Frankly My Dear…

Firmenich, Mazure y los judíos

Posted in Artículos by Heritage Film Project on February 7, 2009

Diario Perfil, Sábado 7 de febrero de 2008. Por Eduardo Montes-Bradley. Sergio Burstein, militante de DD.HH., exigió al gobierno que “actúe y termine con esta ola de antisemitismo”. La exigencia no sólo supone entre las atribuciones del poder temporal la de modificar aspectos distintivos de la nacionalidad sino que el antisemitismo en la Argentina sea un fenómeno tan pasajero como una onda marina. Uno de los primeros recuerdos que tengo del fascismo tiene su génesis en la Ley de Prescindibilidad del gobierno peronista en 1974. La ley tenía como objeto depurar al personal de la administración pública entre los que se encontraba, entre muchos, mi madre. Su apellido, muy judío, le valió el despido. Algunos años antes, dos compañeritos de segundo grado me increpaban buscando saber por qué nosotros habíamos matado a Cristo. Lo de nosotros me produjo un cierto desasosiego que el gordo Pérez y Pavolvski (con “i” polaca, no con “y” de judío, como solía decir cuando pasaban lista) se encargaron de aplacar con soberana tunda. Como era de esperar, el incidente acabó en el despacho del director que, tras escuchar los argumentos, me preguntó si acaso era cierto. Por un instante dudé: ¿el director quería saber si los judíos habían matado a Cristo o si era cierto que Pavlovski con i”polaca y el gordo Pérez se habían ensañado conmigo? Difícil saberlo. Hubo silencio y finalmente el director irrumpió: ¿Desde cuándo es usted judío Montes-Bradley? En aquella ocasión y en labios de un Pavlovski con i polaca, descubrí que todo hijo de mujer judía es judío hasta nuevo aviso y que el nosotros resulta inapelable ante las denuncias del párroco de la Iglesia del Socorro donde se nutrían ideológicamente mis compañeritos de grado. Alguna vez, Ana M. Shua me manifestó no haberse sentido jamás discriminada por ser judía en Argentina. Me costó creerle, todavía me cuesta. Años más tarde, ya grandecito, regreso del exilio setentista para encontrarme con que el antisemitismo era moneda corriente entre la militancia llamada revolucionaria. Recuerdo, particularmente, una reunión en las oficinas de Liliana Mazure en la que estaba presente Firmenich, recientemente liberado gracias a la ley de amnistía del gobierno peronista de Menem. Por entonces, Firmenich decía ser objeto de un complot de la MOSAD que buscaba aniquilar las reservas morales con las que el pueblo palestino contaba entre los militantes del peronismo revolucionario. El encuentro fue bizarro, Mazure asentía como hipnotizada por las revelaciones del líder. Hoy Mazure ocupa el cargo de directora del INCAA donde los crucifijos y vírgenes se multiplican como peces al grito de ¡Viva Jauretche! y ¡La vida por Nerón! Las instituciones se parecen cada vez más a las unidades básicas. Con el tiempo supe que lo que para mí era una novedad, no lo era. Ismael Viñas afirma que Rodolfo Walsh y Piri Lugones también eran antisemitas y a la memoria vuelven las reaccionarias declaraciones de Hebe de Bonafini sobre el particular. Para el fundador de Contorno, el antisionismo de la izquierda latinoamericana oculta un profundo sentimiento antisemita que se nutre del pensamiento nazi-fascista de principios de siglo. El reciente atentado contra la sinagoga de Caracas pareciera apuntar en ese sentido, las marchas contra la embajada y los escraches también. Con el tiempo aprendí a convivir con el sentimiento antisemita de colaboradores, adjuntos, familiares e incluso de amigos y colegas en el mundillo del cine documental. Era un antisemitismo folclórico, no parecía peligroso. Se me ocurre que llegó el momento de dejar la tolerancia de lado. Un antisemita es un antisemita aunque se disfrace de antisionista para recibir un premio en el Festival de Cine Internacional de La Habana. Por lo anterior, me permito dudar de las advertencias de Burstein: no creo que esto que estamos viviendo se trate de una ola, las olas pasan. Argentina vuelve –con el peronismo– a revivir la experiencia del antisemitismo tan profundamente arraigado en su voluntad. Que Buenos Aires se haya convertido en caja de resonancia de los acontecimientos en Gaza, es una manifestación ocasional de esa enfermedad que, como la psoriasis, cada tanto erupciona convirtiéndonos en monstruos frente al espejo.

span.jajahWrapper { font-size:1em; color:#B11196; text-decoration:underline; } a.jajahLink { color:#000000; text-decoration:none; } span.jajahInLink:hover { background-color:#B11196; }

Comments Off

La celebración

Posted in Artículos by Heritage Film Project on January 31, 2009

Diario Perfil, 31 de enero de 2009. Por Eduardo Montes-Bradley. La Fernández aterrizó en La Habana, a tiempo para presenciar el estallido de la revolución en Washington, por televisión junto a la camarilla de conservadores retrógrados, obsecuentes de la fraternidad Castro. Los anteojos oscuros le impiden ver con claridad. Llama la atención esa capacidad del régimen insular para regodearse con las sobras del montonerismo fascista como Franco la tuvo con Perón en su momento. Entretanto, a 1.819,7 km de distancia, se escribía la primera página de un nuevo capítulo en la historia. Desde un sillón del living de mi casa en la Florida, asistí al encuentro.

Aretha Franklin fue inesperada, grata sorpresa. Días antes había sido Pete Seeger y una vez más This Land is My Land. Woody Guthrie agradecido, yo también. No sólo Martin Luther King soñó el momento. La llegada de Obama al poder es la concreción del deseo de mayorías, negros inclusive.

A partir de hoy nos levantamos, dijo, nos sacudimos el polvo y comenzamos la tarea de rehacer América. La tarea no parece fácil. Todas las referencias apuntan a Andrew Johnson y a la idea de reconstrucción que impulsó el sucesor de Lincoln. La tarea requiere de un pragmático, acaso Obama: la pregunta que hoy debemos hacernos no debería cuestionar la dimensión del Estado sino su efectividad. Cuando la respuesta sea positiva seguiremos adelante, cuando no, cortaremos programas sociales. Para muchos la línea se desdibujó en ese preciso momento y el experimento americano fue una vez más y ante todo un proyecto, como en sus inicios, como en sus mejores momentos.

Obama reconoció que la fuerza que alienta el experimento descansa en la honestidad, en el juego justo, en el coraje, en la tolerancia y en la curiosidad, en la lealtad y el patriotismo. Era justo que lo recordara. También habló de las nuevas obligaciones, de los apremios inmediatos, del precio y la promesa implícitos en la condición de ciudadanos.

Al encuentro asistieron más de dos millones de peregrinos en un espacio abierto entre el obelisco que recuerda a Washington y el promontorio donde descansa en mármol el Garibaldi de América. La presencia de Franklin D. Roosevelt estuvo garantizada en el discurso configurando así el tríptico-plataforma de una de las transformaciones más severas en la historia americana.

Me gusta Obama y se nota, aunque la idea me preocupe. Resulta peligroso que los intelectuales se vuelvan oficialistas. Tal vez más tarde reconsidere y calle, pero más tarde, no ahora. Ahora tengo ganas de celebrar la revolución sin guillotina, sin mártires ni paredón. Desde el podio que le garantizan los votos, sin palomas blancas ni conjuras, Obama se dirigió a cristianos y protestantes, judíos e hinduistas; pero también a los nonbelievers entre los que me encontraba. Hay que creer o reventar. Quizás entonces fuera posible que todos estuviéramos en la misma bolsa. Ningún otro presidente se había acordado de nosotros a la hora de inaugurar nada, los incrédulos también somos una religión.

Vuelvo a ver el discurso que grabé para que mis hijos lo recuerden en colores como yo recuerdo en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna. George W. Bush impertérrito, estoico. En Washington los depuestos se van caminando sobre la alfombra por la que llegaron. El tiempo se ocupa luego de mitigar el desprecio. Hasta el menos pensado consigue una tregua al final del camino. Pienso en Nixon. Perdonar es una manera de razonar con el pasado. Tal vez Bush tenga la misma suerte aunque por el momento no sea más que el presidente que llegó prometiendo unificar y no dividir y hoy termine su mandato sin haber cumplido, arrastrando por el mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Dijo Obama que alguna vez su padre, por negro que era, no pudo sentarse a la mesa de una cafetería. En Cuba sucede hoy tres cuartos de lo mismo y entre los progresistas de cartas abiertas no pareciera haber nadie dispuesto a decir nada para cambiarlo. Quizá, a partir de hoy, eso también cambie y es posible que así sea.

¡Ultimo momento! La Fernández le dio el visto bueno al discurso de Obama. Me preocupa. ¿Quién le tradujo a la Presidenta cuando Obama se dirigió a los Kirchner del mundo en clara advertencia?: a los que se aferran al poder, dijo, mediante el uso de la corrupción, el engaño y la censura, sepan que están parados en el lado equivocado de la historia. Honestamente, creo que Fernández no entendió tampoco el momento en que advirtió que el pueblo va a juzgar a sus líderes por lo que construyen y no por lo que destruyen. Supongo que no sería la primera vez que alguien se pierde una buena oportunidad de callarse la boca por culpa de una mala traducción.

Comments Off

Presidentes Poetas

Posted in Artículos by Heritage Film Project on January 25, 2009

Diario Perfil, Cultura, 25 de enero de 2009. En pleno furor de la campaña electoral, la revista “The New Yorker” dio a conocer unos poemas del actual presidente de los EE.UU., Barack Obama. Los poemas fueron prudentemente elogiados por Harold Bloom. Pero Barack Obama no es el primer presidente con veleidades de poeta: de hecho parece ser una costumbre bastante arraigada en la tradición política norteamericana que los presidentes se dediquen a escribir poesía, como lo atestigua el autor de esta nota, que repasa la historia política de la mayor potencia de Occidente y el intento de sus mandatarios por pasar a formar parte de “otra” historia.

Por Eduardo Montes-Bradley

Entre la frivolidad de Palin, el candor histriónico de Biden y las estratagemas de McCain para convertir a Obama en Rosa Luxemburgo hubo un hecho que bien pudo haber pasado desapercibido, pero no. Esta vez no se trataban de las relaciones entre el candidato y su pastor-petardista, ni del cruce con el pone-bombas Bill Ayers. Más aún, la resonancia fue aplacada por su escasa significación política, a saber: el futuro presidente había escrito al menos dos versos en su mocedad y The New Yorker los daba a conocer. La primicia tuvo repercusiones. Esta vez no fueron los conservadores del GOP estupefactos ante lo que pudo haber sido un error adolescente, no; el repiqueteo de los ataques venía de otro lado y mientras Ariel Dorfman celebraba la llegada del candidato-poeta, Harold Bloom señalaba las ventajas de que no hubiera cedido a la tentación de seguir escribiendo. Tanto Dorfman como Bloom se equivocan: ni Obama resulta más poeta que muchos de sus predecesores ni tan objetables parecieran los resultados.

Todo tiempo pasado fue igual. Según cuentan sus biógrafos, Abraham Lincoln combatió su depresión adolescente con poesía. Por entonces, la dolencia era conocida como melancolía y no había sino versos para remediar el padecimiento. Así escribe el fundador de la Norteamerica moderna: “Abraham Lincoln es quien soy/ Y con mi pluma lo escribí hoy/ Escribí con deleite y premura/ para los tontos sin cultura.”

De haberse sabido a tiempo, es posible que estos versos pudieran costarle a su autor las elecciones de 1860. Un solo Harold Bloom en el horizonte hubiera cambiado la historia convirtiendo al barbado de galera en el hazmerreír de su tiempo, evitándonos la excelencia de los discursos de Gettysbourg y Cooper Union. Y si la prensa neoyorquina se hubiera apropiado de estos otros versitos del insigne, la noticia hubiera acabado de un plumazo con cualquier vestigio del poeta republicano: “Abraham Lincoln,/ su mano y su pluma;/ nadie sabe cuándo,/ conocerá su Fortuna.”

Fue, en todo caso, la ausencia de críticos lo que permitió que el oriundo de Kentucky continuara cultivando la poesía secretamente. Sus últimos versos, dedicados al triunfo en Gettysburg, fueron considerablemente mejores que los anteriores. En un octeto que recuerda las tonadas de bebedores irlandeses, el entonces presidente se mofa del general Robert E. Lee, poniendo en sus labios el cuento de la derrota: “En mil ochocientos sesenta y tres, con pompa/ y gran empeño,/ Yo y la Confederación de Jeff fuimos/ a saquear Filadelfia,/ Los yanquis nos ganaron por experiencia, y/ nos hicieron las de Caín,/ Y tuvimos que huir al fin,/ Sin saquear a Filadelfia.”

En el poema, Lincoln se refiere a un personaje conocido como el Tío Jeff; en realidad Jefferson Davis. Pero volviendo al tema, John Tyler, presidente de la Confederación, antes que Lincoln, había tenido la oportunidad de celebrar en versos el buen humor y las pasiones amorosas. A falta de desafíos en el campo de batalla, el décimo presidente de la Unión le cantó así a la que sería su esposa cuando todavía ocupaba la Casa Blanca: “Dulce señora, despierte de sus sueños, despierte/ Somos seres extraños venidos de tras-las-sierras/ A cantarle una canción, en la muda noche estrellada.”

Quincy Adams (John) sucumbió antes que Tayler a la tentación, menos terrenal, de cantarle loas al Creador al que suponía tan americano como el que más. Como dicen por ahí, “una nación que reza unida, se mantiene unida”: “¡Oh! dejemos que el pueblo adore al Señor/ Que todos expresen su amor por El;/ Y la tierra toda habrá de proveer,/ Y Dios, sí, nuestro propio Dios, bendecirá.”

Quincy Adams se tomaba muy en serio la vocación, llegando a decir que hubiera preferido la vida de poeta a la de servidor público. Afortunadamente, el sexto presidente de los EE.UU. se entregó de lleno a los asuntos de Estado, reservando adoraciones, himnos, salmos y alguna que otra cana secular en verso para los momentos de intimidad.

James Madison, antecesor de Quicy Adams, perteneció a esa liga de jóvenes dispuestos a volcar pasiones en verso sin reparar en la precaución de destruir las evidencias después de resultar electos. El objeto de los cantares de Madison no estaba en los cielos sino en la tierra, más concretamente en sus enemigos políticos. Al menos tres ejemplos han sobrevivido el paso del tiempo: “Nuestra musa tardía una sátira impuso/ Y el humor sedujo hasta al último iluso/ Porque confundimos al enemigo con gente/ Que pudiera merecer una pluma decente”.

De haberlos habido, es posible que Madison no hubiera complacido a los críticos debiendo resignarse a ocupar el lugar que le estaba reservado en la historia como firmante de la Constitución en representación del Estado de Virginia y más tarde como cuarto presidente de la Unión.

Sigue

Tal vez el único presidente de los EE.UU. que llegó a ver su obra poética publicada fue Jimmy Carter. La publicación de al menos uno de sus libros, Always a Reckoning, le valió –por parte de Bloom– la calificación de “peor poeta de los Estados Unidos”, todo un logro. Sin embargo, Bloom no es el único. Michiko Kakutani (The New York Times) lo estima mediocre e incapaz de conmover a nadie. Es curioso, pero Carter pareciera impermeable a los ladridos y continúa, incluso hoy, empeñado en la tarea como si las críticas no lograran conmoverlo. Supongo que Carter hace bien, antes de conocer las opiniones de Bloom y Kakutani, yo mismo suponía que sus versos merecían alguna consideración. 

“The times they are a-changin’”. Obama tampoco convence a los críticos y el juicio de Dorfman no satisface a los que buscan en el poeta la figura que redima su condición de presidente electo. Tal vez esto tenga que ver con la suposición de que los versos ennoblecen y la política envilece y la poco creíble consideración de que ambas afecciones encarnadas en un mismo sujeto pueda contradecir al sentido común. Sobran ejemplos para seguir demostrando lo contrario.

La predilección de Thomas Jefferson por Milton, Homero o Virgilo resulta consistente con la elección que hace John F. Kennedy de Rober Frost para su inauguración presidencial. Bill Clinton también echa mano a la poesía en los actos inaugurales, en 1993 fue Maya Angelou y en 1997, Miller Williams. Teniendo en cuenta lo anterior, los antecedentes poéticos de Obama no deberían llamar tanto la atención.

Los versos de Obama. Se trata de dos poemas muy personales, close to the heart, dirían. Si las figuras aludidas son o no la de su padre en Underground y la de su abuelo en Viejo, es materia de discusión; lo que no cabe lugar a dudas es que la irrupción “literaria” en medio del fervor electoral fue refrescante. Ya no eran sólo las voces de analistas políticos frente a los micrófonos sino las de críticos, académicos y poetas discutiendo el tenor y valor de los versos de aquel otro Barack. Hay algo en aquellos versos que resulta casi tan íntimo como las múltiples e inadvertidas confesiones del autor en sus memorias. En ese sentido, los versos de Obama se aproximan más a los que Thomas Jefferson le dedica a su nieta que a las butades irónicas de Madison; rozando por momentos la intimidad sugestiva de aquellos otros de Washington, el primero de los presidentes norteamericanos le dedica a Frances Alexander.

“¡Ah! me aflige tener que amar y esconder/ De antaño busqué, más nunca pude ofrecer/ A pesar del dolor que de amor padecí;/ Xerxes el Grande, no eludió el dardo de Cupido/ Y como todos los Héroes, a su poder cayó rendido.”

Se me ocurre que está bien que los presidentes desnuden sus preocupaciones del alma y que se sepa. Lo que me cuesta creer es que un par de intentos, por malos que los suponga Bloom, hagan de nadie un poeta como asegura Ariel Dorfman.

Tagged with: , ,
Comments Off

La revolución permanente

Posted in Artículos by Heritage Film Project on November 5, 2008

La capacidad de los EE.UU por revolucionarse, no deja de asombrar. El triunfo de Obama encarna esa tradición que hace de la Unión un paradigma, ejemplo para la humanidad. El cuestionamiento sistemático, la capacidad de corrección sobre la marcha, de transformar dificultades en oportunidad es constante en el experimento democrático desatado en 1776. El resultado de Obama implica no sólo el reconocimiento de ese modelo revolucionario del XVIII, sino la derrota de una impronta caricaturesca sin que caiga una sola piedra del muro institucional.

Las multitudes en las calles evocaron los momentos más sublimes y de repente la nación parecía estar viviendo la llegada de las tropas que derrotaron al fascismo en Europa o el regreso de Armstrong de la Luna. Más imágenes para el archivo: Hoy estoy reconciliado con el suelo que piso. Hubo revolución y no cayó el muro: en veinticuatro horas cambió todo, y todo sigue en su lugar. Hace tan sólo cuatro años arrasaba Bush las urnas pintado como Tatanka Yotanka para la guerra; el tono entonces era otro, otras las caras, los consignas: otras. A poco de saberse los resultados de hoy, una multitud se aproximó hasta las rejas de la Casa Blanca para recordarle a Yotanka su condición de inquilino; otros miles llegaron a Times Square, no ya para celebrar el comienzo de año, sino el fin de una era, de un modo de decir las cosas. Las cámaras retrataron los gestos, y entre la multitud ninguno parecía encarnar el desafío prepotente del plomero Joe y nadie recordaba al robusto Schwarzenegger junto a McCain, ni a Cristina-de-Alaska. Entonces apareció Goliat frente a decenas de miles para inaugurar el siglo con aplomo de profeta. Algo fundamental cambió esta noche, la palabra volvió a ser omnipotente; y tal vez eso se deba -en parte- a que la gente ya no es la misma a las que Piero pudo cantarles, y está justo que así sea. Las instituciones, en cambio, están hoy más firmes que nunca y seguirán allí para garantizar el éxito de la revolución permanente.

Garzón, sivuplé.

Posted in Artículos by Heritage Film Project on November 5, 2008

Voy camino a un cementerio en Madrid siguiendo los pasos de Carlos Ma. Ocantos, el escritor argentino del que poco o nada se sabe. En el camino me desayuno de las noticias: la primera plana de todos los diarios anunciaban que el juez Garzón estaba a punto de conseguir la exhumación de los restos, de García Lorca. Pensé que el magistrado tendría prioridad sobre su muerto, después de todo Lorca precedía en el tiempo la de Ocantos a lo que habría que sumarle el prestigio del que goza el primero en relación a la escasa popularidad del segundo.  Como agravante baste señalar que Lorca es fusilado por falangistas mientras que Ocantos, trece años más tarde, es fulminado por un cáncer de próstata: muy poco romantik. Lorca, ultimado junto a dos toreros y un maestro de escuela, fue a dar con sus huesos a una fosa común como Mozart; Ocantos muere en su cama, en un cuarto de pensión del barrio Chamberí como tantos otros cuyos nombres se ignoran. El muerto de Garzón es un fiambre ilustre, prestigioso; el otro no. Pero Lorca es tan sólo la punta del iceberg, el juez que procesó a Pinochet, que persiguió a los terroristas vascos y a los miembros de al-Qaeda en España se ha declarado «competente para investigar los crímenes de la Guerra Civil y el franquismo».  La determinación supone ir contra la ley de amnistía del 77 que buscaba terminar con las conocidas diferencias de una y otra España: “Cuando canta un gallo negro, es que ya se acaba el día; sí cantara un gallo rojo otro gallo cantaría!” Aquel acuerdo nacional tuvo por objeto marchar hacia delante mientras la carga iba acomodándose sobre la marcha. La idea no era del todo descabellada, tampoco habían demasiadas alternativas. Sin transición no hubiera habido ni movida madrileña, ni destape, ni hashish, ni Almodovar, ni premios para Cecilia Roth, ni cantautores para la taquilla del Gran Rex. El resultado de aquel borrón y cuenta nueva es esta España, más socialista acaso, de lo que se estimaba posible.
Los argentinos, en cambio, elegimos otro camino: la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida, hizo posible juzgar los crímenes de la dictadura. En el trajinar se agotaron las voluntades de miles reduciendo la causa a una gesta familiar, símil-secta en la que los devotos e iniciados celebran cada encuentro entre los representantes de la nueva iglesia y el estado. De tal modo, la imagen de Cristina Fernandez junto a Bonafini, tendría un valor residual de aquella otra junto al cardenal Bergoglio.  A falta de un muro de separación, el estado reconoce la existencia de más de un culto y la causa, devenida religión, acaba compartiendo los favores del Gobierno federal con el culto católico y la calle con las sectas protestantes.
Se me ocurre que tendría que haber otra manera de resolver los pleitos pendientes sin reproducir sistemáticamente los mecanismos del martirio, el castigo y la culpa. ¿Acaso España no había superado esa instancia integrándose al proyecto levemente laico de una Unión Europea constitucionalista y republicana? El riesgo que asume Garzón pone en juego la transición democrática que le ha permitido a España sobrevivir a las pretensiones regionales, a los infinitos desgarres y rupturas sociales. La apertura de causas vinculadas a los crímenes cometidos durante la guerra civil, hará que irremediablemente se planteen demandas de uno y otro lado en la antigua división entre españoles rojos y nacionales. Para muchos, Garzón es el único que no se ha dado por enterado de que Franco está muerto y que la Historia ya se encargó de ubicarlo en la galería de los más destacados homicidas. En algún momento es indispensable pasarle la posta a los historiadores y que sean ellos los que se encarguen de determinar responsabilidades, de otro modo la pesadilla de un juicio que incluya desde las masacres de Ruanda y Burundi hasta la Guerra de los cien años, resultaría tan inviable como propicia causa de flamantes cruzadas. Y pensar que todo esto empezó por detenerme a contemplar los diarios camino al cementerio. Mejor me hubiera quedado en casa.

Tagged with: , , ,

¡Por las barbas del profeta!

Posted in Artículos by Heritage Film Project on October 5, 2008

Un fantasma recorre los pasillos de Washington amenazando al mundo con el Corán en la mano, y como si esto no bastara para escandalizar la fe de los cristianos Morales traslada, de El Cairo a Teherán, la sede de la única embajada de Bolivia en Medio Oriente. La movida pone en evidencia la amenaza de una coalición chiíta-aymara decidida a erradicar el sionismo urbi et orbi. Desafortunadamente, McCain, que es quien mejor debería expresar los términos de la amenaza, manifiesta serias dificultades para pronunciar el nombre de aquel que considera su enemigo. Durante el primer debate presidencial, el candidato republicano titubeó, balbuceó y enredado sólo consiguió pronunciar su nombre con alguna dificultad: “Ah-ma-di-ne-jad.” Un parto.

Esa incapacidad de McCain es una forma de aniquilación, el ninguneo al que hizo referencia Paz en su El laberinto de la soledad es el preámbulo de una conducta de desprecio que anticipa el exterminio. Obama, en cambio, parecía transitar los corredores del mismo puzzle con más prudencia sin que su actitud alcanzara para evitar que Irán ocupara un lugar hegemónico en el debate. Corea del Norte, Darfur, Georgia, Venezuela, Cuba, la crisis de piratas en Somalia y la restitución de la amenaza rusa cedieron cuota de pantalla en favor de la invención de la amenaza iraní. Según McCain, esa amenaza es palpable, tangible, real, y el andamiaje de la argumentación republicana, ante la imposibilidad de mencionar armas de destrucción masiva, señala el peligro que entrañan los baklavas nucleares en manos del enemigo, capaces éstos de elevar los triglicéridos de la tolerancia americana a índices inaceptables. Obama, el inexperto, actúa con cautela y saca una carta de la manga: “Ahmadinejad no es la última instancia del diálogo en Irán”, evidenciando con el argumento una ventaja cualitativa sobre su oponente. Obama parece haber estudiado la bolilla y entender que por encima del sexto presidente de la República Islámica se yergue el mango de la sartén que ostenta el ayatolá Khamenei, comandante en jefe, líder supremo. Es curioso, se suponía que en este primer debate era McCain el que iba a lucir los blasones forjados en la fragua del internacionalismo capitalista, pero no. El septuagenario no sólo tuvo dificultades para llamar al enemigo por su nombre, tampoco consiguió identificar objetivamente su rango. La campaña republicana pareciera obsesionada con la idea del diseño de un nuevo objetivo militar y McCain asegura que petiso orejudo –con el que no piensa reunirse– busca la destrucción del Estado de Israel, lo cual bastaría para hacerle sentir todo el peso de la prepotencia militar. En la justificación de su argumento el senador recurre, una y otra vez, a la cuestionable traducción de The New York Times de uno de los discursos en los que el troglodita persa promete barrer del mapa al Estado de Israel. Curiosamente, la traducción del diario neoyorquino no sería la que mejor se ajusta al sentido de las expresiones vertidas. Según Hooman Majd, autor de The Ayatollah Begs To Differ: The Paradox of Modern Iran, lo que Ahmadinejad dijo, citando a su vez al ayatolá Homeini, fue que “Israel se desvanecería de las páginas del tiempo”, lo que se aproxima, en tono y forma, a una profecía coránica más que a la visión paranoica de shiskebabs atómicos zurcando los cielos de Babilonia en busca de la concreción de las fantasías hitleristas. Con esto no pretendo postular que Ahmadinejad estuviera dispuesto a asistir al bris de los nietos de Shimon Peres pero tampoco suscribir a la idea de que Irán represente una amenaza más grave para los EE.UU. que la tasa de desempleo de Chihuahua y Durango o el trasladado de la Embajada de Bolivia de El Cairo a Teherán. ¡Por las barbas del profeta!: si lo que McCain pretende es amedrentar a la clase media con los peligros que entraña el programa nuclear iraní, el hombre tiene competencia y no precisamente en Barack Obama sino en el Hombre de la Bolsa, que le ganó de mano.

El discreto encanto del Señor Ocantos

Posted in Artículos by Heritage Film Project on September 21, 2008

CARLOS MARÍA OCANTOS NACIÓ EN BUENOS AIRES el 20 de mayo de1860. A los veintitrés años vio publicada La cruz de la falta, de la cual apenas quedan unos pocos ejemplares disponibles en bibliotecas y subastas. Ernesto Quesada, crítico de la época, se empeño en rescatar el debut literario por su significado histórico más que por los méritos de la obra, después de todo muy pocos de sus compatriotas hasta entonces se habían aventurado en el género. Pero quizá, más importante llegado el caso, sea el hecho de que el compromiso de Ocantos con la novela lo llevó a concretar una obra de treinta y cinco títulos incluyendo novelas, novelas cortas y recopilaciones de cuentos en los que retrata –como ningún otro– la intimidad en las relaciones de la burguesía porteña, las modas y pautas culturales, las vicisitudes de zaguán en los caserones del centro, las alternativas cotidianas en tiempos de la fiebre amarilla, el nepotismo, las costumbres del campo, la fragilidad institucional y las intrigas políticas. Nadie retrató con tanto énfasis la corrupción y las extravagancias de la República y al mismo tiempo creyó tan vehemente en las infinitas posibilidades que ofrecía esa “tierra de promesas” a la que habían llegado sus abuelos a principios del XIX. Es bueno saber que la idea de la Argentina como una tierra con futuro tiene al menos un pasado prometedor. Sin embargo, y obra mediante, Ocantos no deja de ser un olvidado, aunque habría que ver si es que resulta posible olvidar aquello que nunca se tuvo en cuenta porque lo cierto es que el hombre fue ecuánimemente ignorado en vida como después de muerto. Y si poco y nada se sabe hoy de su producción literaria, menos aún de su desempeño como diplomático. Curiosamente, Ocantos acabó siendo víctima de la confabulación de los idiotas que solía retratar con lujo de detalles en sus novelas. Su extraordinaria capacidad de injuriar y llamar a las cosas por su nombre hizo de Ocantos un escritor maldito y no por ello menos genial.

ocantos
Un año después de la publicación de La cruz de la falta (1883), su primer novela, Ocantos ingresa a RR.EE. como Secretario de la Legación en Río de Janeiro, diez años más tarde es nombrado Primer Secretario y chargé d´affaires de la Legación en Madrid, para entonces ya había publicado El candidato (1893), continuación de su anterior Entre dos luces (1892), su cuarta novela.  En Madrid permanece hasta 1909 momento en el que se registran en su haber catorce títulos publicados que gozan del reconocimiento de un sector importante de la crítica literaria local. Ese mismo año Ocantos es destinado como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario a Dinamarca y Noruega donde al momento habitaban la friolera de diez ciudadanos argentinos. Andreas Haningsen, uno de los diez representados, pasó a ejercer como cónsul adjunto. Por razones que desconocemos Ocantos se deshace de Haningsen el 12 de mayo de 1916 y, a partir de ese momento, el exonerado inicia una curiosa operación destinada a serrucharle el piso a su exjefe y autor de Quilito (1891), única novela que sobrevivió al escarnio de la crítica y la academia argentina. Según consta en el legajo de Cancillería  (hoy curiosamente desaparecido) el comedido habría denunciado a Ocantos por escrito el 4 de enero de 1917. Haningsen fundamenta su solicitud de destitución de Ocantos en función de tres argumentos: “1. Su vida privada; 2. Su carácter pendenciero, 3. Su hermana”. Según Haningsen, Ocantos había llegado a Dinamarca en mayo de 1909 en compañía de su hermana María Luisa y de su “secretario privado”, un “gallego” de nombre Costa Millet. La referencia a “su vida privada” alude a la naturaleza de la relación entre Ocantos y Costa Millet que Haningsen juzga inapropiada a un dignatario infiriendo que ambos vivían entregados al pecado en parques y pensiones de la capital danesa. Lo relativo a “su carácter pendenciero” tiene que ver directamente con ciertos roces producidos a partir de la publicación de Fru Jenny: Seis novelas danesas , obra de Ocantos traducida al danés  que generó severa crítica en al menos un periódico local donde se acusa al autor de “cínico perfecto”. El artículo cuya copia fue remitida a Cancillería por el alcahuete Haningsen , juzgaba inaceptable que un extranjero escribiese sobre las costumbres de los súbditos daneses. Entre tanto, en Argentina, los nacionalistas juzgaban las novelas de Ocantos demasiado españolas para el gusto local. Los nacionalismos se parecen.
Para Haningsen, Ocantos no solo era un mal escritor sino un artista de poca monta: “Puede ser que (sus) no sean muy famosas, pero sus cuadros son horribles y naturalmente con la modestia que lo caracteriza el se cree un gran pintor” sic. Haningsen escribe mal, con errores de ortografía; hay algo que Haningsen no confiesa y que probablemente nunca sabremos. Su actitud es la de un despechado, la de un resentido. Haningsen ignora o prefiere ignorar que Ocantos goza de merecido prestigio: Galdós, entre otros, fue instrumental en su designación como miembro de la Real Academia Española y no conforme con denigrar la letra y la paleta de Ocantos afirma, en su carta, que la relación íntima con el “secretario privado” constituye un bochorno para la joven nación Argentina y que su hermana es una “pobre infeliz sin educación, de malas maneras, fea y sonsa” lo que a juzgar por cuna de los Ocantos y testimonios familiares, no deja de ser una infamia tan vergonzosa como la que descalifica su prosa y devoción por la pintura. Para Costa Millet, el secretario privado, Haningsen reserva el término “gallego” a modo peyorativo, haciendo honor a la condición recalcitrante del medio pelo argentino tan finamente retratado por el autor en sus novelas: Haningsen bien pudo haber habitado en las páginas de El candidato (1893), La Ginesa (1894) o Don Perfecto (1902). Víctima del nacionalismo dinamarqués y las mezquindades del resentido Haningsen, Ocantos abandona Dinamarca para instalarse definitivamente en Aravaca, suburbio madrileño, donde construye una casa de muy buen gusto en la que vivirá el resto de sus días en compañía de su hermana. El reconocimiento literario llegará de sus pares en España, en Escandinavia y de la mano de los siempre tan oportunos académicos norteamericanos, particularmente en dos de sus figuras más destacadas: Frederick Bliss Luquiens  y su alumno Theodore Anderson que en 1934 hará pública su tesis “Carlos María Ocantos, Argentine Novelist”.  Fue este último, precisamente, quien observó que resultaba “difícil suponer que no hubiera un lugar de honor reservado en la historia de la cultura en Argentina para un hombre que tan bien y por tanto tiempo había servido a su país como diplomático pero cuyos libros lo habían convertido en el embajador literario más trascendente que haya tenido el país.” Lamentablemente Anderson, a New Englander after all, no contaba con la predisposición de Rojas y Lugones para sepultar a Ocantos y su obra por juzgarlo, entre otros argumentos, demasiado excéntrico, gay y ajeno al gusto nacional. A Lugones y Rojas se les volvía tan intolerable la sonoridad del lenguaje ocantiano como a Haningsen la supuesta e inaceptable la relación del diplomático con su secretario privado. Con el tiempo todos olvidarían a Ocantos y los argentinos perderían la oportunidad de sumar a su patrimonio a uno de los máximos exponentes de la literatura hispanoamericana. Tal vez no sea demasiado tarde…
Carlos María Ocantos falleció en Aravaca, el 30 de agosto de 1949. Sus restos fueron sepultados, junto a los de su hermana María Luisa, en el Cementerio de San Justo en Madrid. Un año más tarde y a solicitud de la familia Ocantos, ambos cuerpos fueron repatriados  y desde entonces – comme il Faut – el novelista-diplomático vino a sumarse a muchos de los secretos el Cementerio de la Recoleta.

Tagged with: ,

Una mujer en el centro del tablero

Posted in Artículos by Heritage Film Project on September 20, 2008

Resulta sospechoso que la campaña para presidente de los Estados Unidos esté centrada en la figura del vicepresidente, pero lo cierto es que no se habla de otra cosa. A la salida de los colegios, en los almuerzos, en los vestuarios de la YMCA, en la sala de espera del taller mecánico: el tema recurrente es ella-she. La aparición de Palin en escena llegó a modificar el modo en que se exponen las noticias en radio y televisión reemplazando el otrora varón por su media naranja, en otras palabras: son-todas-minas. De Larry a King a Hannity & Colmes pasando por Anderson Cooper y Bill O’Reilly, los reyes de la pantalla invitan a mujeres inteligentísimas –cuyo paradero hasta la fecha había sido un misterio– a discutir la candidatura, la misma que hoy eclipsa a McCaine y Obama, paradigma mediático hasta la irrupción de Cenicienta. Palin es la novedá, el último grito de la histeria que tiene a la izquierda-liberal dando tumbos con el New York Times bajo el brazo mientras la derecha no termina de hacerse a la idea de que una mujer con la Biblia entre las piernas y un Winchester al hombro haya conseguido dominar la cancha por encima de las secuelas del Ike y sus cuatro millones de evacuados; por encima de la crisis económica y de uno de los índices de desempleo más alarmantes de la década. En los EE.UU. ya no se discute sobre inmigración ni seguro médico como le gustaría a Michael Moore. El tema del regreso de las tropas de Irak quedó pospuesto, y ya no se oye hablar de los 10 mil millones al mes que se podrían ahorrar con el fin de la contienda (poco y nada comparados con los 85.000 necesarios para el salvataje de AIG) sino por el temor a un eventual desembarque de 400.000 soldaditos en busca de laburo en un mercado deprimido. Nada de esto parece opacar la resolución de Palin-paladín, por el contrario: en ella se depositan las esperanzas y los temores de una crisis sin precedentes para lo que habrían varias razones. El hecho que McCaine tenga la edad del abuelito de Heidi hace más real las probabilidades de que pueda palmar en la Oval Office en medio de un desembarque a Pakistán del mismo modo en que para Obama, la posibilidad de acabar con un balazo en la frente son infinitamente superiores a las de su rival. En otras palabras: resulta siempre más azaroso procurar seguro médico a los 73 que a los 46, y está claro que no hay quien le alquile un Cadillac convertible a Obama para el último tramo de la campaña en Dallas. Pero nada de esto se discute porque ahora llegó Palin y mandó parar.

La sociedad norteamericana está convulsionada y eso es bueno. La discusión es saludable aunque por momentos sean demasiadas mujeres mirándome desde la pantalla del televisor. Se habla de la crisis y se buscan soluciones, la mujer es protagonista, no sólo candidata. Para colmo de bienes, son menores que uno y la tienen clara. Este no es el fin de nada como supone Cristina, sino una instancia compleja con derivaciones imprevisibles de las que el capitalismo saldrá fortalecido. Está claro que nos tocó bailar con las rengas. ¿Por qué en el reparto unos se quedaron Palin, Clinton, Pelosi y Rice mientras que los otros tuvieron que conformarse con Piccolotti, Micheli, Garré y la versión femenina de Rocky Balboa en el sillón de Rivadavia? Estoy indignado. No es justo.

Entre tanto, los europeos no se dan por aludidos, tampoco los japoneses y los coreanos que siguen coqueteando con la posibilidad de que la crisis del mercado financiero se arregle solita por obra y gracia de Bhuda en su infinita bondad o que en su defecto Washington les tire un cable como si no hubieran sobrado advertencias y tiempo para prepararse a lo largo de los últimos dos años. Convengamos, lo único que no era previsible era que la gobernadora de Alaska fuera a secundar al septuagenario marino de Arizona a punto de convertirse en el primer presidente centroamericano (el hombre con las aletas más cortas que Flipper nació en Panamá). Son demasiadas primeras veces, no sé si lo pueda resistir. Los demócratas aseguran que los republicanos nos van a hacer un hijo bobo mientras que los republicanos insisten en que cualquier alternativa es más cristiana que el aborto; el “desregulador” McCaine quiere ponerle límite a las tropelías bancarias y promete peronizar la economía con recursos demócratas. La biblia y el calefón.

Temo por mi género y condición: por lo menos Palin no vino encolagenada de la mano del marido, ni corrigió su fisonomía para complacer los escasos requerimientos de los setenta en los que la nariz parece haber pesado más que las veinte verdades peronistas. No, Palin no está ahí por su marido sino a pesar de sus relaciones personales. Y es cierto, también le gustan los fierros, sólo que no reivindica su uso para liquidar cerdos capitalistas al grito de ¡Patria o muerte! sino para cargarse un venado. ¡Y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa jotapé! Los yanquis no saben lo que se pierden por carecer de mística revolucionaria. En cambio, la tienen a Palin, y con eso parece bastarles por ahora.

Flor de iglú

Posted in Artículos by Heritage Film Project on September 7, 2008

Alaska tiene una bandera parecida a la de la UE. Es azul con ocho estrellitas, no alineadas en círculo sino reproduciendo un asterismo: la Osa Mayor. En realidad, el estandarte de la UE es parecido al de Alaska, siendo que el segundo fue diseñado por un niño de trece años, cuando los primeros comenzaban a coquetear con la idea del circulito blanco y la svástica negra del diseñador austríaco A. Hitler. El azul de la bandera de Alaska representa los cielos septentrionales y la no me olvides alpina, flor oficial del estado desde 1949. Es bueno que los estados tengan una flor. Seguramente Santa Cruz, en la Patagonia, también tiene la suya. La Osa Mayor representaba para los árabes una caravana, y también para los escandinavos. En algunos idiomas eslavos le llaman el Gran Vagón y en Finlandia, Otava, nunca supe bien por qué, pero después de Botnia confío ciegamente en los finlandeses y lo que digan es palabra santa. Los nativos de América del Norte creían ver en esas estrellas un cucharón, pero eso puede haber tenido que ver con el abuso de peyote y las hambrunas; mientras que los antiguos romanos creían reconocer bueyes donde los griegos una osa. Ahora que lo pienso, la idea de lo “septentrional” tiene que ver, precisamente, con el número de estrellas en esa configuración que un niño de trece años diseñó en 1927 para enarbolar junto a la de las franjas y las estrellas en un territorio que recién iría a incorporarse como estado en 1959. Desde 1906 la capital es Juneau, a la que sólo puede accederse por mar o avión, y en Juneau una calle que se llama Main Street, donde tiene asiento el Alaska State House, un edificio de seis pisos de ladrillos y cemento armado. El pórtico ofrece la vista de cuatro columnas de mármol traído de la muy vecina isla Prince of Wales. El edificio es modesto, sin jardines suntuosos ni domo. Por momentos parece un lugar donde la gente trabaja, una oficina. De hecho, es allí donde tiene su despacho Sarah Louise Heath Palin, candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos.

La candidatura de Palin escandaliza a demócratas, que hartos de escuchar hablar de la inexperiencia de Obama ven en la esquimal oportunidad para devolverle favores a los republicanos. Y en esas andamos: que vos me dijiste, que el otro no tiene, que no puede ni pudo, que quiso y no supo, que supo y no pudo, que el iglú de tu hermana y la iglesia del mono. Por momentos uno tiene la idea de estar presenciando una campaña de publicidad en la que los sujetos son poco más que productos diseñados para complacer las pretensiones de una audiencia desesperada por muestras gratis. Como en la finita combinación de figuras que las civilizaciones vieron en aquellas siete estrellas, cada uno ve lo que quiere en los candidatos que se conjuran. Por momentos siento que en todo esto y en las observaciones periodísticas hay algo de la búsqueda de los oráculos hurgando en las entrañas del ave. ¿Qué importancia tiene saber a qué iglesia iba Obama? ¿Sirve de algo preguntar quién se volteó a la hija de Palin? Honestamente, no lo sé. Todo pareciera demasiado frágil; los cuestionamientos, frívolos. Dos años de campaña son demasiados. Supongo que hay otras maneras, por ejemplo: nominar candidata a la esposa del presidente en ejercicio. Y por más que lo pienso no me sale en el nombre de la flor de Santa Cruz. Flor de… ¿Será posible? No me sale.

“Country First”: lo dijo Obama en la Convención Demócrata y Liberman (demócrata) en la Republicana. Tal vez nos sorprenda un presidente negro viniendo a modificar las relaciones de poder en Washington, tal vez la sorpresa sea un veterano de Vietnam con agallas que recurrió a una mujer en Alaska para garantizarse el apoyo de las bases demócratas desilusionadas con la derrota de Clinton. Resulta interesante eso de que haya mujeres que necesitan votar por mujeres. Las mujeres son una fuerza extraña a las que de vez en cuando hay que tirarles un hueso. Las cuotas son un invento que garantiza que en un país como la Argentina una mina como María Lenz (¿usted la conoce?) llegue a diputada porque hay que completar el cupo. Los cupos, ese es el problema, los cupos. En cualquier momento me ocupo. El caso es que la sucesión presidencial de los Estados Unidos está asegurada en sus vicepresidentes, y los vicepresidentes, como supone el comandante Cobos, importan. Después está en cada uno ver en las estrellas lo que complazca su inconsciente: un cucharon, una caravana en el desierto, una yunta de bueyes. Cuando veo a Sarah Louise Heath Palin la imagino desplegada en el centerfold de Playboy, con los mismos anteojos y ese collar de perlas que me vuelve loco.

Diario Perfil, 7 de setiembre de 2008

Cristina, madre sustituta

Posted in Artículos by Heritage Film Project on August 17, 2008

Probablemente esté dormido cuando las galeras entren a imprenta. Los diarios se cocinan de noche, los vuelos a los EE.UU., también. Entre los pocos que amanecen con el de ayer bajo el brazo están los que subieron a un avión en Bs. As. para desayunarse, digamos, en Nueva York. Los collas aseguran que el alma viaja más despacio que el avión y que se demora en llegar. Me cuesta creerle a los collas. En principio no tengo suficientes elementos al alcance para verificar la existencia del alma, tampoco su refutación. Quizá eso que llaman andar perdido por los aeropuertos tenga que ver con la faena de haber pernoctado en un tubo a doce mil metros de altura durante once horas junto a trescientos paisanos en franca comunión. Los viajes en avión son muy poco democráticos: el piloto no da conferencias de prensa. Durante la experiencia uno está sujeto a la arbitrariedad del comandante como si fuera un niño. Por momentos se me ocurre que la aeronavegación civil y el socialismo del siglo XXI tienen algo en común.

Al llegar a destino resulta inevitable reparar en los titulares de esa otra historia que hasta entonces sólo podía vislumbrarse en las internacionales en los diarios del punto de partida. De ahora en más las noticias del exterior son nacionales y la víspera queda sepultada en un aluvión de imágenes pavorosas. Con suerte, en ese momento aparece un familiar, tal vez una madre que ignore que en los EE.UU. el pasado domingo no fue Día del Niño. Durante los días que vendrán uno ha de transitar entre dos aguas, convencido de que el Limbo es donde se empiezan a vivir como propias las experiencias hasta entonces reservadas para otros. Viajar es también eso.

Días atrás escuché decir que a Moreno lo llamaban “Día del niño” porque caía en la segunda semana de agosto. Hasta donde he podido constatar el recaudador sigue impertérrito sembrando pánico entre los contribuyentes del reino y el chiste no fue mucho más que eso. También escuché decir que en los EE.UU. el común de la gente destina cuatro salarios al año para cumplir con sus obligaciones tributarias y que de resultar victorioso el morocho de Illinois, las mismas obligaciones requerirían de medio año de labor.

Los únicos privilegiados siguen siendo los niños, todos los demás deben esmerarse para alimentar la voracidad del Estado. Me pregunto en qué habrá pensado Fernández cuando dijo que no había derecho “a que esos que crecen y que pueden tener más riqueza no vean que dando un poquito ayudan a los que solitos no pueden salir de la pobreza”. Me irritan los diminutivos, son una tilinguería. Fernández, madre sustituta, supone que los pobres son niños y que deben ser apadrinados como huérfanos. El peronismo alcanzó a un estadio superior del paternalismo en la figura presidencial y desde allí Ella nos abraza, nos advierte, nos aconseja, nos alienta y nos quiere aunque nos portemos mal. Cristina es amor, es el camino y toda alternativa al plan de vuelo esconde intenciones golpistas. Se acaba de encender la señal que indica que deben ajustarse los cinturones de seguridad y cerrar el pico: la señora llama a conferencia de prensa y los periodistas tienen un solo tiro, si dan en el blanco no hay premio. Lo difícil es saber si se están dirigiendo a la autoridad política o eclesiástica de la Nación. América latina vive un nuevo fenómeno de integración entre la Iglesia del Progresismo y el Estado. Pío V condenó a Elizabeth por haber sustituido consejeros leales por hombres oscuros. Parece que Moreno no se va, Jaime tampoco. Falta una hora para el aterrizaje y no puedo hacer el click que me libre del fantasma kirchnerista. Quiero dejar de pensar en ella pero no puedo: Fernández es mi nueva obsesión, Su amor de madre-presidente me cobija y ampara de la oligarquía que se quiere quedar con todos nuestros juguetes. ¡Mala oligarquía!

Hace tres horas, cuando sobrevolaba Maracaibo pensé en lo que significa que una congregación-país asista a otra sin que ello implique intromisión alguna en los asuntos internos sino solidaridad entre pueblos, veamos: llega el hermano Chávez a brindar su apoyo a Fernández y ambos harán lo posible por llegar a Bolivia con el objeto de apuntalar al diácono natural del altiplano. Ellos representan al bien que deberá enfrentarse al mal de los golpistas agnósticos a punto de tomar el aeropuerto de Tarija para evitar la llegada de los misioneros. Turbulencia, detesto la turbulencia. ¿Va a desayunar?

Los padres de los países hermanos son nuestros tíos, lo que haría de Fernández una tía para los venezolanos, cosa que en España ya sabían desde hace rato. En América latina somos una gran familia en la que abundan los niños con más de una madre y algún que otro tío de esos que se meten donde no deben. El hermano Chávez me molesta.

Recuerdo un encuentro en el Sheraton de Pilar donde Fernández presentó a la candidata Michelle Bachelet como la futura presidenta de Chile. El comentario pareció inapropiado y supongo que Fernández debió haberse reservado la opinión. Algo parecido sucedió cuando las elecciones de los EE.UU. parecían dirimirse en Alemania. Como Kennedy en el ’63, Obama pensaba: “Ich bin ein Berliner”, aunque las elecciones del 4 de noviembre se decidan en Florida, no en Baviera. Fernández piensa en la conferencia de prensa que puede llegar a dar en el aeropuerto de Tarija frente a miles de niños collas, la postal resulta irremplazable: ¿Cómo se dirá “Ich bin ein Bolivian” en aymara?

La guardería está que arde. Para colmo ahora vuelven los ruskies a querer jugar en el arenero cubano (también conocido como la salita verde oliva). Pensándolo bien, no está tan mal que nos tiren un cable; después de todo, Fernández llamó “a tener la mano tendida, aun para aquellos que todavía no creen, tal vez porque no entiendan”. Se me ocurre que Fernández no entiende que el ámbito de las creencias y el de las convicciones debieran estar diferenciados. El comandante acaba de anunciar el inminente arribo a destino y quién soy yo para contrariarlo. La aeromoza retira el servicio. ¿Y si las azafatas representaran los legítimos derechos de los pasajeros? El avión no es un ámbito democrático.

En Buenos Aires hoy es domingo igual que acá. Se confunden los tantos, debe ser eso que llaman jet lag y el alma que no llega. Con un poco de suerte mañana será otro día y me sentiré bien sabiendo que habito en las páginas internacionales de ayer; que madre hay una sola y que Moreno, el monje negro de la reina Madre, goza de buena salud rodeado de juguetes confiscados.

Diario Perfil. 17 de agosto de 2008