera vez para una audiencia inteacional el back stage del caaval con todas las emociones y detalles que le son propios. Samba en los pies; raíces y perspectivas, músculo y magia, divinidades y entidades desparramadas sobre la vereda y los barrios marginales de Río de Janeiro junto a las voces de Cartola, Caetano Veloso, Martinho da Vila, Ismael Silva, Clara Nunes y la inolvidable Clementina. Blanco y negro; dioses africanos y la Santa Cruz de los Conquistadores; la vieja Guardia y los nuevos talentos de la música brasileña se encuentran en una misma cesta cultural para redefinir el sentido de la cultura carioca desde una perspectiva singular, única. Xangô da Mangueira, Carlinhos de Jesus y la extravagante sacerdotisa Mae Helena D´Oxosse, los versos de Herminio Bello de Carvalho y la entrañable anfitriona Tía Surica, Mart´nália y Teresa Cristina todos juntos, por primera vez, para contar la historia secreta del Samba.
Samba On Your Feet is a delightful experience, a portrait of the music behind a cultural tradition that captivated Hollywood. This outstanding documentary exposes a worldwide audience, for the first time, to the brewing scenes of caival and the turmoil of emotions that hide deep within our soul. Samba On Your Feet; roots and perspectives, flesh and ghosts, entities and divinities spread out along sidewalks and slums of Rio de Janeiro next to the voices of Cartola, Caetano Veloso, Martinho da Vila, Ismael Silva, Clara Nunes and the unforgettable Clementina. Black and white; African gods and the Holly Cross of the conquistadores; the Old Guard and the new talents blended in the same cultural basket to redefine brazilian music from a singular perspective. Xangô da Mangueira, Carlinhos de Jesus and the extravagant priestess Mae Helena D´Oxosse, talent hunter and poet Herminio Bello de Carvalho and the warmest of all hostesses Tía Surica, Mart´nália and Teresa Cristina they all gathered around to tell the untold story of samba.
Ce documentaire autour de la samba, filmé à Rio de Janeiro et truffé de scènes du fameux caaval, retrace l’histoire de cette musique au rythme unique, née de nombreux conflits. Le spectateur est ainsi plongé dans les anciennes traditions de l’époque esclavagiste, à l’origine de la samba. Vieille école et nouveaux talents, personne n’est oublié dans ce panorama historique.
Las hijas de Solske
Desconozco sus nombres de las hijas de Solske. Quizá pueda adivinar las edades, no más que eso. Y si sé que se trata de las hijas de Solske eso es lo que dice al dorso en letra cursiva, en Yidddish del que se hablaba en Polonia. La cerca de madera detrás de las niñas es idéntica a la que hice instalar hace un par de años en casa: Picket Fence. Las cercas de lejos son como las de acá y eso le da cierta actualidad al registro.
Las niñas visten de domingo, visten para una foto que fue tomada con la intención de hacer el viaje antes que ellas. Si en efecto fue tomada en domingo (seguramente sábado) el cartero pudo o no haber recogido el sobre que la contenía el lunes por la mañana para llevarlo hasta el almacén de ramos generales de Kemenetz Litovsk con destino a Kiev, o Vasrsovia. La verdad sea dicho no tengo idea cuál serían las rutas del correo del zar, ni siquiera se si eran del zar. Tampoco tengo en claro si hubo o no un almacén de ramos generales en Kamenetz Litovsk y es demasiado tarde para averiguarlo. De cualquier modo, la foto llegó a destino y permaneció en alguno de los cajones de mi abuelo hasta su muerte. Desde entonces la foto quedó a cuidado de mi madre que esto fue lo que me dijo cuando le pregunté:
“Los vestiditos blancos se los mandamos desde Rosario para que los vistieran en el barco, durante el viaje a la Argentina. Creo que la más pequeña debe ser una prima que andaba por ahí ese día y se sumó al retrato, no lo se. Está claro que para la foto también los vistieron a modo de agradecimiento o tal vez para decir “ya llegaron y nos quedan divinos”. Lo cierto es que las hijas de Solske nunca consiguieron embarcar y hasta donde pudimos saber terminaron en una fosa común en Kamenetz Litovsk que ya tampoco existe”
Eso es todo lo que se de mis tías abuelas, además de que una pudo haber tenido seis o siete años y que la más alta debió haberle llevado un par de años de ventaja.
¡Por las barbas del profeta!
Un fantasma recorre los pasillos de Washington amenazando al mundo con el Corán en la mano, y como si esto no bastara para escandalizar la fe de los cristianos Morales traslada, de El Cairo a Teherán, la sede de la única embajada de Bolivia en Medio Oriente. La movida pone en evidencia la amenaza de una coalición chiíta-aymara decidida a erradicar el sionismo urbi et orbi. Desafortunadamente, McCain, que es quien mejor debería expresar los términos de la amenaza, manifiesta serias dificultades para pronunciar el nombre de aquel que considera su enemigo. Durante el primer debate presidencial, el candidato republicano titubeó, balbuceó y enredado sólo consiguió pronunciar su nombre con alguna dificultad: “Ah-ma-di-ne-jad.” Un parto.
Esa incapacidad de McCain es una forma de aniquilación, el ninguneo al que hizo referencia Paz en su El laberinto de la soledad es el preámbulo de una conducta de desprecio que anticipa el exterminio. Obama, en cambio, parecía transitar los corredores del mismo puzzle con más prudencia sin que su actitud alcanzara para evitar que Irán ocupara un lugar hegemónico en el debate. Corea del Norte, Darfur, Georgia, Venezuela, Cuba, la crisis de piratas en Somalia y la restitución de la amenaza rusa cedieron cuota de pantalla en favor de la invención de la amenaza iraní. Según McCain, esa amenaza es palpable, tangible, real, y el andamiaje de la argumentación republicana, ante la imposibilidad de mencionar armas de destrucción masiva, señala el peligro que entrañan los baklavas nucleares en manos del enemigo, capaces éstos de elevar los triglicéridos de la tolerancia americana a índices inaceptables. Obama, el inexperto, actúa con cautela y saca una carta de la manga: “Ahmadinejad no es la última instancia del diálogo en Irán”, evidenciando con el argumento una ventaja cualitativa sobre su oponente. Obama parece haber estudiado la bolilla y entender que por encima del sexto presidente de la República Islámica se yergue el mango de la sartén que ostenta el ayatolá Khamenei, comandante en jefe, líder supremo. Es curioso, se suponía que en este primer debate era McCain el que iba a lucir los blasones forjados en la fragua del internacionalismo capitalista, pero no. El septuagenario no sólo tuvo dificultades para llamar al enemigo por su nombre, tampoco consiguió identificar objetivamente su rango. La campaña republicana pareciera obsesionada con la idea del diseño de un nuevo objetivo militar y McCain asegura que petiso orejudo –con el que no piensa reunirse– busca la destrucción del Estado de Israel, lo cual bastaría para hacerle sentir todo el peso de la prepotencia militar. En la justificación de su argumento el senador recurre, una y otra vez, a la cuestionable traducción de The New York Times de uno de los discursos en los que el troglodita persa promete barrer del mapa al Estado de Israel. Curiosamente, la traducción del diario neoyorquino no sería la que mejor se ajusta al sentido de las expresiones vertidas. Según Hooman Majd, autor de The Ayatollah Begs To Differ: The Paradox of Modern Iran, lo que Ahmadinejad dijo, citando a su vez al ayatolá Homeini, fue que “Israel se desvanecería de las páginas del tiempo”, lo que se aproxima, en tono y forma, a una profecía coránica más que a la visión paranoica de shiskebabs atómicos zurcando los cielos de Babilonia en busca de la concreción de las fantasías hitleristas. Con esto no pretendo postular que Ahmadinejad estuviera dispuesto a asistir al bris de los nietos de Shimon Peres pero tampoco suscribir a la idea de que Irán represente una amenaza más grave para los EE.UU. que la tasa de desempleo de Chihuahua y Durango o el trasladado de la Embajada de Bolivia de El Cairo a Teherán. ¡Por las barbas del profeta!: si lo que McCain pretende es amedrentar a la clase media con los peligros que entraña el programa nuclear iraní, el hombre tiene competencia y no precisamente en Barack Obama sino en el Hombre de la Bolsa, que le ganó de mano.
El discreto encanto del Señor Ocantos
CARLOS MARÍA OCANTOS NACIÓ EN BUENOS AIRES el 20 de mayo de1860. A los veintitrés años vio publicada La cruz de la falta, de la cual apenas quedan unos pocos ejemplares disponibles en bibliotecas y subastas. Ernesto Quesada, crítico de la época, se empeño en rescatar el debut literario por su significado histórico más que por los méritos de la obra, después de todo muy pocos de sus compatriotas hasta entonces se habían aventurado en el género. Pero quizá, más importante llegado el caso, sea el hecho de que el compromiso de Ocantos con la novela lo llevó a concretar una obra de treinta y cinco títulos incluyendo novelas, novelas cortas y recopilaciones de cuentos en los que retrata –como ningún otro– la intimidad en las relaciones de la burguesía porteña, las modas y pautas culturales, las vicisitudes de zaguán en los caserones del centro, las alternativas cotidianas en tiempos de la fiebre amarilla, el nepotismo, las costumbres del campo, la fragilidad institucional y las intrigas políticas. Nadie retrató con tanto énfasis la corrupción y las extravagancias de la República y al mismo tiempo creyó tan vehemente en las infinitas posibilidades que ofrecía esa “tierra de promesas” a la que habían llegado sus abuelos a principios del XIX. Es bueno saber que la idea de la Argentina como una tierra con futuro tiene al menos un pasado prometedor. Sin embargo, y obra mediante, Ocantos no deja de ser un olvidado, aunque habría que ver si es que resulta posible olvidar aquello que nunca se tuvo en cuenta porque lo cierto es que el hombre fue ecuánimemente ignorado en vida como después de muerto. Y si poco y nada se sabe hoy de su producción literaria, menos aún de su desempeño como diplomático. Curiosamente, Ocantos acabó siendo víctima de la confabulación de los idiotas que solía retratar con lujo de detalles en sus novelas. Su extraordinaria capacidad de injuriar y llamar a las cosas por su nombre hizo de Ocantos un escritor maldito y no por ello menos genial.

Un año después de la publicación de La cruz de la falta (1883), su primer novela, Ocantos ingresa a RR.EE. como Secretario de la Legación en Río de Janeiro, diez años más tarde es nombrado Primer Secretario y chargé d´affaires de la Legación en Madrid, para entonces ya había publicado El candidato (1893), continuación de su anterior Entre dos luces (1892), su cuarta novela. En Madrid permanece hasta 1909 momento en el que se registran en su haber catorce títulos publicados que gozan del reconocimiento de un sector importante de la crítica literaria local. Ese mismo año Ocantos es destinado como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario a Dinamarca y Noruega donde al momento habitaban la friolera de diez ciudadanos argentinos. Andreas Haningsen, uno de los diez representados, pasó a ejercer como cónsul adjunto. Por razones que desconocemos Ocantos se deshace de Haningsen el 12 de mayo de 1916 y, a partir de ese momento, el exonerado inicia una curiosa operación destinada a serrucharle el piso a su exjefe y autor de Quilito (1891), única novela que sobrevivió al escarnio de la crítica y la academia argentina. Según consta en el legajo de Cancillería (hoy curiosamente desaparecido) el comedido habría denunciado a Ocantos por escrito el 4 de enero de 1917. Haningsen fundamenta su solicitud de destitución de Ocantos en función de tres argumentos: “1. Su vida privada; 2. Su carácter pendenciero, 3. Su hermana”. Según Haningsen, Ocantos había llegado a Dinamarca en mayo de 1909 en compañía de su hermana María Luisa y de su “secretario privado”, un “gallego” de nombre Costa Millet. La referencia a “su vida privada” alude a la naturaleza de la relación entre Ocantos y Costa Millet que Haningsen juzga inapropiada a un dignatario infiriendo que ambos vivían entregados al pecado en parques y pensiones de la capital danesa. Lo relativo a “su carácter pendenciero” tiene que ver directamente con ciertos roces producidos a partir de la publicación de Fru Jenny: Seis novelas danesas , obra de Ocantos traducida al danés que generó severa crítica en al menos un periódico local donde se acusa al autor de “cínico perfecto”. El artículo cuya copia fue remitida a Cancillería por el alcahuete Haningsen , juzgaba inaceptable que un extranjero escribiese sobre las costumbres de los súbditos daneses. Entre tanto, en Argentina, los nacionalistas juzgaban las novelas de Ocantos demasiado españolas para el gusto local. Los nacionalismos se parecen.
Para Haningsen, Ocantos no solo era un mal escritor sino un artista de poca monta: “Puede ser que (sus) no sean muy famosas, pero sus cuadros son horribles y naturalmente con la modestia que lo caracteriza el se cree un gran pintor” sic. Haningsen escribe mal, con errores de ortografía; hay algo que Haningsen no confiesa y que probablemente nunca sabremos. Su actitud es la de un despechado, la de un resentido. Haningsen ignora o prefiere ignorar que Ocantos goza de merecido prestigio: Galdós, entre otros, fue instrumental en su designación como miembro de la Real Academia Española y no conforme con denigrar la letra y la paleta de Ocantos afirma, en su carta, que la relación íntima con el “secretario privado” constituye un bochorno para la joven nación Argentina y que su hermana es una “pobre infeliz sin educación, de malas maneras, fea y sonsa” lo que a juzgar por cuna de los Ocantos y testimonios familiares, no deja de ser una infamia tan vergonzosa como la que descalifica su prosa y devoción por la pintura. Para Costa Millet, el secretario privado, Haningsen reserva el término “gallego” a modo peyorativo, haciendo honor a la condición recalcitrante del medio pelo argentino tan finamente retratado por el autor en sus novelas: Haningsen bien pudo haber habitado en las páginas de El candidato (1893), La Ginesa (1894) o Don Perfecto (1902). Víctima del nacionalismo dinamarqués y las mezquindades del resentido Haningsen, Ocantos abandona Dinamarca para instalarse definitivamente en Aravaca, suburbio madrileño, donde construye una casa de muy buen gusto en la que vivirá el resto de sus días en compañía de su hermana. El reconocimiento literario llegará de sus pares en España, en Escandinavia y de la mano de los siempre tan oportunos académicos norteamericanos, particularmente en dos de sus figuras más destacadas: Frederick Bliss Luquiens y su alumno Theodore Anderson que en 1934 hará pública su tesis “Carlos María Ocantos, Argentine Novelist”. Fue este último, precisamente, quien observó que resultaba “difícil suponer que no hubiera un lugar de honor reservado en la historia de la cultura en Argentina para un hombre que tan bien y por tanto tiempo había servido a su país como diplomático pero cuyos libros lo habían convertido en el embajador literario más trascendente que haya tenido el país.” Lamentablemente Anderson, a New Englander after all, no contaba con la predisposición de Rojas y Lugones para sepultar a Ocantos y su obra por juzgarlo, entre otros argumentos, demasiado excéntrico, gay y ajeno al gusto nacional. A Lugones y Rojas se les volvía tan intolerable la sonoridad del lenguaje ocantiano como a Haningsen la supuesta e inaceptable la relación del diplomático con su secretario privado. Con el tiempo todos olvidarían a Ocantos y los argentinos perderían la oportunidad de sumar a su patrimonio a uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana. Tal vez no sea demasiado tarde…
Carlos María Ocantos falleció en Aravaca, el 30 de agosto de 1949. Sus restos fueron sepultados, junto a los de su hermana María Luisa, en el Cementerio de San Justo en Madrid. Un año más tarde y a solicitud de la familia Ocantos, ambos cuerpos fueron repatriados y desde entonces – comme il Faut – el novelista-diplomático vino a sumarse a muchos de los secretos el Cementerio de la Recoleta.
