Frankly My Dear…

La celebración

Posted in Artículos by Heritage Film Project on January 31, 2009

Diario Perfil, 31 de enero de 2009. Por Eduardo Montes-Bradley. La Fernández aterrizó en La Habana, a tiempo para presenciar el estallido de la revolución en Washington, por televisión junto a la camarilla de conservadores retrógrados, obsecuentes de la fraternidad Castro. Los anteojos oscuros le impiden ver con claridad. Llama la atención esa capacidad del régimen insular para regodearse con las sobras del montonerismo fascista como Franco la tuvo con Perón en su momento. Entretanto, a 1.819,7 km de distancia, se escribía la primera página de un nuevo capítulo en la historia. Desde un sillón del living de mi casa en la Florida, asistí al encuentro.

Aretha Franklin fue inesperada, grata sorpresa. Días antes había sido Pete Seeger y una vez más This Land is My Land. Woody Guthrie agradecido, yo también. No sólo Martin Luther King soñó el momento. La llegada de Obama al poder es la concreción del deseo de mayorías, negros inclusive.

A partir de hoy nos levantamos, dijo, nos sacudimos el polvo y comenzamos la tarea de rehacer América. La tarea no parece fácil. Todas las referencias apuntan a Andrew Johnson y a la idea de reconstrucción que impulsó el sucesor de Lincoln. La tarea requiere de un pragmático, acaso Obama: la pregunta que hoy debemos hacernos no debería cuestionar la dimensión del Estado sino su efectividad. Cuando la respuesta sea positiva seguiremos adelante, cuando no, cortaremos programas sociales. Para muchos la línea se desdibujó en ese preciso momento y el experimento americano fue una vez más y ante todo un proyecto, como en sus inicios, como en sus mejores momentos.

Obama reconoció que la fuerza que alienta el experimento descansa en la honestidad, en el juego justo, en el coraje, en la tolerancia y en la curiosidad, en la lealtad y el patriotismo. Era justo que lo recordara. También habló de las nuevas obligaciones, de los apremios inmediatos, del precio y la promesa implícitos en la condición de ciudadanos.

Al encuentro asistieron más de dos millones de peregrinos en un espacio abierto entre el obelisco que recuerda a Washington y el promontorio donde descansa en mármol el Garibaldi de América. La presencia de Franklin D. Roosevelt estuvo garantizada en el discurso configurando así el tríptico-plataforma de una de las transformaciones más severas en la historia americana.

Me gusta Obama y se nota, aunque la idea me preocupe. Resulta peligroso que los intelectuales se vuelvan oficialistas. Tal vez más tarde reconsidere y calle, pero más tarde, no ahora. Ahora tengo ganas de celebrar la revolución sin guillotina, sin mártires ni paredón. Desde el podio que le garantizan los votos, sin palomas blancas ni conjuras, Obama se dirigió a cristianos y protestantes, judíos e hinduistas; pero también a los nonbelievers entre los que me encontraba. Hay que creer o reventar. Quizás entonces fuera posible que todos estuviéramos en la misma bolsa. Ningún otro presidente se había acordado de nosotros a la hora de inaugurar nada, los incrédulos también somos una religión.

Vuelvo a ver el discurso que grabé para que mis hijos lo recuerden en colores como yo recuerdo en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna. George W. Bush impertérrito, estoico. En Washington los depuestos se van caminando sobre la alfombra por la que llegaron. El tiempo se ocupa luego de mitigar el desprecio. Hasta el menos pensado consigue una tregua al final del camino. Pienso en Nixon. Perdonar es una manera de razonar con el pasado. Tal vez Bush tenga la misma suerte aunque por el momento no sea más que el presidente que llegó prometiendo unificar y no dividir y hoy termine su mandato sin haber cumplido, arrastrando por el mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Dijo Obama que alguna vez su padre, por negro que era, no pudo sentarse a la mesa de una cafetería. En Cuba sucede hoy tres cuartos de lo mismo y entre los progresistas de cartas abiertas no pareciera haber nadie dispuesto a decir nada para cambiarlo. Quizá, a partir de hoy, eso también cambie y es posible que así sea.

¡Ultimo momento! La Fernández le dio el visto bueno al discurso de Obama. Me preocupa. ¿Quién le tradujo a la Presidenta cuando Obama se dirigió a los Kirchner del mundo en clara advertencia?: a los que se aferran al poder, dijo, mediante el uso de la corrupción, el engaño y la censura, sepan que están parados en el lado equivocado de la historia. Honestamente, creo que Fernández no entendió tampoco el momento en que advirtió que el pueblo va a juzgar a sus líderes por lo que construyen y no por lo que destruyen. Supongo que no sería la primera vez que alguien se pierde una buena oportunidad de callarse la boca por culpa de una mala traducción.

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Presidentes Poetas

Posted in Artículos by Heritage Film Project on January 25, 2009

Diario Perfil, Cultura, 25 de enero de 2009. En pleno furor de la campaña electoral, la revista “The New Yorker” dio a conocer unos poemas del actual presidente de los EE.UU., Barack Obama. Los poemas fueron prudentemente elogiados por Harold Bloom. Pero Barack Obama no es el primer presidente con veleidades de poeta: de hecho parece ser una costumbre bastante arraigada en la tradición política norteamericana que los presidentes se dediquen a escribir poesía, como lo atestigua el autor de esta nota, que repasa la historia política de la mayor potencia de Occidente y el intento de sus mandatarios por pasar a formar parte de “otra” historia.

Por Eduardo Montes-Bradley

Entre la frivolidad de Palin, el candor histriónico de Biden y las estratagemas de McCain para convertir a Obama en Rosa Luxemburgo hubo un hecho que bien pudo haber pasado desapercibido, pero no. Esta vez no se trataban de las relaciones entre el candidato y su pastor-petardista, ni del cruce con el pone-bombas Bill Ayers. Más aún, la resonancia fue aplacada por su escasa significación política, a saber: el futuro presidente había escrito al menos dos versos en su mocedad y The New Yorker los daba a conocer. La primicia tuvo repercusiones. Esta vez no fueron los conservadores del GOP estupefactos ante lo que pudo haber sido un error adolescente, no; el repiqueteo de los ataques venía de otro lado y mientras Ariel Dorfman celebraba la llegada del candidato-poeta, Harold Bloom señalaba las ventajas de que no hubiera cedido a la tentación de seguir escribiendo. Tanto Dorfman como Bloom se equivocan: ni Obama resulta más poeta que muchos de sus predecesores ni tan objetables parecieran los resultados.

Todo tiempo pasado fue igual. Según cuentan sus biógrafos, Abraham Lincoln combatió su depresión adolescente con poesía. Por entonces, la dolencia era conocida como melancolía y no había sino versos para remediar el padecimiento. Así escribe el fundador de la Norteamerica moderna: “Abraham Lincoln es quien soy/ Y con mi pluma lo escribí hoy/ Escribí con deleite y premura/ para los tontos sin cultura.”

De haberse sabido a tiempo, es posible que estos versos pudieran costarle a su autor las elecciones de 1860. Un solo Harold Bloom en el horizonte hubiera cambiado la historia convirtiendo al barbado de galera en el hazmerreír de su tiempo, evitándonos la excelencia de los discursos de Gettysbourg y Cooper Union. Y si la prensa neoyorquina se hubiera apropiado de estos otros versitos del insigne, la noticia hubiera acabado de un plumazo con cualquier vestigio del poeta republicano: “Abraham Lincoln,/ su mano y su pluma;/ nadie sabe cuándo,/ conocerá su Fortuna.”

Fue, en todo caso, la ausencia de críticos lo que permitió que el oriundo de Kentucky continuara cultivando la poesía secretamente. Sus últimos versos, dedicados al triunfo en Gettysburg, fueron considerablemente mejores que los anteriores. En un octeto que recuerda las tonadas de bebedores irlandeses, el entonces presidente se mofa del general Robert E. Lee, poniendo en sus labios el cuento de la derrota: “En mil ochocientos sesenta y tres, con pompa/ y gran empeño,/ Yo y la Confederación de Jeff fuimos/ a saquear Filadelfia,/ Los yanquis nos ganaron por experiencia, y/ nos hicieron las de Caín,/ Y tuvimos que huir al fin,/ Sin saquear a Filadelfia.”

En el poema, Lincoln se refiere a un personaje conocido como el Tío Jeff; en realidad Jefferson Davis. Pero volviendo al tema, John Tyler, presidente de la Confederación, antes que Lincoln, había tenido la oportunidad de celebrar en versos el buen humor y las pasiones amorosas. A falta de desafíos en el campo de batalla, el décimo presidente de la Unión le cantó así a la que sería su esposa cuando todavía ocupaba la Casa Blanca: “Dulce señora, despierte de sus sueños, despierte/ Somos seres extraños venidos de tras-las-sierras/ A cantarle una canción, en la muda noche estrellada.”

Quincy Adams (John) sucumbió antes que Tayler a la tentación, menos terrenal, de cantarle loas al Creador al que suponía tan americano como el que más. Como dicen por ahí, “una nación que reza unida, se mantiene unida”: “¡Oh! dejemos que el pueblo adore al Señor/ Que todos expresen su amor por El;/ Y la tierra toda habrá de proveer,/ Y Dios, sí, nuestro propio Dios, bendecirá.”

Quincy Adams se tomaba muy en serio la vocación, llegando a decir que hubiera preferido la vida de poeta a la de servidor público. Afortunadamente, el sexto presidente de los EE.UU. se entregó de lleno a los asuntos de Estado, reservando adoraciones, himnos, salmos y alguna que otra cana secular en verso para los momentos de intimidad.

James Madison, antecesor de Quicy Adams, perteneció a esa liga de jóvenes dispuestos a volcar pasiones en verso sin reparar en la precaución de destruir las evidencias después de resultar electos. El objeto de los cantares de Madison no estaba en los cielos sino en la tierra, más concretamente en sus enemigos políticos. Al menos tres ejemplos han sobrevivido el paso del tiempo: “Nuestra musa tardía una sátira impuso/ Y el humor sedujo hasta al último iluso/ Porque confundimos al enemigo con gente/ Que pudiera merecer una pluma decente”.

De haberlos habido, es posible que Madison no hubiera complacido a los críticos debiendo resignarse a ocupar el lugar que le estaba reservado en la historia como firmante de la Constitución en representación del Estado de Virginia y más tarde como cuarto presidente de la Unión.

Sigue

Tal vez el único presidente de los EE.UU. que llegó a ver su obra poética publicada fue Jimmy Carter. La publicación de al menos uno de sus libros, Always a Reckoning, le valió –por parte de Bloom– la calificación de “peor poeta de los Estados Unidos”, todo un logro. Sin embargo, Bloom no es el único. Michiko Kakutani (The New York Times) lo estima mediocre e incapaz de conmover a nadie. Es curioso, pero Carter pareciera impermeable a los ladridos y continúa, incluso hoy, empeñado en la tarea como si las críticas no lograran conmoverlo. Supongo que Carter hace bien, antes de conocer las opiniones de Bloom y Kakutani, yo mismo suponía que sus versos merecían alguna consideración. 

“The times they are a-changin’”. Obama tampoco convence a los críticos y el juicio de Dorfman no satisface a los que buscan en el poeta la figura que redima su condición de presidente electo. Tal vez esto tenga que ver con la suposición de que los versos ennoblecen y la política envilece y la poco creíble consideración de que ambas afecciones encarnadas en un mismo sujeto pueda contradecir al sentido común. Sobran ejemplos para seguir demostrando lo contrario.

La predilección de Thomas Jefferson por Milton, Homero o Virgilo resulta consistente con la elección que hace John F. Kennedy de Rober Frost para su inauguración presidencial. Bill Clinton también echa mano a la poesía en los actos inaugurales, en 1993 fue Maya Angelou y en 1997, Miller Williams. Teniendo en cuenta lo anterior, los antecedentes poéticos de Obama no deberían llamar tanto la atención.

Los versos de Obama. Se trata de dos poemas muy personales, close to the heart, dirían. Si las figuras aludidas son o no la de su padre en Underground y la de su abuelo en Viejo, es materia de discusión; lo que no cabe lugar a dudas es que la irrupción “literaria” en medio del fervor electoral fue refrescante. Ya no eran sólo las voces de analistas políticos frente a los micrófonos sino las de críticos, académicos y poetas discutiendo el tenor y valor de los versos de aquel otro Barack. Hay algo en aquellos versos que resulta casi tan íntimo como las múltiples e inadvertidas confesiones del autor en sus memorias. En ese sentido, los versos de Obama se aproximan más a los que Thomas Jefferson le dedica a su nieta que a las butades irónicas de Madison; rozando por momentos la intimidad sugestiva de aquellos otros de Washington, el primero de los presidentes norteamericanos le dedica a Frances Alexander.

“¡Ah! me aflige tener que amar y esconder/ De antaño busqué, más nunca pude ofrecer/ A pesar del dolor que de amor padecí;/ Xerxes el Grande, no eludió el dardo de Cupido/ Y como todos los Héroes, a su poder cayó rendido.”

Se me ocurre que está bien que los presidentes desnuden sus preocupaciones del alma y que se sepa. Lo que me cuesta creer es que un par de intentos, por malos que los suponga Bloom, hagan de nadie un poeta como asegura Ariel Dorfman.

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