El discreto encanto del Señor Ocantos
CARLOS MARÍA OCANTOS NACIÓ EN BUENOS AIRES el 20 de mayo de1860. A los veintitrés años vio publicada La cruz de la falta, de la cual apenas quedan unos pocos ejemplares disponibles en bibliotecas y subastas. Ernesto Quesada, crítico de la época, se empeño en rescatar el debut literario por su significado histórico más que por los méritos de la obra, después de todo muy pocos de sus compatriotas hasta entonces se habían aventurado en el género. Pero quizá, más importante llegado el caso, sea el hecho de que el compromiso de Ocantos con la novela lo llevó a concretar una obra de treinta y cinco títulos incluyendo novelas, novelas cortas y recopilaciones de cuentos en los que retrata –como ningún otro– la intimidad en las relaciones de la burguesía porteña, las modas y pautas culturales, las vicisitudes de zaguán en los caserones del centro, las alternativas cotidianas en tiempos de la fiebre amarilla, el nepotismo, las costumbres del campo, la fragilidad institucional y las intrigas políticas. Nadie retrató con tanto énfasis la corrupción y las extravagancias de la República y al mismo tiempo creyó tan vehemente en las infinitas posibilidades que ofrecía esa “tierra de promesas” a la que habían llegado sus abuelos a principios del XIX. Es bueno saber que la idea de la Argentina como una tierra con futuro tiene al menos un pasado prometedor. Sin embargo, y obra mediante, Ocantos no deja de ser un olvidado, aunque habría que ver si es que resulta posible olvidar aquello que nunca se tuvo en cuenta porque lo cierto es que el hombre fue ecuánimemente ignorado en vida como después de muerto. Y si poco y nada se sabe hoy de su producción literaria, menos aún de su desempeño como diplomático. Curiosamente, Ocantos acabó siendo víctima de la confabulación de los idiotas que solía retratar con lujo de detalles en sus novelas. Su extraordinaria capacidad de injuriar y llamar a las cosas por su nombre hizo de Ocantos un escritor maldito y no por ello menos genial.

Un año después de la publicación de La cruz de la falta (1883), su primer novela, Ocantos ingresa a RR.EE. como Secretario de la Legación en Río de Janeiro, diez años más tarde es nombrado Primer Secretario y chargé d´affaires de la Legación en Madrid, para entonces ya había publicado El candidato (1893), continuación de su anterior Entre dos luces (1892), su cuarta novela. En Madrid permanece hasta 1909 momento en el que se registran en su haber catorce títulos publicados que gozan del reconocimiento de un sector importante de la crítica literaria local. Ese mismo año Ocantos es destinado como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario a Dinamarca y Noruega donde al momento habitaban la friolera de diez ciudadanos argentinos. Andreas Haningsen, uno de los diez representados, pasó a ejercer como cónsul adjunto. Por razones que desconocemos Ocantos se deshace de Haningsen el 12 de mayo de 1916 y, a partir de ese momento, el exonerado inicia una curiosa operación destinada a serrucharle el piso a su exjefe y autor de Quilito (1891), única novela que sobrevivió al escarnio de la crítica y la academia argentina. Según consta en el legajo de Cancillería (hoy curiosamente desaparecido) el comedido habría denunciado a Ocantos por escrito el 4 de enero de 1917. Haningsen fundamenta su solicitud de destitución de Ocantos en función de tres argumentos: “1. Su vida privada; 2. Su carácter pendenciero, 3. Su hermana”. Según Haningsen, Ocantos había llegado a Dinamarca en mayo de 1909 en compañía de su hermana María Luisa y de su “secretario privado”, un “gallego” de nombre Costa Millet. La referencia a “su vida privada” alude a la naturaleza de la relación entre Ocantos y Costa Millet que Haningsen juzga inapropiada a un dignatario infiriendo que ambos vivían entregados al pecado en parques y pensiones de la capital danesa. Lo relativo a “su carácter pendenciero” tiene que ver directamente con ciertos roces producidos a partir de la publicación de Fru Jenny: Seis novelas danesas , obra de Ocantos traducida al danés que generó severa crítica en al menos un periódico local donde se acusa al autor de “cínico perfecto”. El artículo cuya copia fue remitida a Cancillería por el alcahuete Haningsen , juzgaba inaceptable que un extranjero escribiese sobre las costumbres de los súbditos daneses. Entre tanto, en Argentina, los nacionalistas juzgaban las novelas de Ocantos demasiado españolas para el gusto local. Los nacionalismos se parecen.
Para Haningsen, Ocantos no solo era un mal escritor sino un artista de poca monta: “Puede ser que (sus) no sean muy famosas, pero sus cuadros son horribles y naturalmente con la modestia que lo caracteriza el se cree un gran pintor” sic. Haningsen escribe mal, con errores de ortografía; hay algo que Haningsen no confiesa y que probablemente nunca sabremos. Su actitud es la de un despechado, la de un resentido. Haningsen ignora o prefiere ignorar que Ocantos goza de merecido prestigio: Galdós, entre otros, fue instrumental en su designación como miembro de la Real Academia Española y no conforme con denigrar la letra y la paleta de Ocantos afirma, en su carta, que la relación íntima con el “secretario privado” constituye un bochorno para la joven nación Argentina y que su hermana es una “pobre infeliz sin educación, de malas maneras, fea y sonsa” lo que a juzgar por cuna de los Ocantos y testimonios familiares, no deja de ser una infamia tan vergonzosa como la que descalifica su prosa y devoción por la pintura. Para Costa Millet, el secretario privado, Haningsen reserva el término “gallego” a modo peyorativo, haciendo honor a la condición recalcitrante del medio pelo argentino tan finamente retratado por el autor en sus novelas: Haningsen bien pudo haber habitado en las páginas de El candidato (1893), La Ginesa (1894) o Don Perfecto (1902). Víctima del nacionalismo dinamarqués y las mezquindades del resentido Haningsen, Ocantos abandona Dinamarca para instalarse definitivamente en Aravaca, suburbio madrileño, donde construye una casa de muy buen gusto en la que vivirá el resto de sus días en compañía de su hermana. El reconocimiento literario llegará de sus pares en España, en Escandinavia y de la mano de los siempre tan oportunos académicos norteamericanos, particularmente en dos de sus figuras más destacadas: Frederick Bliss Luquiens y su alumno Theodore Anderson que en 1934 hará pública su tesis “Carlos María Ocantos, Argentine Novelist”. Fue este último, precisamente, quien observó que resultaba “difícil suponer que no hubiera un lugar de honor reservado en la historia de la cultura en Argentina para un hombre que tan bien y por tanto tiempo había servido a su país como diplomático pero cuyos libros lo habían convertido en el embajador literario más trascendente que haya tenido el país.” Lamentablemente Anderson, a New Englander after all, no contaba con la predisposición de Rojas y Lugones para sepultar a Ocantos y su obra por juzgarlo, entre otros argumentos, demasiado excéntrico, gay y ajeno al gusto nacional. A Lugones y Rojas se les volvía tan intolerable la sonoridad del lenguaje ocantiano como a Haningsen la supuesta e inaceptable la relación del diplomático con su secretario privado. Con el tiempo todos olvidarían a Ocantos y los argentinos perderían la oportunidad de sumar a su patrimonio a uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana. Tal vez no sea demasiado tarde…
Carlos María Ocantos falleció en Aravaca, el 30 de agosto de 1949. Sus restos fueron sepultados, junto a los de su hermana María Luisa, en el Cementerio de San Justo en Madrid. Un año más tarde y a solicitud de la familia Ocantos, ambos cuerpos fueron repatriados y desde entonces – comme il Faut – el novelista-diplomático vino a sumarse a muchos de los secretos el Cementerio de la Recoleta.
Una mujer en el centro del tablero
Resulta sospechoso que la campaña para presidente de los Estados Unidos esté centrada en la figura del vicepresidente, pero lo cierto es que no se habla de otra cosa. A la salida de los colegios, en los almuerzos, en los vestuarios de la YMCA, en la sala de espera del taller mecánico: el tema recurrente es ella-she. La aparición de Palin en escena llegó a modificar el modo en que se exponen las noticias en radio y televisión reemplazando el otrora varón por su media naranja, en otras palabras: son-todas-minas. De Larry a King a Hannity & Colmes pasando por Anderson Cooper y Bill O’Reilly, los reyes de la pantalla invitan a mujeres inteligentísimas –cuyo paradero hasta la fecha había sido un misterio– a discutir la candidatura, la misma que hoy eclipsa a McCaine y Obama, paradigma mediático hasta la irrupción de Cenicienta. Palin es la novedá, el último grito de la histeria que tiene a la izquierda-liberal dando tumbos con el New York Times bajo el brazo mientras la derecha no termina de hacerse a la idea de que una mujer con la Biblia entre las piernas y un Winchester al hombro haya conseguido dominar la cancha por encima de las secuelas del Ike y sus cuatro millones de evacuados; por encima de la crisis económica y de uno de los índices de desempleo más alarmantes de la década. En los EE.UU. ya no se discute sobre inmigración ni seguro médico como le gustaría a Michael Moore. El tema del regreso de las tropas de Irak quedó pospuesto, y ya no se oye hablar de los 10 mil millones al mes que se podrían ahorrar con el fin de la contienda (poco y nada comparados con los 85.000 necesarios para el salvataje de AIG) sino por el temor a un eventual desembarque de 400.000 soldaditos en busca de laburo en un mercado deprimido. Nada de esto parece opacar la resolución de Palin-paladín, por el contrario: en ella se depositan las esperanzas y los temores de una crisis sin precedentes para lo que habrían varias razones. El hecho que McCaine tenga la edad del abuelito de Heidi hace más real las probabilidades de que pueda palmar en la Oval Office en medio de un desembarque a Pakistán del mismo modo en que para Obama, la posibilidad de acabar con un balazo en la frente son infinitamente superiores a las de su rival. En otras palabras: resulta siempre más azaroso procurar seguro médico a los 73 que a los 46, y está claro que no hay quien le alquile un Cadillac convertible a Obama para el último tramo de la campaña en Dallas. Pero nada de esto se discute porque ahora llegó Palin y mandó parar.
La sociedad norteamericana está convulsionada y eso es bueno. La discusión es saludable aunque por momentos sean demasiadas mujeres mirándome desde la pantalla del televisor. Se habla de la crisis y se buscan soluciones, la mujer es protagonista, no sólo candidata. Para colmo de bienes, son menores que uno y la tienen clara. Este no es el fin de nada como supone Cristina, sino una instancia compleja con derivaciones imprevisibles de las que el capitalismo saldrá fortalecido. Está claro que nos tocó bailar con las rengas. ¿Por qué en el reparto unos se quedaron Palin, Clinton, Pelosi y Rice mientras que los otros tuvieron que conformarse con Piccolotti, Micheli, Garré y la versión femenina de Rocky Balboa en el sillón de Rivadavia? Estoy indignado. No es justo.
Entre tanto, los europeos no se dan por aludidos, tampoco los japoneses y los coreanos que siguen coqueteando con la posibilidad de que la crisis del mercado financiero se arregle solita por obra y gracia de Bhuda en su infinita bondad o que en su defecto Washington les tire un cable como si no hubieran sobrado advertencias y tiempo para prepararse a lo largo de los últimos dos años. Convengamos, lo único que no era previsible era que la gobernadora de Alaska fuera a secundar al septuagenario marino de Arizona a punto de convertirse en el primer presidente centroamericano (el hombre con las aletas más cortas que Flipper nació en Panamá). Son demasiadas primeras veces, no sé si lo pueda resistir. Los demócratas aseguran que los republicanos nos van a hacer un hijo bobo mientras que los republicanos insisten en que cualquier alternativa es más cristiana que el aborto; el “desregulador” McCaine quiere ponerle límite a las tropelías bancarias y promete peronizar la economía con recursos demócratas. La biblia y el calefón.
Temo por mi género y condición: por lo menos Palin no vino encolagenada de la mano del marido, ni corrigió su fisonomía para complacer los escasos requerimientos de los setenta en los que la nariz parece haber pesado más que las veinte verdades peronistas. No, Palin no está ahí por su marido sino a pesar de sus relaciones personales. Y es cierto, también le gustan los fierros, sólo que no reivindica su uso para liquidar cerdos capitalistas al grito de ¡Patria o muerte! sino para cargarse un venado. ¡Y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa jotapé! Los yanquis no saben lo que se pierden por carecer de mística revolucionaria. En cambio, la tienen a Palin, y con eso parece bastarles por ahora.
Flor de iglú
Alaska tiene una bandera parecida a la de la UE. Es azul con ocho estrellitas, no alineadas en círculo sino reproduciendo un asterismo: la Osa Mayor. En realidad, el estandarte de la UE es parecido al de Alaska, siendo que el segundo fue diseñado por un niño de trece años, cuando los primeros comenzaban a coquetear con la idea del circulito blanco y la svástica negra del diseñador austríaco A. Hitler. El azul de la bandera de Alaska representa los cielos septentrionales y la no me olvides alpina, flor oficial del estado desde 1949. Es bueno que los estados tengan una flor. Seguramente Santa Cruz, en la Patagonia, también tiene la suya. La Osa Mayor representaba para los árabes una caravana, y también para los escandinavos. En algunos idiomas eslavos le llaman el Gran Vagón y en Finlandia, Otava, nunca supe bien por qué, pero después de Botnia confío ciegamente en los finlandeses y lo que digan es palabra santa. Los nativos de América del Norte creían ver en esas estrellas un cucharón, pero eso puede haber tenido que ver con el abuso de peyote y las hambrunas; mientras que los antiguos romanos creían reconocer bueyes donde los griegos una osa. Ahora que lo pienso, la idea de lo “septentrional” tiene que ver, precisamente, con el número de estrellas en esa configuración que un niño de trece años diseñó en 1927 para enarbolar junto a la de las franjas y las estrellas en un territorio que recién iría a incorporarse como estado en 1959. Desde 1906 la capital es Juneau, a la que sólo puede accederse por mar o avión, y en Juneau una calle que se llama Main Street, donde tiene asiento el Alaska State House, un edificio de seis pisos de ladrillos y cemento armado. El pórtico ofrece la vista de cuatro columnas de mármol traído de la muy vecina isla Prince of Wales. El edificio es modesto, sin jardines suntuosos ni domo. Por momentos parece un lugar donde la gente trabaja, una oficina. De hecho, es allí donde tiene su despacho Sarah Louise Heath Palin, candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos.
La candidatura de Palin escandaliza a demócratas, que hartos de escuchar hablar de la inexperiencia de Obama ven en la esquimal oportunidad para devolverle favores a los republicanos. Y en esas andamos: que vos me dijiste, que el otro no tiene, que no puede ni pudo, que quiso y no supo, que supo y no pudo, que el iglú de tu hermana y la iglesia del mono. Por momentos uno tiene la idea de estar presenciando una campaña de publicidad en la que los sujetos son poco más que productos diseñados para complacer las pretensiones de una audiencia desesperada por muestras gratis. Como en la finita combinación de figuras que las civilizaciones vieron en aquellas siete estrellas, cada uno ve lo que quiere en los candidatos que se conjuran. Por momentos siento que en todo esto y en las observaciones periodísticas hay algo de la búsqueda de los oráculos hurgando en las entrañas del ave. ¿Qué importancia tiene saber a qué iglesia iba Obama? ¿Sirve de algo preguntar quién se volteó a la hija de Palin? Honestamente, no lo sé. Todo pareciera demasiado frágil; los cuestionamientos, frívolos. Dos años de campaña son demasiados. Supongo que hay otras maneras, por ejemplo: nominar candidata a la esposa del presidente en ejercicio. Y por más que lo pienso no me sale en el nombre de la flor de Santa Cruz. Flor de… ¿Será posible? No me sale.
“Country First”: lo dijo Obama en la Convención Demócrata y Liberman (demócrata) en la Republicana. Tal vez nos sorprenda un presidente negro viniendo a modificar las relaciones de poder en Washington, tal vez la sorpresa sea un veterano de Vietnam con agallas que recurrió a una mujer en Alaska para garantizarse el apoyo de las bases demócratas desilusionadas con la derrota de Clinton. Resulta interesante eso de que haya mujeres que necesitan votar por mujeres. Las mujeres son una fuerza extraña a las que de vez en cuando hay que tirarles un hueso. Las cuotas son un invento que garantiza que en un país como la Argentina una mina como María Lenz (¿usted la conoce?) llegue a diputada porque hay que completar el cupo. Los cupos, ese es el problema, los cupos. En cualquier momento me ocupo. El caso es que la sucesión presidencial de los Estados Unidos está asegurada en sus vicepresidentes, y los vicepresidentes, como supone el comandante Cobos, importan. Después está en cada uno ver en las estrellas lo que complazca su inconsciente: un cucharon, una caravana en el desierto, una yunta de bueyes. Cuando veo a Sarah Louise Heath Palin la imagino desplegada en el centerfold de Playboy, con los mismos anteojos y ese collar de perlas que me vuelve loco.
Diario Perfil, 7 de setiembre de 2008