Frankly My Dear…

Diario del Qué en Bolivia

Posted in Artículos by Heritage Film Project on May 3, 2008

La primera imágen que me viene en mente cuando pienso en Bolivia es la de una mujer sentada en la vereda de la calle Cangallo, junto a la entrada del supermercado Disco. Por aquel entonces, yo tenía siete años y la vendedora de limones unos cuarenta. Curiosamente, hoy ya no existe la calle Cangallo de mis mocedades, yo ya no soy el que era y seguramente la mujer tampoco. La segunda referencia que tuve de Bolivia fue cuando la muerte del Che. Pocas veces después volví a oír de ese lugar. Alguna vez en 1978 desde la ventanilla de un Boeing 707 de Braniff International Airways y a doce mil metros de altura sobrevolé Santa Cruz; luego La Paz. Ya no existen ni Braniff ni los Boeing 707. Alguna vez pensé que Bolivia podía ser una melodía de Simon & Garfunkel en el Central Park. Simon & Garfunkel tampoco existen. Según dicen, en poco tiempo es Bolivia lo que va a desaparecer, y mi paciencia tiene un límite. Antes de que todo se vaya al garete, antes de que el país se fraccione y pase a convertirse en otra cosa, tengo que con-seguir el sello boliviano en mi pasaporte para sumar a un álbum que llevo de países en extinción: ¿Yugoslavia, Checoslovaquia y la URSS? Las tengo. La decisión estaba tomada.

Viajé a Salta con el propósito de reunirme con el Negro Ramírez y Guille. La idea era llegar hasta Aguas Blancas, a orillas del Bermejo, y cruzar al otro lado y hacer una película en Bolivia sobre la desintegración. Una vez sellado mi pasaporte, seguiríamos tras las huellas de Castelli y el Ejército Auxiliar del Norte. Esos caminos condujeron alguna vez a los centros de poder, hoy conducen a ninguna parte. Si todo sale bien, llegaríamos a Potosí en un par de días. Me gusta la idea de sacarle plata a una mina a 4.824 metros sobre el nivel del mar y respirar la falta de oxígeno. I can’t wait.

LA FRONTERA

Aguas Blancas, a orillas del Bermejo, es un lugar curioso. El ómnibus que nos trajo desde Salta se detuvo en la terminal. Nunca más apropiado el nombre. Ahí no hay más que gente en interminables filas esperando pasar por la aduana para embarcarse en chabolas o cruzar con el agua al cuello. Llevan huevos, miles de huevos, cargados en carros que jalan como orientales disputándose cada palmo del trayecto. En cualquier frontera latinoamericana uno puede hacerse a la idea de qué es lo que no puede conseguirse del otro lado. En Bolivia faltan huevos. Nosotros vamos por otra fila, más diligente, más rápida, donde no hay huevos. Los equipos de filmación llaman la atención al vista. El hombre de uniforme pregunta adónde vamos y le respondo que a Bolivia, y eso pareciera ser suficiente. ¿Adónde más podríamos haber ido?  Después: la barranca. Los que vienen cargados dan vuelta los carros y en lugar de jalarlos tratan de frenarlos para que los huevos no terminen pasados por agua. Junto a la orilla los (nos) esperan las embarcaciones a motor o a remo. Los que no tienen para el pasaje cruzan a pie. Dicen que cuando el río viene cargado muchos no lo consiguen. Un poco más al Este pueden verse grupos que cruzan eludiendo migraciones. Algunos días más tarde, a mitad de camino, en un lugar llamado Camargo, conocí a Weimar Dueñas López. Weimar me contó que durante casi seis años vivió en la Argentina ahorrando para regresar y comprarse una casa. Precisamente allí, en Aguas Blancas, lo detuvieron y lo despojaron de todo. Dice Weimar que los gendarmes le ro-baron mil quinientos dólares, pero que lo que más le dolió fue que le hicieran lavar y cepillar caballos durante tres días. Weimar afirma que ahora que tiene trabajo no piensa ni sueña con hacerse la Argentina. Dice Weimar, también, que a las muchachas que regresan por Aguas Blancas no las ponen a cepillar caballos.

Desde el momento que llegamos fuimos presa de la fauna local, mosquitos casi imperceptibles me dejaron las piernas como frontón de tiro, lo que explicaría que los locales no anduvieran en bermudas. Las sonrisas de los nativos lo dicen todo: el gringo es un nabo. Nelson Rivera López, piloto del transbordador, me aclara: “Son muy diminutos los upiteros, se meten por todos lados, señor”. Los upiteros son tenaces y chupan hasta diez veces su volumen en sangre. Pienso en Jorge Massetti corriendo entre los matorrales enfrentando junto a sus compañeros la resistencia upitera y la gesta revolucionaria vuelve a ganar mis respetos. No creo que Massetti se haya perdido en el monte salteño, como cuenta la leyenda. Creo que se lo morfaron los jejenes o que lo volvieron loco y terminó arrojándose desde el barranco a las rocas. La revolución tiene sus bemoles. Pienso en Massetti pero también en Guevara, Butch Cassidy, Castelli y Belgrano. Cómo puede ser que ninguno haya dejado constancia de este flagelo. Se me ocurre que, a veces y por hacerse los machos, los hombres dejan fuera del relato detalles mínimos.

WELCOME TO TIJUANA

Al otro lado del río está Bermejo, una suerte de Tijuana, puerto libre para que los argentinos vengan y compren, y en Bermejo hay de todo de todo menos huevos. Busco dónde sellar mi pasaporte, y nada. Esto no es Bolivia, Bolivia queda saliendo de Bermejo, camino a Tarija. La avenida costanera es un caos. La villa se extiende hacia el interior atestada de mercados de ropa china, perfumes truchos, pilas, zapatillas, brocados, alfombras, artesanías, devedé truchos, cedé truchos. Buscamos un hotel de cinco estrellas y nos conformamos con una. El edificio era como un laberinto de pasillos y escaleras. En uno de esos pasillos me cruzo con una nativa de cabellos como la crin de una yegua que pasa el lampazo sacándoles brillo a los baldosones. De una de las habitaciones sale una pareja. La mujer, de unos setenta años va de kolla; él de civil: traje gris, camisa y corbata. Algo parecido sucede en las calles de Amman, donde alguna vez vi a una mujer cubierta por el velo acompañada por un hombre tan de civil como el que acababa de cruzarme. Es curioso cómo la tradición suele ir del brazo del hombre.

Me calienta la pendeja que limpia los pisos. No sé si es la crin de yegua o el lampazo, pero hay algo que definitivamente me atrae de la situación. En eso estábamos cuando creí reconocer el olor del humo del cigarrillo de Billy Grant, un olor penetrante, dulce como la melaza de maple acaramelado. Billy Grant, a quien no había vuelto a ver desde mis días en Nicaragua, me sorprendió por detrás como si el tiempo no hubiera transcurrido. Estaba igual que siempre, un clon de Stuart Whitman con tiradores:

—“This is gonna get ugly kiddo”— dijo señalando los titula-res del diario local en el que se hablaba de la toma del aeropuerto de Santa Cruz. Venía con hambre atrasado y a punto de desmayarme. Grant sugirió que fuéramos al mercado, y eso fue lo que hicimos. En el trayecto el veterano me contó que no trabaja más para la “agencia”, que después de la explosión en el compound de los marines en Beirut tuvo una revelación y que ahora se consideraba un neomarxista. “Mano de obra desocupada”, pensé. A poco de andar, encontramos un chiringuito que pintaba bien para el tentempié. Desde los parlantes de la radio junto al mostrador brotaban incontenibles los ladridos del Chaqueño Palavecino interrumpidos por las noticias:
“Unidades de la Fuerza Aérea boliviana tomaron esta madrugada el aeropuerto ViruViru. Fuentes cercanas al gobierno precisaron que la terminal está copada por soldados y policías que no permiten el ingreso a periodistas. Algunos funcionarios y personal civil denunciaron haber sido tratados como terroristas”.
—“Si volvemos al banzerismo estamos perdidos” aseguró Grant segundos antes de hundir la jeta en lo que quedaba de su tamal. “Evo tiene miedo y se le nota, García Linares; en cambio, la tiene clara. Pero los yanquis le dieron la espalda, como lo hicieron con Allende. This ain’t good politics kiddo… Desde Washington el Leadership Institute alimenta la fragua con la esperanza de partir Bolivia al medio. Divide y vencerás, lo de siempre”.

A Grant le habían lavado el cerebro, no hay nada más patético que un CIA vuelto evangelista-bolivariano. El imperialismo ya no es lo que era y las fantasías paranoicas del progresismo se hicieron presa de la desilusión. Mientras el gringo despotricaba contra el capitalismo, yo me preguntaba por qué la propietaria del chiringuito pelaba naranjas antes de exprimirlas. No tiene sentido. Un poco más allá, junto a un muro en que puede leerse “Evo racista”, hay una kolla sentada junto a su manta vendiendo limones. Billy Grant andaba con espíritu de reclutar y yo no estaba con ánimo de sumarme a ninguna causa emancipadora, de modo que aproveché su ida al baño para perderme en los pasillos del mercado en busca de una respuesta a la pre-gunta que comenzaba a obsesionarme: ¿Por qué los bolivianos pelan las naranjas antes de exprimirlas?

Esa tarde dimos con Newton Álvarez Toledo, el chofer que se ofreció a llevarnos en taxi a Tarija. El hombre dijo que pasaría a buscarnos por el hotel a las 5.00 pm y decidimos aprovechar las dos horas que nos quedaban en Bermejo para buscar un mapa de ruta y tirarnos a descansar en los sillones del lobby del hotel y fumar. Mapas no hay. Una vez más, las noticias por la radio:

“Una multitud liderada por Rubén Costas, gobernador de Santa Cruz, se volcó a las calles para manifestarse contra la toma del aeropuerto por parte de las tropas federales”. Según la radio, el gobernador habría aprovechado la volteada para acusar a Chávez de golpista y no dudó en llamarlo macaco, rata, sinvergüenza y cobarde. Si se trataba de una pulseada para medir fuerzas, pareciera que Santa Cruz lleva las de ganar. Costas no parece interesado en los rumores y en la primera de cambio deja en claro que ni en la Rusia comunista, ni en la Alemania de Hitler, ni en la Cuba de Fidel, ni en el Chile de Pinochet hubo jamás lugar a reclamos autonómicos, dejando de ese modo en claro cuáles serían los paradigmas de Morales y su aliado venezolano. Interesante. Para el gobernador rebelde, la autonomía santacruceña es un reclamo que debilita la estrategia centralista y amenaza la acumulación de poder del inca de turno. Hablando del INCAA, el otro, el de Lima 319, acabo de recibir confirmación verbal de que las autoridades de turno no darán reclamo a mi solicitud de apoyo al documental sobre Bolivia temiendo que se trate de otro ardid del imperio para debilitar la estrategia bolivariana. La cruzada maneja la caja, uno hace lo que puede. Días antes de mi llegada a Bermejo, Hugo Chávez advertía desde Cuba sobre la posibilidad de que Bolivia pudiera convertirse en un nuevo Vietnam; de ser así, Venezuela no permanecería de brazos cruzados, aseguró el macaco. Suena interesante. Quizás éste sea, después de todo, el principio de otro viaje.

EL TAXISTA SUICIDA

A poco de andar la cuesta que nos aleja de la frontera, dimos con el puesto de migraciones y Newton Álvarez Toledo ofició de intérprete, lo que me pareció sumamente curioso, ya que todos hablábamos la misma lengua. No quise hacer demasiadas preguntas. Ahora tengo el sello que acredita mi paso por un país que está a punto de dejar de serlo. El viento sopla del cuadrante noreste y de repente todo se cubre de humo. Los upiteros no se dan por enterados y lanzan un ataque en masa. El humo, cada vez más denso, viene de la quema de sembradíos de soja que mantiene al chaco santacruceño en tinieblas durante esta época del año. En la medida en que los recursos naturales de los chacos santacruceño, chuquisaqueño, del Beni y Pando ganan pro-tagonismo, el antiguo poder minero del altiplano pierde sustento. En definitiva, ésa pareciera ser la madre del borrego.

Queríamos llegar a tiempo para cenar truchas en Tarija, veníamos en silencio, cada uno en lo suyo, un poco acojonados por la velocidad con la que Newton tomaba las curvas después de persignarse. La fe resulta envidiable.

—“No se preocupe que la virgen viaja con nosotros”, aclara el hombre, besando la medallita de plomo que cuelga del retrovisor
—“Acá nadie viaja de arriba”,,le digo; “si no paga, se baja”.
—“No diga esas cosas, a ver si todavía nos pasa alguito”. Nunca se me había ocurrido pensar en la muerte como “alguito”.
Los pueblos se suceden entre plantaciones de naranja.
—“Antes de que terminaran la carretera, se tardaba una noche en llegar” asegura Newton. Todo cambia. Le pido a Newton que se detenga junto a un lapacho en flor. El hombre obedece. El árbol es extraordinario, amarillo. Un poco más adelante la banquina se puebla con gente de rasgos suaves que no se ajusta a los escasos requerimientos de la postal boliviana.

Segunda parte

Son guaraníes, tobas, weenhayeks y tapietes. Están también los pacahuaras, quienes según registros recientes alcanzarían la friolera de once individuos, casi tantos como para una selección. Los nativos de por acá dicen que tienen sus muy originarios escrotos por el piso de la dominación de los nativos de allá arriba; es decir, de los kollas y los aymarás que los vienen explotando desde mucho antes de que a Pizarro se le ocurriera organizar el imperio de otro. Los de por acá dicen que Morales es mestizo, medio kolla y medio blanco, y que ellos no tienen en buena estima a ninguna de las dos subclasificaciones.
Newton advierte:

—“Si van a quedarse en Tarija, vayan sabiendo que a los prostíbulos los llaman mansiones y no “casa de damitas” como en Bermejo. Si de regreso pasan por Bermejo, no dejen de visitar “Okay”, ahí hay damitas que vienen de Brasil y Colombia”, dice Newton, “y no se preocupen porque a las damitas las ve el médico todos los martes, aunque no haga falta porque no tienen mucho trabajo. Sólo turistas, las bermejeñas son bastante putas y a fin de cuentas, para qué andar pagan-do lo que a uno le regalan, ¿no?”.

BIENVENIDOS A PADKAYA

Al anochecer dimos con un pueblo a oscuras. El humo había quedado abajo, en los valles. Podría asegurar que Padkaya es bello a la luz de la luna. La oscuridad también es silencio y en los pueblos donde no hay luz la gente susurra. No entiendo bien por qué. Dice Newton que su familia es de allí, de Padkalla. Dice que más arribita hay un chorro y una laguna donde habita una sirena a la que muchos vieron. Las leyendas que hablan de sirenas en lagunas son comunes en estos pagos y me cuesta creerles, después de todo es sabido que las sirenas no son de agua dulce. ¿No será que de tantas ganas de tener una salida al mar los bolivianos las inventan? Newton me dice que cuando Bolivia recupere el mar, todo se va a solucionar. Nunca terminé de entender el argumento y le cuento que Suiza, rodeada de montañas, es uno de los países más ricos del mundo y que Haití, que sólo tiene salida al mar es uno de los más pobres.

—“Eso es allá; esto es acá”,  contesta y sin más se monta al volante de su Datsun Corolla con el que finalmente llegamos a Tarija un par de horas más tarde.
TARIJA LA LINDA

Tarija se parece en mucho a La Habana y los tarijeños le dicen “la linda” del modo que los salteños llaman a su provincia “la linda”. Es bueno que el lugar en el que uno vive sea lindo. Yo he conocido ciudades horribles, por ejemplo Gualeguaychú.

A lo largo de este viaje habrá siempre quien sostenga la originalidad conforme a un supuesto orden de llegada o lo que es peor, de su creación. Supongo que la originalidad es otra cosa y hace a la ex-clusividad. Ser originario por estos pagos no resulta demasiado original. Bolivia es un pueblo hecho de muchos pueblos, todos distintos y originarios seguramente, pero vaya uno a saber de dónde.

Voy a durar poco en Tarija. Una noche de luna llena y una trucha rellena. Bajando por la calle Virginio Lema en busca del Guadalquivir me encontré frente a un muro de adobe en el que leo: “Evo: Tarija será tu tumba”. Bolivia: siete letras, un millón y medio de preguntas.
Por la mañana temprano, mientras el Negro y Guille ultimaban los detalles de la partida, aproveché para comprar una libreta de anotaciones, un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas plastificadas con ilustraciones del elefante Trompita. Poco serio.
Apenas se aleja el viajero de Tarija, se encuentra con el desvío a Oriente donde comienza la subida a la cordillera de Sama. A dos horas de andar, la temperatura cae unos diez grados y lo verde desaparece delante del lente como si se lo hubieran cargado. Atrás (abajo) queda Tarija, oriental, húmeda, petrolera, guaraní-amazónico-upitera con olor a tierra mojada y siestas a la sombra de un lapacho. La tumba de Evo, a decir de muchos. Por delante, el altiplano: terracota, seco, árido, polvoriento, inhóspito, bello hasta las nubes, kolla-céntrico y minero, quechua y aymará. Entre una Bolivia y la otra: nada. La nada, una guerra a punto de alimentar la fragua documental. Hace dos horas estaba en Tarija, ahora busco sin suerte el empalme a Potosí. En Bolivia no hay mapas. Dicen que en el Archivo General de Indias hay un par que bien valen la pena, pero por acá no se consiguen. En eso andaba, cuando la última curva se desdobló sobre una huella ancha y recta que devolvía al terreno la horizontalidad perdida. Aparecieron las primeras casas de adobe, algunas cabras sueltas, una vaca, prendas secándose al sol en patios demarcados por muros precarios de barro y piedra, perros y un cementerio, después otro. Dos cementerios parecen demasiado para un lugar como éste. Antes de llegar al caserío, cruzamos un puente sobre el lecho pedregoso de un río seco cuyo nombre (si alguna vez lo tuvo) nadie recuerda. Casi sin darnos cuenta llegamos a Iscayachi, el Kandahar de América.
ISCAYACHI

La calle principal sin nombre es tan ancha como la pista de aterrizaje para narcotraficantes. Por un momento, tengo la impresión de que detrás de un edificio va a asomarse un Humvee cargado de marines tras los pasos de una banda de talibanes a caballo camino a Dabare. Tal vez no. Un niño en bicicleta pedalea en dirección al cementerio. Sobre el manubrio, un manojo de flores blancas. Las mujeres del pueblo se parecen a la limonera de la calle Cangallo y a su pariente del mercado en Bermejo. Casi todas van vestidas de tradición, pero ellas no saben que los suyos son trajes típicos. Me da la impresión de que esas mujeres han perdido algo: ya no son originales. Entre las más jóvenes hay alguna que optó por las muy marcadas formas de un Lee bien ajustado, desteñido, made in China. Pero les falta relleno. Todavía no he visto un buen culo en lo que llevo relevando terreno boliviano. ¿Será? A mí me gustan las kollas en jeans más que las ko-llas con pollera a pesar de lo que les falta. El jean resulta siempre más honesto, las polleras engañan. Los hombres, en cambio, van de paisano y usan gorra de béisbol de algún club de la liga americana o de una destilería de petróleo cruceña. Además de soja, Santa Cruz tiene petróleo y gas y oleaginosas y esas cosas. Durante siglos, lo que importó fue la plata de las minas y a los potosinos les valió madre que los orientales vivieran de la caza y de la pesca. Ahora la tortilla parece haberse dado vuelta. Más allá, una gomería sin gomero y un camión estacionado junto a la esquina desde la que unos tipos miran y se sonríen. Somos un éxito: ¡Somos exóticos! En uno de los muros de la pista de aterrizaje leo un graffiti que insta a votar por “un hombre que hace cosas”, pero no revela ni identidad del sujeto ni cuáles las cosas que hace. Me da la impresión de que por aquí ya nadie hace nada y que el almacén de Roberto Sánchez y René Soraide no ha vuelto a abrir sus puertas desde que Castelli se animó con el Ejército Auxiliar. No debe de ser fácil auxiliar a nadie en Iscayachi, menos un domingo. Todos parecieran estar esperando algo, ¿pero qué?

La señora Mamani, propietaria del único almacén abierto en domingo, asegura ante la pregunta de rigor:
—“Siga derechito hasta El Puente, de El Puente a Las Carreras, de Carreras a Villa Abecia y de Villa a Camargo, pasando por Palca Grande. De Camargo a Tacaquira, Muyuquiri, Padcoyo, Licore. Después viene Totora Palca, Belén y Cucho Ingenio. Ahí ya va llegando a Potosí, caballero. A no más de las cuatro”.
Se me ocurre que no se consiguen mapas del altiplano porque la gente no los necesita.
Antes de abandonar Iscayachi, aprovechamos para comprar algunas galletas y unas cuantas botellas de agua. Las señoras volviendo del río con las tinajas cargadas ya no son parte de la postal y las señoras aseguran que prefieren las botellas aunque, llegado el caso, parecieran dispuestas a posar para el National Geographic.

—“Las botellas son más prácticas en llevar señor” dicen. Comprando estábamos cuando nos dimos cuenta de que los nativos habían rodeado la camioneta o “movilidad”, que es como se le dice por estos pagos a cualquier forma de transporte. Poder trasladarse implica no permanecer sentado sobre un bulto, apoyado contra un muro, mirando por los visillos. En Iscayachi, las apariencias engañan: donde todos parecieran estar de paso están, en realidad, esperando algo que los traslade, que los transporte. Por más exóticos que fueramos, no nos miraban a nosotros, miraban la camioneta y la posibilidad de un pasaje. Tal vez esto último explique el engorde de las tropas de Belgrano. Se me ocurre que en aquel entonces, la posibilidad de sumarse a un ejército de campaña tendría mucho que ver con la inmovilidad. Esta gente, a pesar de las limitaciones, viaja distancias considerables si se tiene en cuenta que parecieran estar siempre en un mismo lugar. Supongo que no son ellos, son otros. Me miran y los miro; amago a moverme y nada. Tengo la impresión de que éste es un juego que ellos conocen mejor y que juegan desde siempre. También está claro que no tienen ningún apuro y esperan jugar sus fichas cuando intente marcharme. El “no” ya lo tienen, lo que no tienen es nada que perder. Me toca mover a mí.

Gringo sube a camioneta. Your turn. Ellos juegan en equipo. En la aproximación vino el diálogo en lengua partida. Casi todos los nombres de lugares que arriesgan resultan incomprensibles a mis oídos. Alguien tira San Vicente camino a Villazón. Seguramente el hombre piensa que vamos de regreso a la frontera, pero se equivoca. Digo: “¡Voy a Potosí!”. El hombre insiste: “¡San Vicente!”. Pienso que por San Vicente anduvo Butch Cassidy y la posibilidad resulta tentadora. Lo pienso, dudo un instante. El hombre sonríe como si me tuviera entre las cuerdas. Me toca mover a mí:

—Potosí, voy a Potosí si alguien va para ese lado, que suba—  digo. Todos menos dos se retiran desanimados. Los que se van lo hacen como los pajes, sin reverencias, caminando despacio hacia atrás. Las dos que quedaron en el tablero son mujeres. Una va vestida para la postal, la otra de jeans, made in China.
—¿Hasta dónde van?—  pregunto.
—Hasta allacito —  dice la que parecía ser la madre de la otra.
Dejamos Iscayachi con dos pasajeros en tránsito rumbo Potosí el 23 de septiembre a las 12:15 pm. Temperatura: 19°. Humedad 12%. Vientos leves del sector Norte.
Visibilidad: una preciosura.

Diario Perfil. 3-4 de mayo de 2008.