Frankly My Dear…

El coágulo sagrado

Posted in Artículos by Eduardo Montes-Bradley on July 15, 2003

Y el paso de mi morcilla por la villa de Venado Tuerto…

Los europeos se sorprenden al vernos retroceder sobre las huellas en busca de una historia que nos contenga. Aunque en realidad no veo de qué habrían de asombrarse quienes desde siempre han cultivado la idea de que la sangre, más que los talentos, avala circuns-tancias extraordinarias. Podemos pensar en centenares de agrupaciones dedicadas al estudio de temas genealógicos cuyo objetivo primordial pareciera ser la reivindicación de sus miembros como herederos en un pool genético exclusivo, suerte de “Cantriclú” del Coágulo Sagrado al cual se ingresa por vía endovenosa hasta transformar la heredad en morcilla para deleite de los socios. Son los hijos e hijas de dudosa procedencia, herederos de príncipes, reyes y dioses, hijos de la divinidad aunque la divinidad y el apellido sea lo único que no cayó en manos de prestamistas londinenses. El certificado, la condición de hijo de algo superior (identificable), convierte a los “hijos de” en una subespecie entre lo humano y lo divino; en una suerte de semihéroes o semihombres que han revuelto su sangre en la sangre de sus antepasados sumergiéndose en un pantano de la cual son crúor esencial. Pienso también en los H.I.J.O.S. y se me ocurre que no debe ser muy distinto el mecanismo que pone en funcionamiento la selección de sus iniciables. Digo, no veo por qué vayan a sorprenderse los europeos de nuestras agitaciones, de nuestros intentos por descifrar el genoma, a menos que teman –los europeos– una inminente invasión con Moyano a la cabeza enarbolando la documentación probatoria de su condición de único heredero al trono de Castilla. Suena descabellado, pero una de las características más notables de la genealogía (genial-orgía) es, precisamente, lo descabellado y factible que resultan ser sus revelaciones. El hombre americano (los que legaron) buscó desprenderse de la pesada carga ancestral, a cambio de un destino, una vida más acá de las naves incendiadas. La idea fundamental (fundacional) fue construir(se) un presente desvinculado (aunque más no sea creyéndolo) de los traumas primitivos que habían quedado en ese atrás al que los habitantes de Brooklyn llaman “the old country”. Resulta curioso que quienes llega-ron al Río de la Plata hablaban de Europa, al tiempo que los que llegaron al Hudson o al East River hablaron siempre de “el viejo país”. A Europa puede regresarse, mientras tenga nombre (y sus derivados: España, Italia, etc.), a “el viejo país” es más difícil regresar, quizás imposible. En un intento por romper amarras, por incendiar naves y salvarse, el protagonista de “Luz de las crueles provincias” vende el árbol genealógico que le había encomendado su padre al partir de Italia. Tradición y genealogía son moneda de cambio que van a proporcionar al protagonista de Tizón los recursos para iniciar una nueva vida. Después de todo, América no parece un destino tan cruel para una historia que debió haber quedado para siempre sepultada en el pueblo de sus mayores.

Pero resulta que no es tan fácil deshacerse de la historia personal, y quien lo logra está inevitablemente convirtiéndose en el eslabón de una nueva cadena que habrá de provocar el interés de algún heredero futuro. ¿Acaso no es en cierta forma lo que hace el mismo Tizón exorcizando desde su Lettera 22, y en Yala, lo que podrían tener de reales sus vínculos con la historia familiar? Todo esto me hace pensar en aquella mariposa de Bradbury que cambiaba el devenir de toda la humanidad modificando irremediablemente el pasado (que de todos modos para la mariposa era el presente). Y en ese andar reescribiendo la historia, buscando encontrar quienes somos los que somos en esta orilla o fuimos en la otra, uno busca inevitablemente rearmar con una mano lo que con la otra enajenó (uno o su sangre) para salvar el pellejo. A mí también me ocuparon alguna vez los ancestros de la otra orilla con sus historias o los de esta misma, más al norte, en una Nueva Inglaterra de cofias e ideas peregrinas. Pero hoy me interesa más la reconstrucción de un pasado menos remoto del cual, paradójicamente, es mucho menos lo que sé. Supongo que esta variante de la obs-tinación tiene que ver con las circunstancias que rodearon a mis abuelos y no a los suyos (no los de usted sino los de mi abuelo –¡ese tercero singular!–) cuyos paradigmas ya me fueron en gran medida revelados. Reconstruir el entorno de mis antepasados norteamericanos o vénetos del XIX (los del XVIII suelen ser más atractivos) constituye un juego, una mera distracción. Pero cuando el objeto se traslada a mis abuelos, ya no puede hablarse exclusivamente de una práctica lúdica sino que también entran en la partida otros factores capaces de constituirse en herramienta útil para pensar las vicisitudes que nos hicieron ser quienes somos bajo una lente ligeramente menos empañada por la condensación de los siglos.

Veamos: abuelos tuve dos y eso me tranquiliza. Un tercero hubiese puesto en peligro cualquier intento por abordar el tema con seriedad. Ambos están íntimamente ligados a la provincia de Santa Fe aunque ninguno de los dos de allí provenga. Como es sabido, sólo los querandíes (querendones) pueden arrogarse la pertenencia a la tierra, aunque vaya uno a saber, a sabiendas de los privilegios de sangre de sus ancestros guaraníes. Pero dejemos de lado los Native Americans, aventuras y desventuras de la conquista, para regresar al tema de mis abuelos made in América que a esta altura del partido me parece mucho más interesante que las tribulaciones de mil taparrabos. Por el lado materno pienso en don Jacobo (Kaplan), centroeuropeo, hombre de campo cuyos lazos con el viejo mundo son violentamente desarticulados por la acción devastadora del nazismo. Don Jacobo recaló en María Teresa, localidad vecina a Venado Tuerto, como recibidor de cereales. El zeide, como lo llamábamos sus nietos, acabaría por reinventarse, años más tarde, como próspero ciudadano de la ciudad de Rosario. El padre de mi padre fue Saúl Mariano Montes Bradley, hijo de argentinos descendientes de españoles, norteamericanos y alemanes con contiguos (en términos americanos) lazos en el Nuevo Mundo. Saúl nació en Rosario exactamente hace noventa y seis años. Sus padres eran de Buenos Aires, pero la crisis (siempre hubo alguna) de fines de siglo los había desplazado hacia el “interior”. En toda generación ha habido quiebres, bisagras que coinciden con las recurrentes crisis. La que le tocó vivir a mi abuelo paterno lo empujó un poco más allá del “interior” de sus padres; por algún tiempo, el destino de Saúl y su tribu marchó a Venado Tuerto. Aquel “interior” de sus padres había sido Rosario, el suyo, esa otra frontera en la que hoy busco vestigios de su paso por la tierra; indicios que me permitan reconstruir sus fantasmagorías, ficciones al fin y al cabo no muy distintas a las de tantos otros hombres.

Hoy resulta interesante pensar en esa sucesión de traslados en términos de fronteras que se cruzan, que son cruzadas. Supongamos que la primera en la saga familiar fue la aduana porteña de Buenos Aires (el árbol genealógico asegura que no). Hay cierta memoria de un paso prologado –¿un siglo?– por la miserable aldea. Hubo que sobrevivir batallas (no la de Isla Verde precisamente), revoluciones, tiranías y transformaciones hasta que uno de esos cambios, una de esas crisis, fuerza el acercamiento al nuevo destino: Rosario. Claro, para entonces ya las sangres están lo suficientemente licuadas para que no se hable en términos de españoles, norteamericanos o alemanes sino de argentinos. Los que llegan a Rosario llegan de otra orilla pero no “de afuera”. Esta nueva frontera tiene la peculiaridad de ser un puerto de río y como es sabido todos los ríos van a mar y el mar aún une mi sangre (mi morcilla) con las orillas y las morcillas del Mediterráneo o de Nueva Inglaterra. Pero la crisis que azota a la generación de mi abuelo (quizá sólo a mi abuelo), arranca a Saúl de la margen occidental del Paraná para depositarlo en el fondo de un destino americano al que pienso con la forma de un vaso, un lugar llamado Venado Tuerto, un espacio inimaginable cuya sola mención habla de una cierta na-turaleza frágil y discapacidad. El traslado de Rosario a Venado Tuerto debió haber estado signado por esas mismas características. Los nom-bres de las ciudades las tienen. Pienso que es digno ser venado y que resulta casi heroica su discapacidad, en su condición de tuerto (¿su tuertez?). Rosario, en cambio, me produce cierto resquemor, al menos no considero apropiado para un agnóstico comecuras como el sus-cripto haber venido al mundo (según dicen) en una ciudad consagrada al rosario y a la fe santa que tanto nos ha hecho doler. Mi abuelo Saúl, para regresar a su paso por la Tierra y no al mío, se radica a fines de la década del treinta, principios de los cuarenta en una modesta vivienda de la calle Saavedra de aquel lugar tan americano, tan venado y tan tuerto. Hoy la casa sigue en pie, no así mi abuelo que falleció miles de cigarrillos más tarde. Mi padre conserva una fotografía de cómo era la casa entonces, de cómo él cree recordarla al dar sus primeros pasos. La imagen aggiornada del inmueble (me gusta decir inmueble) me pertenece. Logré esa toma durante una reciente visita a Venado Tuerto. Una invitación de Fernando Peirone, editor de la revista Lote, me abría las puertas al pasado, a esa otra frontera de mi morcilla. Invito al lector a que compare ambas fotografías. Si todo sale bien, el diagramador las habrá dispuesto como en aquel juego de los siete errores. El tiempo fue desdibujando líneas en la mampostería, convirtiendo la puerta principal en el ingreso a una peluquería para niños (seguramente consecuencia de alguna otra crisis); cambiaron los portones y seguramente la sombra del árbol ya no es la misma. Durante aquella visita me fue posible encontrar otros rastros del paso de mi abuelo por aquel lugar. El logo del Jockey Club por ejemplo, también el de la Sociedad Rural y algunas revistas en las que su pluma trazó anuncios para tiendas prestigiosas hoy seguramente desaparecidas merced a otra u otras crisis sucesivas: Ansaldi, Balbuena Hnos., Cococcioni & Cía. Una maqueta del Club Nueva Era, una foto de mi padre junto a su mate y otra del abuelo junto a sus amigos del lugar. Quizás alguien pueda reconocer alguna de las caras que lo acompañan en lo que parecería ser un domingo de invierno para celebrar.

El paso familiar por aquella frontera, por aquel Far West (farlamérica), fue breve. Un par de años después de instalarse en aquella casa de la calle Saavedra, mi sangre emprende el camino de regreso. Y digo regreso con cierta solemnidad porque nunca mi morcilla había llegado tan adentro del país. Nunca antes se había apartado de las orillas de los ríos y los mares que le permitieran replegarse al cauce. Mi abuelo junto a mi padre y la madre de mi padre regresaron a Rosario desde dónde otra crisis (¿nacional o personal?) expulsó a mi viejo sobre las huellas de su abuelo pero a la inversa. La aldea miserable ya no lo era tanto y mi padre arroja el ancla por casi cuarenta años en los que hubo de sobrevivir batallas (no la de Isla Verde precisamente); revoluciones, tiranías y transformaciones hasta que uno de esos cambios, una de esas crisis, fuerza el acercamiento a un nuevo destino. En cuanto a mí, bien, me tocó en suerte como a mi padre, desandar los pasos del abuelo de mi abuelo o del abuelo del abuelo de mi abuelo y me dejé llevar por las aguas hacia las mismas costas de las que habían zarpado ciento cincuenta años antes. Hoy no vivo en el azul Mediterráneo de los Montes (les ahorré a los españoles el disgusto de volver a ver mi coágulo republicano), sino en la América de los Bradley. Da igual, ambas están muy lejos y muy cerca de aquel venado ciclópeo donde la conjunción de ambos apellidos fue un gesto infinitamente americano sobre la pampa gringa. Esa conjunción de nombres Montes-Bradley, sólo pudo darse como las de Belgrano-Rawson, García-Hamilton y tantos otros en una extensión de tierra cruel que separa a sus generaciones con crisis para después engullirlas, deslizarlas por el embudo hasta el fondo del vaso donde acabarán convertidas en borra generacional de café, de vino, en sueños “generacionales” o pesadillas “colectivas” para finalmente vomitarlas a todos (o devolverlas) al mar, en un gesto reconciliador con la estirpe. Mi familia, mi sangre, mi estirpe, mi morcilla tuvo muchos destinos, uno de aquellos fue Venado Tuerto donde aún persisten, a pesar de las crisis y el tiempo, las huellas de mi abuelo Saúl.

Revista Lote. Año VII, N° 72, julio 2003. Venado Tuerto, Santa Fe.