Una mujer en el centro del tablero
Resulta sospechoso que la campaña para presidente de los Estados Unidos esté centrada en la figura del vicepresidente, pero lo cierto es que no se habla de otra cosa. A la salida de los colegios, en los almuerzos, en los vestuarios de la YMCA, en la sala de espera del taller mecánico: el tema recurrente es ella-she. La aparición de Palin en escena llegó a modificar el modo en que se exponen las noticias en radio y televisión reemplazando el otrora varón por su media naranja, en otras palabras: son-todas-minas. De Larry a King a Hannity & Colmes pasando por Anderson Cooper y Bill O’Reilly, los reyes de la pantalla invitan a mujeres inteligentísimas –cuyo paradero hasta la fecha había sido un misterio– a discutir la candidatura, la misma que hoy eclipsa a McCaine y Obama, paradigma mediático hasta la irrupción de Cenicienta. Palin es la novedá, el último grito de la histeria que tiene a la izquierda-liberal dando tumbos con el New York Times bajo el brazo mientras la derecha no termina de hacerse a la idea de que una mujer con la Biblia entre las piernas y un Winchester al hombro haya conseguido dominar la cancha por encima de las secuelas del Ike y sus cuatro millones de evacuados; por encima de la crisis económica y de uno de los índices de desempleo más alarmantes de la década. En los EE.UU. ya no se discute sobre inmigración ni seguro médico como le gustaría a Michael Moore. El tema del regreso de las tropas de Irak quedó pospuesto, y ya no se oye hablar de los 10 mil millones al mes que se podrían ahorrar con el fin de la contienda (poco y nada comparados con los 85.000 necesarios para el salvataje de AIG) sino por el temor a un eventual desembarque de 400.000 soldaditos en busca de laburo en un mercado deprimido. Nada de esto parece opacar la resolución de Palin-paladín, por el contrario: en ella se depositan las esperanzas y los temores de una crisis sin precedentes para lo que habrían varias razones. El hecho que McCaine tenga la edad del abuelito de Heidi hace más real las probabilidades de que pueda palmar en la Oval Office en medio de un desembarque a Pakistán del mismo modo en que para Obama, la posibilidad de acabar con un balazo en la frente son infinitamente superiores a las de su rival. En otras palabras: resulta siempre más azaroso procurar seguro médico a los 73 que a los 46, y está claro que no hay quien le alquile un Cadillac convertible a Obama para el último tramo de la campaña en Dallas. Pero nada de esto se discute porque ahora llegó Palin y mandó parar.
La sociedad norteamericana está convulsionada y eso es bueno. La discusión es saludable aunque por momentos sean demasiadas mujeres mirándome desde la pantalla del televisor. Se habla de la crisis y se buscan soluciones, la mujer es protagonista, no sólo candidata. Para colmo de bienes, son menores que uno y la tienen clara. Este no es el fin de nada como supone Cristina, sino una instancia compleja con derivaciones imprevisibles de las que el capitalismo saldrá fortalecido. Está claro que nos tocó bailar con las rengas. ¿Por qué en el reparto unos se quedaron Palin, Clinton, Pelosi y Rice mientras que los otros tuvieron que conformarse con Piccolotti, Micheli, Garré y la versión femenina de Rocky Balboa en el sillón de Rivadavia? Estoy indignado. No es justo.
Entre tanto, los europeos no se dan por aludidos, tampoco los japoneses y los coreanos que siguen coqueteando con la posibilidad de que la crisis del mercado financiero se arregle solita por obra y gracia de Bhuda en su infinita bondad o que en su defecto Washington les tire un cable como si no hubieran sobrado advertencias y tiempo para prepararse a lo largo de los últimos dos años. Convengamos, lo único que no era previsible era que la gobernadora de Alaska fuera a secundar al septuagenario marino de Arizona a punto de convertirse en el primer presidente centroamericano (el hombre con las aletas más cortas que Flipper nació en Panamá). Son demasiadas primeras veces, no sé si lo pueda resistir. Los demócratas aseguran que los republicanos nos van a hacer un hijo bobo mientras que los republicanos insisten en que cualquier alternativa es más cristiana que el aborto; el “desregulador” McCaine quiere ponerle límite a las tropelías bancarias y promete peronizar la economía con recursos demócratas. La biblia y el calefón.
Temo por mi género y condición: por lo menos Palin no vino encolagenada de la mano del marido, ni corrigió su fisonomía para complacer los escasos requerimientos de los setenta en los que la nariz parece haber pesado más que las veinte verdades peronistas. No, Palin no está ahí por su marido sino a pesar de sus relaciones personales. Y es cierto, también le gustan los fierros, sólo que no reivindica su uso para liquidar cerdos capitalistas al grito de ¡Patria o muerte! sino para cargarse un venado. ¡Y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa jotapé! Los yanquis no saben lo que se pierden por carecer de mística revolucionaria. En cambio, la tienen a Palin, y con eso parece bastarles por ahora.
Flor de iglú
Alaska tiene una bandera parecida a la de la UE. Es azul con ocho estrellitas, no alineadas en círculo sino reproduciendo un asterismo: la Osa Mayor. En realidad, el estandarte de la UE es parecido al de Alaska, siendo que el segundo fue diseñado por un niño de trece años, cuando los primeros comenzaban a coquetear con la idea del circulito blanco y la svástica negra del diseñador austríaco A. Hitler. El azul de la bandera de Alaska representa los cielos septentrionales y la no me olvides alpina, flor oficial del estado desde 1949. Es bueno que los estados tengan una flor. Seguramente Santa Cruz, en la Patagonia, también tiene la suya. La Osa Mayor representaba para los árabes una caravana, y también para los escandinavos. En algunos idiomas eslavos le llaman el Gran Vagón y en Finlandia, Otava, nunca supe bien por qué, pero después de Botnia confío ciegamente en los finlandeses y lo que digan es palabra santa. Los nativos de América del Norte creían ver en esas estrellas un cucharón, pero eso puede haber tenido que ver con el abuso de peyote y las hambrunas; mientras que los antiguos romanos creían reconocer bueyes donde los griegos una osa. Ahora que lo pienso, la idea de lo “septentrional” tiene que ver, precisamente, con el número de estrellas en esa configuración que un niño de trece años diseñó en 1927 para enarbolar junto a la de las franjas y las estrellas en un territorio que recién iría a incorporarse como estado en 1959. Desde 1906 la capital es Juneau, a la que sólo puede accederse por mar o avión, y en Juneau una calle que se llama Main Street, donde tiene asiento el Alaska State House, un edificio de seis pisos de ladrillos y cemento armado. El pórtico ofrece la vista de cuatro columnas de mármol traído de la muy vecina isla Prince of Wales. El edificio es modesto, sin jardines suntuosos ni domo. Por momentos parece un lugar donde la gente trabaja, una oficina. De hecho, es allí donde tiene su despacho Sarah Louise Heath Palin, candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos.
La candidatura de Palin escandaliza a demócratas, que hartos de escuchar hablar de la inexperiencia de Obama ven en la esquimal oportunidad para devolverle favores a los republicanos. Y en esas andamos: que vos me dijiste, que el otro no tiene, que no puede ni pudo, que quiso y no supo, que supo y no pudo, que el iglú de tu hermana y la iglesia del mono. Por momentos uno tiene la idea de estar presenciando una campaña de publicidad en la que los sujetos son poco más que productos diseñados para complacer las pretensiones de una audiencia desesperada por muestras gratis. Como en la finita combinación de figuras que las civilizaciones vieron en aquellas siete estrellas, cada uno ve lo que quiere en los candidatos que se conjuran. Por momentos siento que en todo esto y en las observaciones periodísticas hay algo de la búsqueda de los oráculos hurgando en las entrañas del ave. ¿Qué importancia tiene saber a qué iglesia iba Obama? ¿Sirve de algo preguntar quién se volteó a la hija de Palin? Honestamente, no lo sé. Todo pareciera demasiado frágil; los cuestionamientos, frívolos. Dos años de campaña son demasiados. Supongo que hay otras maneras, por ejemplo: nominar candidata a la esposa del presidente en ejercicio. Y por más que lo pienso no me sale en el nombre de la flor de Santa Cruz. Flor de… ¿Será posible? No me sale.
“Country First”: lo dijo Obama en la Convención Demócrata y Liberman (demócrata) en la Republicana. Tal vez nos sorprenda un presidente negro viniendo a modificar las relaciones de poder en Washington, tal vez la sorpresa sea un veterano de Vietnam con agallas que recurrió a una mujer en Alaska para garantizarse el apoyo de las bases demócratas desilusionadas con la derrota de Clinton. Resulta interesante eso de que haya mujeres que necesitan votar por mujeres. Las mujeres son una fuerza extraña a las que de vez en cuando hay que tirarles un hueso. Las cuotas son un invento que garantiza que en un país como la Argentina una mina como María Lenz (¿usted la conoce?) llegue a diputada porque hay que completar el cupo. Los cupos, ese es el problema, los cupos. En cualquier momento me ocupo. El caso es que la sucesión presidencial de los Estados Unidos está asegurada en sus vicepresidentes, y los vicepresidentes, como supone el comandante Cobos, importan. Después está en cada uno ver en las estrellas lo que complazca su inconsciente: un cucharon, una caravana en el desierto, una yunta de bueyes. Cuando veo a Sarah Louise Heath Palin la imagino desplegada en el centerfold de Playboy, con los mismos anteojos y ese collar de perlas que me vuelve loco.
Diario Perfil, 7 de setiembre de 2008
Cristina, madre sustituta
Probablemente esté dormido cuando las galeras entren a imprenta. Los diarios se cocinan de noche, los vuelos a los EE.UU., también. Entre los pocos que amanecen con el de ayer bajo el brazo están los que subieron a un avión en Bs. As. para desayunarse, digamos, en Nueva York. Los collas aseguran que el alma viaja más despacio que el avión y que se demora en llegar. Me cuesta creerle a los collas. En principio no tengo suficientes elementos al alcance para verificar la existencia del alma, tampoco su refutación. Quizá eso que llaman andar perdido por los aeropuertos tenga que ver con la faena de haber pernoctado en un tubo a doce mil metros de altura durante once horas junto a trescientos paisanos en franca comunión. Los viajes en avión son muy poco democráticos: el piloto no da conferencias de prensa. Durante la experiencia uno está sujeto a la arbitrariedad del comandante como si fuera un niño. Por momentos se me ocurre que la aeronavegación civil y el socialismo del siglo XXI tienen algo en común.
Al llegar a destino resulta inevitable reparar en los titulares de esa otra historia que hasta entonces sólo podía vislumbrarse en las internacionales en los diarios del punto de partida. De ahora en más las noticias del exterior son nacionales y la víspera queda sepultada en un aluvión de imágenes pavorosas. Con suerte, en ese momento aparece un familiar, tal vez una madre que ignore que en los EE.UU. el pasado domingo no fue Día del Niño. Durante los días que vendrán uno ha de transitar entre dos aguas, convencido de que el Limbo es donde se empiezan a vivir como propias las experiencias hasta entonces reservadas para otros. Viajar es también eso.
Días atrás escuché decir que a Moreno lo llamaban “Día del niño” porque caía en la segunda semana de agosto. Hasta donde he podido constatar el recaudador sigue impertérrito sembrando pánico entre los contribuyentes del reino y el chiste no fue mucho más que eso. También escuché decir que en los EE.UU. el común de la gente destina cuatro salarios al año para cumplir con sus obligaciones tributarias y que de resultar victorioso el morocho de Illinois, las mismas obligaciones requerirían de medio año de labor.
Los únicos privilegiados siguen siendo los niños, todos los demás deben esmerarse para alimentar la voracidad del Estado. Me pregunto en qué habrá pensado Fernández cuando dijo que no había derecho “a que esos que crecen y que pueden tener más riqueza no vean que dando un poquito ayudan a los que solitos no pueden salir de la pobreza”. Me irritan los diminutivos, son una tilinguería. Fernández, madre sustituta, supone que los pobres son niños y que deben ser apadrinados como huérfanos. El peronismo alcanzó a un estadio superior del paternalismo en la figura presidencial y desde allí Ella nos abraza, nos advierte, nos aconseja, nos alienta y nos quiere aunque nos portemos mal. Cristina es amor, es el camino y toda alternativa al plan de vuelo esconde intenciones golpistas. Se acaba de encender la señal que indica que deben ajustarse los cinturones de seguridad y cerrar el pico: la señora llama a conferencia de prensa y los periodistas tienen un solo tiro, si dan en el blanco no hay premio. Lo difícil es saber si se están dirigiendo a la autoridad política o eclesiástica de la Nación. América latina vive un nuevo fenómeno de integración entre la Iglesia del Progresismo y el Estado. Pío V condenó a Elizabeth por haber sustituido consejeros leales por hombres oscuros. Parece que Moreno no se va, Jaime tampoco. Falta una hora para el aterrizaje y no puedo hacer el click que me libre del fantasma kirchnerista. Quiero dejar de pensar en ella pero no puedo: Fernández es mi nueva obsesión, Su amor de madre-presidente me cobija y ampara de la oligarquía que se quiere quedar con todos nuestros juguetes. ¡Mala oligarquía!
Hace tres horas, cuando sobrevolaba Maracaibo pensé en lo que significa que una congregación-país asista a otra sin que ello implique intromisión alguna en los asuntos internos sino solidaridad entre pueblos, veamos: llega el hermano Chávez a brindar su apoyo a Fernández y ambos harán lo posible por llegar a Bolivia con el objeto de apuntalar al diácono natural del altiplano. Ellos representan al bien que deberá enfrentarse al mal de los golpistas agnósticos a punto de tomar el aeropuerto de Tarija para evitar la llegada de los misioneros. Turbulencia, detesto la turbulencia. ¿Va a desayunar?
Los padres de los países hermanos son nuestros tíos, lo que haría de Fernández una tía para los venezolanos, cosa que en España ya sabían desde hace rato. En América latina somos una gran familia en la que abundan los niños con más de una madre y algún que otro tío de esos que se meten donde no deben. El hermano Chávez me molesta.
Recuerdo un encuentro en el Sheraton de Pilar donde Fernández presentó a la candidata Michelle Bachelet como la futura presidenta de Chile. El comentario pareció inapropiado y supongo que Fernández debió haberse reservado la opinión. Algo parecido sucedió cuando las elecciones de los EE.UU. parecían dirimirse en Alemania. Como Kennedy en el ’63, Obama pensaba: “Ich bin ein Berliner”, aunque las elecciones del 4 de noviembre se decidan en Florida, no en Baviera. Fernández piensa en la conferencia de prensa que puede llegar a dar en el aeropuerto de Tarija frente a miles de niños collas, la postal resulta irremplazable: ¿Cómo se dirá “Ich bin ein Bolivian” en aymara?
La guardería está que arde. Para colmo ahora vuelven los ruskies a querer jugar en el arenero cubano (también conocido como la salita verde oliva). Pensándolo bien, no está tan mal que nos tiren un cable; después de todo, Fernández llamó “a tener la mano tendida, aun para aquellos que todavía no creen, tal vez porque no entiendan”. Se me ocurre que Fernández no entiende que el ámbito de las creencias y el de las convicciones debieran estar diferenciados. El comandante acaba de anunciar el inminente arribo a destino y quién soy yo para contrariarlo. La aeromoza retira el servicio. ¿Y si las azafatas representaran los legítimos derechos de los pasajeros? El avión no es un ámbito democrático.
En Buenos Aires hoy es domingo igual que acá. Se confunden los tantos, debe ser eso que llaman jet lag y el alma que no llega. Con un poco de suerte mañana será otro día y me sentiré bien sabiendo que habito en las páginas internacionales de ayer; que madre hay una sola y que Moreno, el monje negro de la reina Madre, goza de buena salud rodeado de juguetes confiscados.
Diario Perfil. 17 de agosto de 2008
Barak Obama, etcétera (E pluribus unum)
A partir de la confirmación de Barak Obama como candidato presidencial por el Partido Demócrata, comenzaron a pesar las interpretaciones de dichos en relación con los temas fundamentales de la agenda electoral: la guerra en Irak, la inmigración ilegal y la situación de una economía compleja que exhibe índices preocupantes. También es cierto que existen otros asuntos que desde siempre gravitaron, aunque no se los contabilice a diario: el aborto, la enseñanza o prácticas religiosas en las escuelas públicas y la pena de muerte, para mencionar tan sólo los más recurrentes. Otros, de menor calibre, han conseguido con frecuencia filtrarse en la agenda con el objeto de captar el voto de las minorías: el bilingüismo es uno de esos señuelos de la demagogia.
En recientes intervenciones, Obama se manifestó preocupado frente a la idea de un país monolingüe y entiende apropiado recomendar a los padres de América que se preocupen menos por la falta de dominio del inglés entre los inmigrantes y más porque sus hijos aprendan español. Esto último indigna a una amplia mayoría que entiende las declaraciones del candidato como una intromisión inaceptable. Un gobierno secular –suponen los detractores del argumento– debería mantenerse a distancia profiláctica, cuando menos prudente, en lo que respecta a relaciones domésticas entre ciudadanos, entre padres e hijos. En un esfuerzo demagógico por captar el voto así llamado hispano, Obama se equivoca: la lógica establece que sea el inmigrante quien se ocupe de aprender la lengua de sus anfitriones, más particularmente cuando esa lengua, en franca expansión y transformación, ha podido sintetizar las aspiraciones de expresión más diversas. El inglés que se habla hoy en Paterson, New Jersey o en Nueva York es lingua franca, cabal ejemplo de síntesis y diversidad cultural. Mucho más significativo que el español hoy fue, a fines del XIX y principios del XX, el yiddish y sin embargo poco y nada queda del más de centenar de periódicos publicados y de los teatros y programas de radio consagrados al idioma de los judíos ashkenazim. Tal vez algunas palabras sueltas: meshuganeh, shtinck, shmack, shlep… En el melting pot nada se pierde, todo se traduce. Los Estados Unidos es un país de inmigrantes donde la idea de la diversidad es síntesis: E pluribus unum.
Andrés Oppenheimer asiste la postura del candidato argumentan-do que el número de norteamericanos que dominan una lengua extranjera “es patético comparado con países como Luxemburgo”. Es posible que Oppenheimer estuviera en lo cierto, pero también es cierto que la superficie del Gran Ducado es inferior al minúsculo Rhode Island State (2.586km2) y que no es culpa de nadie que se encuentre rodeada de francoparlantes y alemanes que se turnaron a lo largo de la Historia por marcar las diferencias en lugar de disolverlas. Los Estados Unidos no son Europa y el tema sin duda es complejo y la complejidad se presta a juegos babelianos donde el desorden propicia la pesca, por ejemplo: de votos. Al manifestar vocación bilingüista, Obama busca capitalizar en el orgullo nacionalista del hispanismo, siempre afecto a las reivindicaciones triviales. Ríos de tinta han corrido en la estéril defensa de la “ñ” convertida -por capricho- en gallardete de una cruzada cultural mezquina. La raza, lo nuestro, la identidad cultural, mi gente y tantas otras muletillas, son recursos del conservadurismo progresista que ignora las transformaciones culturales por las que atraviesa la Humanidad, en su conjunto. La verdadera integración no se sostiene en el bilingüismo –como lo supone el senador por Illinois– sino en la incorporación práctica de valores culturales que trasciendan la limitación del lenguaje, prerrogativa que no alcanza ni los habitantes de Luxemburgo, ni los de Eslovaquia, ni los letones –llegado el caso– que para preservar la postal incólume garantizan la integridad corporativa de las partes. En casi toda Europa el multilinguismo es antídoto contra la integración, la potage y la contaminación cultural a la que tanto temen. En los Estados Unidos, esa integración supone asimilación: un solo idioma enriquecido en el léxico de muchos y una cultura en transformación que garantiza la vigencia del motto adoptado por resolución parlamentaria en 1782: E pluribus unum. Los inmigrantes sudamericanos no son ni mejores ni más privilegiados que los chinos o los coreanos, que al igual que los rusos, polacos, italianos, noruegos, in-dios, persas, mongoles, suecos, y alemanes antes que ellos debieron aprender la lengua de la nación a la que vinieron a sumarse para enriquecerla. A lo largo de más de cuatro siglos el “experimento americano” se ha visto beneficiado con el aporte de todos, suponer que eso tenga que cambiar para privilegiar la pretensión corporativa del hispa-nismo es un concepto antinorteamericano que no ayuda al propósito de Barak Obama frente a la contienda electoral del próximo 4 de noviembre.
Diario Perfil, 27 de julio de 2008
The Buenos Aires Soja Party
Hubo una vez, en un reino muy lejano, monarcas que hacían su voluntad incuestionable. Los caprichos reales eran impuestos por la fuerza, hasta que un buen día se quedaron sin policía que les hiciera caso y fue ahí cuando comenzaron los problemas. La corona no tuvo entonces más remedio que buscar la colaboración de sus súbditos y fue así como nació el Parlamento. Esa forma de cooperación ha regido Inglaterra desde entonces hasta nuestros días aunque, cabe destacar, hubieron momentos aciagos, pretensiones absolutistas, católicos al acecho y guerras civiles por las que más de uno (empezando por Charles I) perdieron piñon y corona.
Algunos años más tarde y para terminar definitivamente con las pretensiones absolutistas, el Parlamento promulgó una Declaración de Derechos (Bill of Rights, 1689) que restringía las atribuciones divinas: basta de facultades extraordinarias; nada de retenciones al agro; no más designaciones de parientes del interior y ni qué hablar de despilfarrar el erario sin el consentimiento del cuerpo legislativo.
Muchos años más tarde, los colonos de Nueva Inglaterra cuestionaron la legitimidad de tarifas aduaneras aplicadas al té de la China basándose en lo previsto en referida la Declaración de Derechos. “No taxation without representation” pasó a convertirse en lema instrumental de lo que acabaría siendo una causa revolucionaria. La corona buscó sortear la dificultad aludiendo que todos los súbditos gozaban de igual representación parlamentaria sólo que, en algunos casos, esa representación era “virtual”. La Virtual Representation suponía que aquellos que no tuviesen voto estaban contemplados en el de los que sí lo tu-vieran, por similitud y afinidad and go plunk yourself. El artilugio, si bien astuto, no hizo mella entre los patriotas que entendían que el tributo impuesto sin representación concreta era propio de las tiranías católicas. El affaire desencadenó The Boston Tea Party, que fue la chispa que encendió la mecha de la Guerra de Independencia Americana y del primer experimento republicano de la Historia.
Doscientos treinta y cinco años más tarde, y trescientos diecinueve después de la promulgación del Bill of Rights, los argentinos se-guimos buscando la manera de fijarle límites a las ambiciones desmedidas del monarca o tiranía de turno. Se me ocurre que esto va para largo y que es bueno que así sea. Alfredo De Angelis pareciera intuir que la representación virtual es tan despreciable como las listas sábana y que en la Cámara de Disputados no va a encontrar respuestas a los interrogantes del campo. La Fernández y el Príncipe consuerte no alcanzan a percibir siquiera la verdadera dimensión del conflicto. Con un vocabulario frágil de veinte términos políticamente correctos, la adhesión de bufones prebendarios y una canción desesperada, los Kirchner no dejan de poner a prueba cotidianamente la paciencia de los argentinos. Pero como diría quien fuera que lo hubiera: “No hay mal que dure cien años ni culo que lo aguante…”
Quizá haya llegado, después de todo, la hora del Buenos Aires Soja Party en Puerto Madero, y la mecha espera. Sólo los legítimos representantes (disputados abstenerse) pueden decretar nuevos impuestos y legislar en nombre de sus representados. La discusión no puede ni debe darse en las plazas, ni en carpas ni frente a las cámaras de televisión. Pero para que así sea, habrá que considerar la postergada reforma política y una declaración de derechos real que garantice la representatividad de los ciudadanos a la que el peronismo se resiste por reaccionario, antidemocrático y mañero.
Diario Perfil, 29 de junio de 2008
Diario del Qué en Bolivia
La primera imágen que me viene en mente cuando pienso en Bolivia es la de una mujer sentada en la vereda de la calle Cangallo, junto a la entrada del supermercado Disco. Por aquel entonces, yo tenía siete años y la vendedora de limones unos cuarenta. Curiosamente, hoy ya no existe la calle Cangallo de mis mocedades, yo ya no soy el que era y seguramente la mujer tampoco. La segunda referencia que tuve de Bolivia fue cuando la muerte del Che. Pocas veces después volví a oír de ese lugar. Alguna vez en 1978 desde la ventanilla de un Boeing 707 de Braniff International Airways y a doce mil metros de altura sobrevolé Santa Cruz; luego La Paz. Ya no existen ni Braniff ni los Boeing 707. Alguna vez pensé que Bolivia podía ser una melodía de Simon & Garfunkel en el Central Park. Simon & Garfunkel tampoco existen. Según dicen, en poco tiempo es Bolivia lo que va a desaparecer, y mi paciencia tiene un límite. Antes de que todo se vaya al garete, antes de que el país se fraccione y pase a convertirse en otra cosa, tengo que con-seguir el sello boliviano en mi pasaporte para sumar a un álbum que llevo de países en extinción: ¿Yugoslavia, Checoslovaquia y la URSS? Las tengo. La decisión estaba tomada.
Viajé a Salta con el propósito de reunirme con el Negro Ramírez y Guille. La idea era llegar hasta Aguas Blancas, a orillas del Bermejo, y cruzar al otro lado y hacer una película en Bolivia sobre la desintegración. Una vez sellado mi pasaporte, seguiríamos tras las huellas de Castelli y el Ejército Auxiliar del Norte. Esos caminos condujeron alguna vez a los centros de poder, hoy conducen a ninguna parte. Si todo sale bien, llegaríamos a Potosí en un par de días. Me gusta la idea de sacarle plata a una mina a 4.824 metros sobre el nivel del mar y respirar la falta de oxígeno. I can’t wait.
LA FRONTERA
Aguas Blancas, a orillas del Bermejo, es un lugar curioso. El ómnibus que nos trajo desde Salta se detuvo en la terminal. Nunca más apropiado el nombre. Ahí no hay más que gente en interminables filas esperando pasar por la aduana para embarcarse en chabolas o cruzar con el agua al cuello. Llevan huevos, miles de huevos, cargados en carros que jalan como orientales disputándose cada palmo del trayecto. En cualquier frontera latinoamericana uno puede hacerse a la idea de qué es lo que no puede conseguirse del otro lado. En Bolivia faltan huevos. Nosotros vamos por otra fila, más diligente, más rápida, donde no hay huevos. Los equipos de filmación llaman la atención al vista. El hombre de uniforme pregunta adónde vamos y le respondo que a Bolivia, y eso pareciera ser suficiente. ¿Adónde más podríamos haber ido? Después: la barranca. Los que vienen cargados dan vuelta los carros y en lugar de jalarlos tratan de frenarlos para que los huevos no terminen pasados por agua. Junto a la orilla los (nos) esperan las embarcaciones a motor o a remo. Los que no tienen para el pasaje cruzan a pie. Dicen que cuando el río viene cargado muchos no lo consiguen. Un poco más al Este pueden verse grupos que cruzan eludiendo migraciones. Algunos días más tarde, a mitad de camino, en un lugar llamado Camargo, conocí a Weimar Dueñas López. Weimar me contó que durante casi seis años vivió en la Argentina ahorrando para regresar y comprarse una casa. Precisamente allí, en Aguas Blancas, lo detuvieron y lo despojaron de todo. Dice Weimar que los gendarmes le ro-baron mil quinientos dólares, pero que lo que más le dolió fue que le hicieran lavar y cepillar caballos durante tres días. Weimar afirma que ahora que tiene trabajo no piensa ni sueña con hacerse la Argentina. Dice Weimar, también, que a las muchachas que regresan por Aguas Blancas no las ponen a cepillar caballos.
Desde el momento que llegamos fuimos presa de la fauna local, mosquitos casi imperceptibles me dejaron las piernas como frontón de tiro, lo que explicaría que los locales no anduvieran en bermudas. Las sonrisas de los nativos lo dicen todo: el gringo es un nabo. Nelson Rivera López, piloto del transbordador, me aclara: “Son muy diminutos los upiteros, se meten por todos lados, señor”. Los upiteros son tenaces y chupan hasta diez veces su volumen en sangre. Pienso en Jorge Massetti corriendo entre los matorrales enfrentando junto a sus compañeros la resistencia upitera y la gesta revolucionaria vuelve a ganar mis respetos. No creo que Massetti se haya perdido en el monte salteño, como cuenta la leyenda. Creo que se lo morfaron los jejenes o que lo volvieron loco y terminó arrojándose desde el barranco a las rocas. La revolución tiene sus bemoles. Pienso en Massetti pero también en Guevara, Butch Cassidy, Castelli y Belgrano. Cómo puede ser que ninguno haya dejado constancia de este flagelo. Se me ocurre que, a veces y por hacerse los machos, los hombres dejan fuera del relato detalles mínimos.
WELCOME TO TIJUANA
Al otro lado del río está Bermejo, una suerte de Tijuana, puerto libre para que los argentinos vengan y compren, y en Bermejo hay de todo de todo menos huevos. Busco dónde sellar mi pasaporte, y nada. Esto no es Bolivia, Bolivia queda saliendo de Bermejo, camino a Tarija. La avenida costanera es un caos. La villa se extiende hacia el interior atestada de mercados de ropa china, perfumes truchos, pilas, zapatillas, brocados, alfombras, artesanías, devedé truchos, cedé truchos. Buscamos un hotel de cinco estrellas y nos conformamos con una. El edificio era como un laberinto de pasillos y escaleras. En uno de esos pasillos me cruzo con una nativa de cabellos como la crin de una yegua que pasa el lampazo sacándoles brillo a los baldosones. De una de las habitaciones sale una pareja. La mujer, de unos setenta años va de kolla; él de civil: traje gris, camisa y corbata. Algo parecido sucede en las calles de Amman, donde alguna vez vi a una mujer cubierta por el velo acompañada por un hombre tan de civil como el que acababa de cruzarme. Es curioso cómo la tradición suele ir del brazo del hombre.
Me calienta la pendeja que limpia los pisos. No sé si es la crin de yegua o el lampazo, pero hay algo que definitivamente me atrae de la situación. En eso estábamos cuando creí reconocer el olor del humo del cigarrillo de Billy Grant, un olor penetrante, dulce como la melaza de maple acaramelado. Billy Grant, a quien no había vuelto a ver desde mis días en Nicaragua, me sorprendió por detrás como si el tiempo no hubiera transcurrido. Estaba igual que siempre, un clon de Stuart Whitman con tiradores:
—“This is gonna get ugly kiddo”— dijo señalando los titula-res del diario local en el que se hablaba de la toma del aeropuerto de Santa Cruz. Venía con hambre atrasado y a punto de desmayarme. Grant sugirió que fuéramos al mercado, y eso fue lo que hicimos. En el trayecto el veterano me contó que no trabaja más para la “agencia”, que después de la explosión en el compound de los marines en Beirut tuvo una revelación y que ahora se consideraba un neomarxista. “Mano de obra desocupada”, pensé. A poco de andar, encontramos un chiringuito que pintaba bien para el tentempié. Desde los parlantes de la radio junto al mostrador brotaban incontenibles los ladridos del Chaqueño Palavecino interrumpidos por las noticias:
“Unidades de la Fuerza Aérea boliviana tomaron esta madrugada el aeropuerto ViruViru. Fuentes cercanas al gobierno precisaron que la terminal está copada por soldados y policías que no permiten el ingreso a periodistas. Algunos funcionarios y personal civil denunciaron haber sido tratados como terroristas”.
—“Si volvemos al banzerismo estamos perdidos” aseguró Grant segundos antes de hundir la jeta en lo que quedaba de su tamal. “Evo tiene miedo y se le nota, García Linares; en cambio, la tiene clara. Pero los yanquis le dieron la espalda, como lo hicieron con Allende. This ain’t good politics kiddo… Desde Washington el Leadership Institute alimenta la fragua con la esperanza de partir Bolivia al medio. Divide y vencerás, lo de siempre”.
A Grant le habían lavado el cerebro, no hay nada más patético que un CIA vuelto evangelista-bolivariano. El imperialismo ya no es lo que era y las fantasías paranoicas del progresismo se hicieron presa de la desilusión. Mientras el gringo despotricaba contra el capitalismo, yo me preguntaba por qué la propietaria del chiringuito pelaba naranjas antes de exprimirlas. No tiene sentido. Un poco más allá, junto a un muro en que puede leerse “Evo racista”, hay una kolla sentada junto a su manta vendiendo limones. Billy Grant andaba con espíritu de reclutar y yo no estaba con ánimo de sumarme a ninguna causa emancipadora, de modo que aproveché su ida al baño para perderme en los pasillos del mercado en busca de una respuesta a la pre-gunta que comenzaba a obsesionarme: ¿Por qué los bolivianos pelan las naranjas antes de exprimirlas?
Esa tarde dimos con Newton Álvarez Toledo, el chofer que se ofreció a llevarnos en taxi a Tarija. El hombre dijo que pasaría a buscarnos por el hotel a las 5.00 pm y decidimos aprovechar las dos horas que nos quedaban en Bermejo para buscar un mapa de ruta y tirarnos a descansar en los sillones del lobby del hotel y fumar. Mapas no hay. Una vez más, las noticias por la radio:
“Una multitud liderada por Rubén Costas, gobernador de Santa Cruz, se volcó a las calles para manifestarse contra la toma del aeropuerto por parte de las tropas federales”. Según la radio, el gobernador habría aprovechado la volteada para acusar a Chávez de golpista y no dudó en llamarlo macaco, rata, sinvergüenza y cobarde. Si se trataba de una pulseada para medir fuerzas, pareciera que Santa Cruz lleva las de ganar. Costas no parece interesado en los rumores y en la primera de cambio deja en claro que ni en la Rusia comunista, ni en la Alemania de Hitler, ni en la Cuba de Fidel, ni en el Chile de Pinochet hubo jamás lugar a reclamos autonómicos, dejando de ese modo en claro cuáles serían los paradigmas de Morales y su aliado venezolano. Interesante. Para el gobernador rebelde, la autonomía santacruceña es un reclamo que debilita la estrategia centralista y amenaza la acumulación de poder del inca de turno. Hablando del INCAA, el otro, el de Lima 319, acabo de recibir confirmación verbal de que las autoridades de turno no darán reclamo a mi solicitud de apoyo al documental sobre Bolivia temiendo que se trate de otro ardid del imperio para debilitar la estrategia bolivariana. La cruzada maneja la caja, uno hace lo que puede. Días antes de mi llegada a Bermejo, Hugo Chávez advertía desde Cuba sobre la posibilidad de que Bolivia pudiera convertirse en un nuevo Vietnam; de ser así, Venezuela no permanecería de brazos cruzados, aseguró el macaco. Suena interesante. Quizás éste sea, después de todo, el principio de otro viaje.
EL TAXISTA SUICIDA
A poco de andar la cuesta que nos aleja de la frontera, dimos con el puesto de migraciones y Newton Álvarez Toledo ofició de intérprete, lo que me pareció sumamente curioso, ya que todos hablábamos la misma lengua. No quise hacer demasiadas preguntas. Ahora tengo el sello que acredita mi paso por un país que está a punto de dejar de serlo. El viento sopla del cuadrante noreste y de repente todo se cubre de humo. Los upiteros no se dan por enterados y lanzan un ataque en masa. El humo, cada vez más denso, viene de la quema de sembradíos de soja que mantiene al chaco santacruceño en tinieblas durante esta época del año. En la medida en que los recursos naturales de los chacos santacruceño, chuquisaqueño, del Beni y Pando ganan pro-tagonismo, el antiguo poder minero del altiplano pierde sustento. En definitiva, ésa pareciera ser la madre del borrego.
Queríamos llegar a tiempo para cenar truchas en Tarija, veníamos en silencio, cada uno en lo suyo, un poco acojonados por la velocidad con la que Newton tomaba las curvas después de persignarse. La fe resulta envidiable.
—“No se preocupe que la virgen viaja con nosotros”, aclara el hombre, besando la medallita de plomo que cuelga del retrovisor
—“Acá nadie viaja de arriba”,,le digo; “si no paga, se baja”.
—“No diga esas cosas, a ver si todavía nos pasa alguito”. Nunca se me había ocurrido pensar en la muerte como “alguito”.
Los pueblos se suceden entre plantaciones de naranja.
—“Antes de que terminaran la carretera, se tardaba una noche en llegar” asegura Newton. Todo cambia. Le pido a Newton que se detenga junto a un lapacho en flor. El hombre obedece. El árbol es extraordinario, amarillo. Un poco más adelante la banquina se puebla con gente de rasgos suaves que no se ajusta a los escasos requerimientos de la postal boliviana.
Segunda parte
Son guaraníes, tobas, weenhayeks y tapietes. Están también los pacahuaras, quienes según registros recientes alcanzarían la friolera de once individuos, casi tantos como para una selección. Los nativos de por acá dicen que tienen sus muy originarios escrotos por el piso de la dominación de los nativos de allá arriba; es decir, de los kollas y los aymarás que los vienen explotando desde mucho antes de que a Pizarro se le ocurriera organizar el imperio de otro. Los de por acá dicen que Morales es mestizo, medio kolla y medio blanco, y que ellos no tienen en buena estima a ninguna de las dos subclasificaciones.
Newton advierte:
—“Si van a quedarse en Tarija, vayan sabiendo que a los prostíbulos los llaman mansiones y no “casa de damitas” como en Bermejo. Si de regreso pasan por Bermejo, no dejen de visitar “Okay”, ahí hay damitas que vienen de Brasil y Colombia”, dice Newton, “y no se preocupen porque a las damitas las ve el médico todos los martes, aunque no haga falta porque no tienen mucho trabajo. Sólo turistas, las bermejeñas son bastante putas y a fin de cuentas, para qué andar pagan-do lo que a uno le regalan, ¿no?”.
BIENVENIDOS A PADKAYA
Al anochecer dimos con un pueblo a oscuras. El humo había quedado abajo, en los valles. Podría asegurar que Padkaya es bello a la luz de la luna. La oscuridad también es silencio y en los pueblos donde no hay luz la gente susurra. No entiendo bien por qué. Dice Newton que su familia es de allí, de Padkalla. Dice que más arribita hay un chorro y una laguna donde habita una sirena a la que muchos vieron. Las leyendas que hablan de sirenas en lagunas son comunes en estos pagos y me cuesta creerles, después de todo es sabido que las sirenas no son de agua dulce. ¿No será que de tantas ganas de tener una salida al mar los bolivianos las inventan? Newton me dice que cuando Bolivia recupere el mar, todo se va a solucionar. Nunca terminé de entender el argumento y le cuento que Suiza, rodeada de montañas, es uno de los países más ricos del mundo y que Haití, que sólo tiene salida al mar es uno de los más pobres.
—“Eso es allá; esto es acá”, contesta y sin más se monta al volante de su Datsun Corolla con el que finalmente llegamos a Tarija un par de horas más tarde.
TARIJA LA LINDA
Tarija se parece en mucho a La Habana y los tarijeños le dicen “la linda” del modo que los salteños llaman a su provincia “la linda”. Es bueno que el lugar en el que uno vive sea lindo. Yo he conocido ciudades horribles, por ejemplo Gualeguaychú.
A lo largo de este viaje habrá siempre quien sostenga la originalidad conforme a un supuesto orden de llegada o lo que es peor, de su creación. Supongo que la originalidad es otra cosa y hace a la ex-clusividad. Ser originario por estos pagos no resulta demasiado original. Bolivia es un pueblo hecho de muchos pueblos, todos distintos y originarios seguramente, pero vaya uno a saber de dónde.
Voy a durar poco en Tarija. Una noche de luna llena y una trucha rellena. Bajando por la calle Virginio Lema en busca del Guadalquivir me encontré frente a un muro de adobe en el que leo: “Evo: Tarija será tu tumba”. Bolivia: siete letras, un millón y medio de preguntas.
Por la mañana temprano, mientras el Negro y Guille ultimaban los detalles de la partida, aproveché para comprar una libreta de anotaciones, un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas plastificadas con ilustraciones del elefante Trompita. Poco serio.
Apenas se aleja el viajero de Tarija, se encuentra con el desvío a Oriente donde comienza la subida a la cordillera de Sama. A dos horas de andar, la temperatura cae unos diez grados y lo verde desaparece delante del lente como si se lo hubieran cargado. Atrás (abajo) queda Tarija, oriental, húmeda, petrolera, guaraní-amazónico-upitera con olor a tierra mojada y siestas a la sombra de un lapacho. La tumba de Evo, a decir de muchos. Por delante, el altiplano: terracota, seco, árido, polvoriento, inhóspito, bello hasta las nubes, kolla-céntrico y minero, quechua y aymará. Entre una Bolivia y la otra: nada. La nada, una guerra a punto de alimentar la fragua documental. Hace dos horas estaba en Tarija, ahora busco sin suerte el empalme a Potosí. En Bolivia no hay mapas. Dicen que en el Archivo General de Indias hay un par que bien valen la pena, pero por acá no se consiguen. En eso andaba, cuando la última curva se desdobló sobre una huella ancha y recta que devolvía al terreno la horizontalidad perdida. Aparecieron las primeras casas de adobe, algunas cabras sueltas, una vaca, prendas secándose al sol en patios demarcados por muros precarios de barro y piedra, perros y un cementerio, después otro. Dos cementerios parecen demasiado para un lugar como éste. Antes de llegar al caserío, cruzamos un puente sobre el lecho pedregoso de un río seco cuyo nombre (si alguna vez lo tuvo) nadie recuerda. Casi sin darnos cuenta llegamos a Iscayachi, el Kandahar de América.
ISCAYACHI
La calle principal sin nombre es tan ancha como la pista de aterrizaje para narcotraficantes. Por un momento, tengo la impresión de que detrás de un edificio va a asomarse un Humvee cargado de marines tras los pasos de una banda de talibanes a caballo camino a Dabare. Tal vez no. Un niño en bicicleta pedalea en dirección al cementerio. Sobre el manubrio, un manojo de flores blancas. Las mujeres del pueblo se parecen a la limonera de la calle Cangallo y a su pariente del mercado en Bermejo. Casi todas van vestidas de tradición, pero ellas no saben que los suyos son trajes típicos. Me da la impresión de que esas mujeres han perdido algo: ya no son originales. Entre las más jóvenes hay alguna que optó por las muy marcadas formas de un Lee bien ajustado, desteñido, made in China. Pero les falta relleno. Todavía no he visto un buen culo en lo que llevo relevando terreno boliviano. ¿Será? A mí me gustan las kollas en jeans más que las ko-llas con pollera a pesar de lo que les falta. El jean resulta siempre más honesto, las polleras engañan. Los hombres, en cambio, van de paisano y usan gorra de béisbol de algún club de la liga americana o de una destilería de petróleo cruceña. Además de soja, Santa Cruz tiene petróleo y gas y oleaginosas y esas cosas. Durante siglos, lo que importó fue la plata de las minas y a los potosinos les valió madre que los orientales vivieran de la caza y de la pesca. Ahora la tortilla parece haberse dado vuelta. Más allá, una gomería sin gomero y un camión estacionado junto a la esquina desde la que unos tipos miran y se sonríen. Somos un éxito: ¡Somos exóticos! En uno de los muros de la pista de aterrizaje leo un graffiti que insta a votar por “un hombre que hace cosas”, pero no revela ni identidad del sujeto ni cuáles las cosas que hace. Me da la impresión de que por aquí ya nadie hace nada y que el almacén de Roberto Sánchez y René Soraide no ha vuelto a abrir sus puertas desde que Castelli se animó con el Ejército Auxiliar. No debe de ser fácil auxiliar a nadie en Iscayachi, menos un domingo. Todos parecieran estar esperando algo, ¿pero qué?
La señora Mamani, propietaria del único almacén abierto en domingo, asegura ante la pregunta de rigor:
—“Siga derechito hasta El Puente, de El Puente a Las Carreras, de Carreras a Villa Abecia y de Villa a Camargo, pasando por Palca Grande. De Camargo a Tacaquira, Muyuquiri, Padcoyo, Licore. Después viene Totora Palca, Belén y Cucho Ingenio. Ahí ya va llegando a Potosí, caballero. A no más de las cuatro”.
Se me ocurre que no se consiguen mapas del altiplano porque la gente no los necesita.
Antes de abandonar Iscayachi, aprovechamos para comprar algunas galletas y unas cuantas botellas de agua. Las señoras volviendo del río con las tinajas cargadas ya no son parte de la postal y las señoras aseguran que prefieren las botellas aunque, llegado el caso, parecieran dispuestas a posar para el National Geographic.
—“Las botellas son más prácticas en llevar señor” dicen. Comprando estábamos cuando nos dimos cuenta de que los nativos habían rodeado la camioneta o “movilidad”, que es como se le dice por estos pagos a cualquier forma de transporte. Poder trasladarse implica no permanecer sentado sobre un bulto, apoyado contra un muro, mirando por los visillos. En Iscayachi, las apariencias engañan: donde todos parecieran estar de paso están, en realidad, esperando algo que los traslade, que los transporte. Por más exóticos que fueramos, no nos miraban a nosotros, miraban la camioneta y la posibilidad de un pasaje. Tal vez esto último explique el engorde de las tropas de Belgrano. Se me ocurre que en aquel entonces, la posibilidad de sumarse a un ejército de campaña tendría mucho que ver con la inmovilidad. Esta gente, a pesar de las limitaciones, viaja distancias considerables si se tiene en cuenta que parecieran estar siempre en un mismo lugar. Supongo que no son ellos, son otros. Me miran y los miro; amago a moverme y nada. Tengo la impresión de que éste es un juego que ellos conocen mejor y que juegan desde siempre. También está claro que no tienen ningún apuro y esperan jugar sus fichas cuando intente marcharme. El “no” ya lo tienen, lo que no tienen es nada que perder. Me toca mover a mí.
Gringo sube a camioneta. Your turn. Ellos juegan en equipo. En la aproximación vino el diálogo en lengua partida. Casi todos los nombres de lugares que arriesgan resultan incomprensibles a mis oídos. Alguien tira San Vicente camino a Villazón. Seguramente el hombre piensa que vamos de regreso a la frontera, pero se equivoca. Digo: “¡Voy a Potosí!”. El hombre insiste: “¡San Vicente!”. Pienso que por San Vicente anduvo Butch Cassidy y la posibilidad resulta tentadora. Lo pienso, dudo un instante. El hombre sonríe como si me tuviera entre las cuerdas. Me toca mover a mí:
—Potosí, voy a Potosí si alguien va para ese lado, que suba— digo. Todos menos dos se retiran desanimados. Los que se van lo hacen como los pajes, sin reverencias, caminando despacio hacia atrás. Las dos que quedaron en el tablero son mujeres. Una va vestida para la postal, la otra de jeans, made in China.
—¿Hasta dónde van?— pregunto.
—Hasta allacito — dice la que parecía ser la madre de la otra.
Dejamos Iscayachi con dos pasajeros en tránsito rumbo Potosí el 23 de septiembre a las 12:15 pm. Temperatura: 19°. Humedad 12%. Vientos leves del sector Norte.
Visibilidad: una preciosura.
Diario Perfil. 3-4 de mayo de 2008.
La patria cinematográfica
Lima 319 es la sede del gobierno de una nación organizada en corporaciones símil-logia, abocadas a preservar el Santo Grial, también conocido como The Box. A ella se refirió Héctor Olivera como Patria Cinematográfica; Quintín, por su parte, prefirió el término famiglia, en el sentido que le otorgan las páginas de Mario Puzzo. Frente a la sede se encuentra el lugar donde Evita pronunció su renunciamiento. Alvarez debió haber pensado en ella antes de redactar la suya, y hasta es posible que hubiera escuchado la voz del General susurrándole al oído: “Tranquila, negrita, todo va a salir bien”.
Ni bien cace la manija, el flamante presidente del INCAA debería anular reglamentaciones que entorpecen el desempeño de una ley que está para mucho más si se la lee con espíritu de grandeza, desarticular la corporación, sus comités vitalicios y los quioscos gerenciales, instaurando la práctica de firma digital en reemplazo de los expediente físicos, hoy privilegio de Ruanda y Bolivia. Asimismo, sería necesario que promoviera el resurgimiento de productores, no meros gestores empeñados en llamar industria a eso que no deja de ser maña, destreza o artificio aplicados a la realización de una película y la obtención de subsidios. Si le sobrara tiempo, debería ocuparse de la ley de mecenazgo, de la eliminación del IVA a la producción, de redactar un proyecto de una ley de “copia privada” que grave el soporte de copias legítimas o no, forzando a los piratas a pagar derechos con la compra del material virgen. Debería también inaugurar una era de créditos industriales destinados a la puesta en marcha de estudios, laboratorios y centros de desarrollo. Ya que estamos, tendría que pensar en la manera de instrumentar una política arancelaria que permitiera la llegada de tecnología sin tener que recurrir al contrabando. Me entusiasmo: a lo anterior habría que sumarle la reglamentación de escuelas de cine para que de ellas surjan técnicos y creativos que hablen menos de teatro ruso y semiología. En ese sentido, habría que preguntarse qué requerimientos acreditan al docente (Nota: si el haber visto todos los capítulos de E.R. no te alcanzan para enseñar cirugía cardiovascular en Medicina, no veo por qué haber visto cine mudo alemán te habilita para enseñar producción en la UBA). Sería indispensable promover el renacimiento de la desaparecida casta de escritores y guionistas. Y ya que andamos, por qué no pensar en la distribución internacional de las películas made in Argentina, aunque para eso habría que seducir primero a los nativos, hoy convencidos de que el cine argentino es una bosta. Todo tiene que cambiar. Imagino una Ciudad del Cine y la Televisión en un lugar alejado de Palermo, digamos Garín (Tomo nota: comprar un terrenito por las dudas). También me entusiasma la idea de que el cine deje de pensarse como una postal. Si Hollywood puede abordar la vida de Evita, por qué tengo que resignarme a no filmar las de Idi Amin o Frantz Liszt porque un sietemesino, miembro del comité descalificador, encuentra los sujetos poco argentos para sus escasos requerimientos nazionalistas.
Diario Perfil. 15 de marzo de 2008
Marea Roja (Acorazado Potemkin)
El Potemkin se desplaza muy lentamente por la bahía de Tendra. Trata de evadir a las torpederas leales, que no se deciden a dis-pararle. La escena parece un juego o un baile. Entretanto, en la ciudad, los cosacos continúan carneando gente y las columnas de humo se dispersan sobre el continente, cubriendo los campos con un hollín negro y pegajoso.
Krieger, vicealmirante de la escuadra, está reunido a bordo del Rotislav, en Sebastopol, escuchando el informe de los capitanes. Sólo necesita tres buenos buques que pueda enviar a la bahía para terminar con el Potemkin. Pero la flota no le responde como debería. En el Catalina II, la tripulación canta el Ave María y el Padrenuestro, pero se niega rotundamente a entonar Dios salve al zar. La tripulación del Alexander II, anclada en Kronstadt, desacata las órdenes, mientras que en los astilleros de Nikolayev se escuchan tiros desde muy tem-prano, sin que nadie tenga la menor idea de quién los dispara. Pero el problema no es sólo el Potemkin: La flota –o lo que queda de ella después de la paliza que los japoneses le dieron en Tsu-Shima– está en peligro.
Finalmente, Krieger ordena que el Santa Trinidad, el Jorge el Conquistador y el Los Doce Apóstoles zarpen inmediatamente con ins-trucción de acabar con el Potemkin antes de que a otro buque se le ocurra enarbolar el sucio trapo rojo en lugar del pabellón con la cruz de San Andrés.
El pas-de-deux entre el Potemkin y las torpederas que filmó Sergei Eisenstein tenía sentido sólo hasta cierto punto: el motín a bor-do más célebre de la historia del cine no respondía –como lo proclama el cineasta en la secuencia de la carne agusanada– a un desacuerdo so-bre el menú de la tripulación. Borges estaba en lo cierto al asegurar que “El acorazado Potemkin” no es “un film realista”. El filme elude la crueldad creando una atmósfera artificialmente festiva que busca ganar la simpatía de los espectadores y, al mismo tiempo, aislar el motín del complejo engranaje de circunstancias que lo determinaron. El guión de Nina Agadjanova, más ambicioso en un principio, contemplaba todos los hechos vinculados con los levantamientos de 1905. Al ena-morarse del episodio Potemkin, Eisenstein despoja al film de un sen-tido histórico trascendente conviertiéndolo en ficción, omitiendo –en-tre pormenores– el accidentado trajín por el Mar Negro y concluíyen-do la aventura abruptamente.
LOS MARINEROS CAMPESINOS
La decisión de huir poniendo proa a Constanza (Rumania) tuvo que ver con dos activos participantes de las deliberaciones a bordo, Constantine Feldmann y Kirill, dirigentes de la socialdemo-cracia ucraniana que se sumaron a la tripulación del “Potemkin” durante el episodio de Odessa. Tanto Feldmann como Kirill aportan el barniz ideológico del que carece la tripulación. Afanasy Matushenko, protagonista del film de Eisenstein es, como la mayoría de sus compañe-ros, un campesino analfabeto sin antecedentes políticos y, lo que es mucho peor, sin ninguna experiencia previa como marino.
Al igual que Fyodor Mikishhin, Josef Dymtchenko y los otros 667 trripulantes marineros, Matushenko había sido arrancado de los surcos de Bessarabia para revitalizar las tropas diezmadas en la guerra Ruso-Japonesa. Sin la intervención de Feldmann, es probable que los amotinados se hubieran quedado a enfrentar los refuerzos que venían de Sebastopol –con lo cual Eisenstein se habría tenido que conformar con un cortometraje– o navegado a la deriva hasta que los encontrara Krieger, o hacia el Bósforo, donde los esperaban los turcos para mandarlos al fondo del mar. En Constanza, suponían los amotinados, podrían reapro-visionarse y darle tiempo a la Revolución hasta que ganara momentum. Feldmann entendía que era cuestión de aguantar, que tarde o tem-prano otros buques iban a sumarse.
EL DÍA DESPUÉS
La orden de poner motores a toda máquina fue impartida por Matushenko al piloto Alexeev, uno de los tres suboficiales sobrevi-vientes del sangriento 27 de junio, día del motín. Así como Eisenstein evitó mostrar lo que realmente había sucedido en Odessa cuando el Potemkin intentó cañonear el teatro (ver más adelante “La puntería Bolchevique”), su versión de los hechos hace del golpe de los insu-rrectos una pícara osadía marinera. Pero lo cierto es que la toma del acorazado implicó el aniquilamiento de toda la plana mayor menos siete oficiales que fueron retenidos durante once días en las letrinas por si las moscas, a los que habría que semarles los tres suboficiales –Alexeev incluído– que Matushenko consideró im-prescindibles para navegar el Potemkin. El resto, los prescindibles, fueron apuñalado ri-tualmente o arrojados al mar, donde sirvieron de blanco para los tira-dores que probaban puntería desde las barandillas de babor y estribor según la ocasión. Borges supone correctamente: el levantamiento del Potemkin no fue un episodio heroico ni estuvo desprovisto de cruel-dad. La frivolidad con la que aparecen los hechos en la pantalla poco y nada tiene que ver con el baño de sangre que exigieron.
Durante la primera noche de navegación en fuga, el Comité Revolucionario –formado por los líderes del alzamiento y los militan-tes de Odessa– redacta un modesto comunicado (el primero de varios) dirigido a la Humanidad íntegra:
“Ciudadanos de todos los países y de todas las nacionalidades, el gran espectáculo de la gran guerra por la libertad está ocurriendo frente a vuestros ojos”.
Los amotinados esperaban un vuelco en la voluntad de las tri-pulaciones de otros buques; la fuga de Odessa había sido sólo un en-treacto en la guerra revolucionaria: Pronto –suponían– se sumarían otros y las masas enardecidas los recibirían en puerto como a héroes. En otro párrafo del comunicado los amotinados intiman al zar a que concluya la guerra con el Japón y abdique sin más “…convocando a una asamblea internacional constituyente sobre las bases del sufragio universal, directo, secreto e igualitario”. El comunicado concluía diciendo que la tripulación amotinada del Potemkin estaba “dispuesta a triunfar o perecer en el intento”.
EL POTEMKIN NO SE VENDE
En la madrugada del 2 de julio, el guardia de turno anuncia que están frente al puerto de Sulina. Es un amanecer promisorio. Por el momento no hay noticias de la flota y el horizonte está libre de obs-táculos –sobre todo de humo– y eso es bueno. Llevan varios días na-vegando a tres cuartos de máquina y las calderas piden agua a gritos. En Constanza, seguramente, podrán reaprovisionarse de carbón y agua dulce; por el momento habrá que darles de beber lo que hay, y lo que hay, y en cantidad, es agua salada.
El Potemkin llega a Constanza cerca de medianoche de aquel mismo día fondeando a milla escasa del muelle. El comandante Ne-gru, responsable de las operaciones navales de la flota rumana, ignora el saludo de dieciocho cañonazos que sí pone en alerta a los vecinos. Negru decide esperar que aclare. La base de Constanza disponía de un sistema de comunicación más sofisticado que el Potemkin, y estaba al tanto de lo que sucedía y de las advertencias de la flota. Pero Constan-za no es Rusia, y Rumania va a jugar sus propias cartas en el asunto.
En la madrugada del 3 de julio se presentaron a bordo del acora-zado ruso, con cara de buenos amigos, unos cuantos oficiales en repre-sentación de Negru. Los rumanos fueron agasajados en el camarote que había sido del capitán Golikov, donde había una buena provisión de vodka y vinos moldavos dignos del ágape. La ocasión llama al brindis y Matushenko descorcha. Poco antes del mediodía, las partes acuerdan que el Potemkin puede permanecer anclado y que un contin-gente de los amotinados estaría autorizado para desembarcar para comprar alimentos y contratar a un médico que asista a heridos y en-fermos. Cuando Matushenko pide carbón y agua potable, el oficial con más medallas entre los presentes busca desentenderse del asunto argumentando que tratándose de carbón y aguad debería primero consultarlo con sus superiores. En las arcas del Potemkin había cerca de veinte mil rublos (casi seis mil libras) destinados a esos efectos. La negociación no iba a ser fácil.
A media mañana se presentó a bordo la comitiva de una em-barcación rusa comandada por el capitán Belvaniety: acababa de an-clar y no estaba al tanto de la situación del Potemkin. Además de no contar con sistema de comunicación Morse, Belvaniety tenía otra excusa: los periódicos en Rumania hablaban del tema, pero ni él ni ninguno de sus tripulantes leía rumano. De manera que al pisar cubierta llegó la sorpresa: en lugar de la formación reglamentaria con la que debía encontrarse, Belvaniety dio con unos cuantos talargas tarareando “Ochichornia” mientras otros tantos tomaban sol en cubierta. En eso, Matushenko apareció de la nada escoltado por un par de lugar-tenientes revolucionarios.
—“Tiene usted exactamente treinta segundos para desembarcar y dos minutos para regresar a su barco”, dijo el camarada.
Belvaniety, indignado, exigió saber dónde estaba el capitán a lo que Matushenko respondió señalando al fondo del mar.
La tercera visita del día fue de una delegación del crucero ru-mano Elisabeta, también anclado en las proximidades, que fueron tan bien recibidos como los primeros e igualmente convidados a beber vodka en el camarote que había sido del capitán que ahora estaba en el fondo del mar. Entre la segunda y tercera copa, Matushenko y Feld-mann aprovecharon para llevarse a cubierta a un par de peces gordos con medallas y estrellas con la idea de comprarles, por debajo de la mesa, las indispensables provisiones de carbón y de agua dulce. Pero los oficiales doblaron la apuesta ofrenciendo derecho de asilo, pasa-portes rumanos e inmunidad a cambio de que les vendieran el Potem-kin. Ni más ni menos. Molesto, Matushenko devolvió la gentileza pre-guntándoles a los oficiales cuánto querían ellos por el Elisabeta y todo se fue al garete. Fin del encuentro. Esa misma tarde llega un comunicado de tierra que advierte a la tripulación que el Potemkin ya no es bien-venido, y que no habrá para ellos ni agua ni carbón ni provisiones.
PLAN B
La dirigencia amotinada-en-pleno se reúne alrededor de una carta del Mar Negro para analizar la inmediata partida del puerto de Costanza y los posibles destinos. Alexeev, presente sólo como refe-rencia en caso de consulta (nadie tenía en claro cómo interpretar cartas marinas) sugiere Eupatoria, pero en Eupatoria no había carboneras. Kirill propone regresar a Odessa, pero todos concuerdan que sería un suici-dio. Dymtchenko señala sobre la carta el Golfo de Kerch, donde la flota solía abastecerse, pero Mikishhin lo supone bloqueado y el tema queda descartado. Ninguna de las posibilidades parecía convincente. Entretanto, Feldmann, que se había pasado toda la discusión hojeando una Guía de puertos del Mar Negro de la biblioteca de Golikov, pro-puso Theodosia, que además de puerto carbonero estaba en ruta al Cáucaso. Feldmann y Matushenko habían discutido la posibilidad de iniciar un foco revolucionario en la Caucasia en caso de que, como parecía, la flota no se sublevase para acompañarlos en su marcha triun-fal a San Petersburgo para colgar de las barbas al zar Nicolás. Se optó por Theodosia.
Levan anclas con los motores en marcha cuando un lanchón se arrima a babor con un mensaje del rey Carol I: una invitación a ren-dirse. Pero esta vez el tono era diferente, y además lo firmaba el mis-mísimo rey de Rumania, quien les garantizaba que no habría repre-salias y tampoco los entregaría a los ruskies. La oferta era interesante, pero Matushenko la juzgó tardía. Rumania los había despreciado, y eso no se perdona fácilmente.
UN PUEBLITO DE MORONDANGA
El Potemkin llegó a Theodosia en la madrugada del 5 de julio, apenas unas horas después del mensaje de San Petersburgo, advir-tiéndoles de las consecuencias que sufrirían si llegaban a ceder a los pedidos de la tripulación amotinada. Hubo intercambio de señas con banderitas y otras formalida-des marineras, hasta que Kirill y Matushenko fueron finalmente invitados a desembarcar para exponer su situación en el delicioso ayuntamiento local. Para cuando los amotinados llegan el lugar está repleto. Kirill, cebado, aprovecha y se despacha con un discurso de hora y media que concluye con la solicitud formal de carbón y agua dulce. El alcalde agradece la presencia de los marineros y la elegante concurrencia, y promete presentarse esa misma tarde a bordo con la ayuda requerida.
Poco después del mediodía, el guardia de turno anuncia que del muelle acaba de partir el mismo vaporcito que había llevado a Matu-shenko y Kirill hasta Theodosia esa mañana: viajan de pie el alcalde, el secretario del Tesoro y un asistente que abordan y son recibidos por la tripulación y la dirección del Comité Revolucionario en pleno. El aspecto de algunos tripulantes da pena: hace días que no comen, y el agua potable que alcanzan a procesar a bordo no es suficiente.
El secretario del Tesoro lee el pliego con las provisiones que ofrece Theodosia: carne en pie y carneada, aceite para motores a com-bustión, tabaco, fósforos, vodka, pan y harina, vendajes y periódicos. Queda claro, cuando termina, que el carbón y el agua dulce quedaron afuera. La mayoría de los marineros parece recobrar el aliento sólo con la mención de la carne, el vodka y el tabaco. No así Matushenko.
—“Muy bien”, dijo cruzándose de brazos, como solía hacerlo. Y agre-gó: —“Tienen veinticuatro horas para traer lo que nos ofrecen, ade-más del carbón y el agua dulce que se olvidaron. Si se demoran más de veinticuatro horas, les volamos el pueblito en pedazos” (sic). La delegación de theodosianos se retiró en su vaporcito y los amotinados se fueron a dormir una vez más sin probar bocado.
En la madrugada del 6 de julio, las nuevas circulan de hamaca en hamaca entre los marineros del Potemkin: los habitantes de Theo-dosia abandonan su pueblito de postal para refugiarse en las monta-ñas, llevándose todo lo que pueden. Algunos van a caballo, otros en burro, muchos a pie: parecen hormigas subiendo por senderos inter-minables que se pierden en los bosques. Era la única alternativa que les dejaban los cañones del acorazado y las amenazas del zar.
Aprovechando el éxodo, Matushenko y Feldmann echaron mano del vaporcito y fueron a por lo suyo, en misión carbonífero-sorpresa. El arrojo les costó mucho más de lo que estaban dispuestos a gastar: la partida de cincuenta kamikazes que habían dejado los theodosianos salió a enfrentar a los intrusos disparándoles desde la costa. Tres de los a-motinados murieron en el intento; el resto tuvo que regresar a nado hasta las escalerillas del Potemkin. Esas tres bajas fueron mucho más desmoralizadoras que las sufridas en Odessa cuando regresaba la par-tida que había ido a enterrar a Vakulinchuk. Después de todo, ese pueblito de morondanga en el medio de la nada acababa de costarles tanto como el entierro del “mártir del Potemkin”. Ese día hubo quien habló de volver a Sebastopol y entregarse. La mayoría seguía sosteniendo que era una locura. Pero seguir a la de-riva también era insensato, y la falta de agua y alimentos causaba estra-gos. Hasta que alguien, de golpe, recordó la oferta del monarca ruma-no, que ya no parecía tan despreciable.
SUELO BAJO LOS PIES
El Potemkin entró por última vez en la bahía de Constanza a las 2 de la madrugada del 8 de julio. Quizá pueda decirse que los esta-ban esperando. A poco de haber llegado, una delegación mínima se presenta a bordo y confirma los términos de la oferta. Al amanecer, los tripulantes del Potemkin comienzan a desembarcar, agotados des-pués de trece días sin pisar tierra firme, mal alimentados, sedientos. En las pequeñas embarcaciones que los acercan a la costa cargan con todo: vajilla, ornamentos, sanitarios, muebles, herramientas, tohallas, herrajes, libros. Una vez en tierra firme, Matushenko distribuye equi-tativamente los 20 mil rublos que no les habían servido para comprar carbón ni agua dulce.
LA DIÁSPORA
Cerca de setenta marineros y suboficiales regresaron a Sebas-topol para ser juzgados. Siete de los más comprometidos con la con-ducción del motín fueron fusilados y diesinueve fueron enviados a Siberia. El resto recibió penas de hasta veinte años de prisión. El Potemkin fue finalmente restituido a sus “legítimos” propietarios y –en un arranque de zarismo patológico– rebautizado “Pantelymon” por Nicolás II, lo que significaba algo así como “campesino maleducado o despreciable”. Los que optaron por quedarse en Rumania gozaron de una relativa tranquilidad durante poco más de un año. En la primavera de 1907, Matushenko aceptó la amnistía que le propusieron los rusos y al llegar a la frontera fue colgado por traidor (e ingenuo).
Richard Hough, autor de The Potemkin Mutiny, asegura que en el verano de 1908, Dymtchenko y treinta y uno de sus camaradas emigran. Con ayuda de la socialdemocracia alemana llegan a Londres, donde son invitados a dar conferencias y charlas para una logia cono-cida como la British Friends of Russian Freedom. Hough, que alcan-zó a entrevistar a veteranos de esa organización británica que dio apo-yo a los revolucionarios rusos, recuerda un testimonio en particular que echa por la borda cualquier posibilidad de cerrar el tema para fu-turos biógrafos. Según la fuente, en la tarde del 16 de septiembre, ve-teranos y padrinos se reunieron por última vez, cantaron canciones en ruso y en inglés, y bebieron vodka y maltas escocesas. Al día siguien-te, los treinta y un orientales se embarcaron con destino a la Argenti-na. Richard Hough concluye su investigación precisamente allí, en las radas de Liverpool. Pero la escena no deja de ser un buen comienzo para otro crucero.
LA PUNTERÍA BOLCHEVIQUE
(Toda la verdad sobre el cañoneo contra el teatro de Odessa)
Una de las escenas más recordadas de la película de Eisenstein es aquella en la que los cañones disparan contra el teatro de Odessa, todo un símbolo de la burguesía opresora. Los cañonazos dan en el blanco y un león cae de su pedestal anticipando el derrumbe del impe-rio. En una conversación con el periodista Esteban Peicovich, Borges imagina:
“Tenemos el barco de guerra, el acorazado disparando sus cañones a la ciudad de Odessa. Ahora bien, como senti-mos simpatía por los marinos, el único daño que hacen sus ca-ñones es tirar un león de piedra de su pedestal. Eso podría pa-sar en una película fantástica, pero en una película realista me imagino que si un acorazado dispara a cien metros de nosotros mataría a alguien. Pero, claro, no puede matar a nadie porque estropearía las simpatías de los espectadores. Unicamente por eso mata a un león de piedra. No me parece que los rusos se-pan hacer realismo”.
La decisión de bombardear el teatro no fue sencilla ni abrupta. En principio hubo oposición por parte de la mayoría de los amotina-dos, que entendía que sería un baño de sangre innecesario. Entretanto, y aprovechando una tregua pactada con el general Kokhanov, que estaba a cargo de las fuerzas militares en Odessa, una partida integra-da entre otros por el padre Parmen daba sepultura a Vakulinchuk en el cementerio militar. De regreso al Potemkin, el grupo sufre un ataque sorpresa en el que mueren tres marineros. La noticia vuelca las volun-tades en favor del bombardeo. Matushenko, complacido, ordena la puesta en marcha de los motores y el avance del Potemkin hasta un cuarto de milla de la costanera, una maniobra que carece del menor sentido, ya que el buque contaba con cañones de doce pulgadas y un alcance de precisión de doce millas.
Pero la confusión fue más allá. Ante la duda, Matushenko or-denó cargar los cañones de doce, los de seis y los de tres por si acaso; para colmo, los que podían operar eficientemente la capacidad de fuego del Potemkin habían sido arrojados por la borda con unos cuan-tos agujeros en el uniforme. Los amotinados, en su mayoría campe-sinos analfabetos, nada sabían de maniobras complejas como la que estaban a punto de encarar. Era como sacudir de un cañonazo el Tea-tro Colón desde un acorazado anclado en medio del Río de la Plata con una tripulación de conscriptos santiagueños. Como era de espe-rar, el tiro fue a dar en Corrientes y Esmeralda.
La tarea, planeada y orquestada por Constantine Feldmann –delegado ante el Comité Revolucionario del Partido Social Demócrata en Odessa–, era imposible desde el vamos. Feldmann descontaba que en el teatro estaría reunida la oficialidad zarista en pleno, incluido el mismísimo general Kokhanov. Muerto Kokhanov, pensaba el delega-do, las tropas se sumarían a la causa, y con Odessa a los pies de los in-surrectos ya nada detendría la revolución.
Llegado el momento de disparar, el Comité recurrió al subo-ficial Bedermeyer, uno de los pocos marinos de carrera que, al igual que el teniente Alexeev, se había sumado a la causa a último momen-to. Junto a Bedermeyer, para asegurarse de que no hubiera errores, es-taban en el puente Matushenko, Dymtchenko, Mikishhin, Feldmann, Kirill y el teniente Kovalenko. Bedermeyer buscaba con dificultad el objetivo en la mira. El teatro, elevado respecto del nivel del mar y a más de una milla de distancia, estaba rodeado de otros edificios ocu-pados por hombres, mujeres y niños que no tenían la menor idea de que estaban a punto de ser desintegrados. Dispararon primero tres sal-vas de aviso, pero la señal, destinada a la población civil, alertó en cambio a los oficiales que iban a reunirse en el teatro. Los militares se dispersaron antes del primer cañonazo; los civiles no. El estruendo de la primera carga sacudió la banda de estribor con todo el peso de sus seis libras. Hubo vivas y hurras entre los amotinados. Luego el impacto, la columna de humo y el alerta desde el punto de observa-ción: —¡Laaargooooooo!.
Matushenko, desconcertado, tarda unos segundos en reaccio-nar, y lo hace de mala manera. Bedermeyer se pone más nervioso de lo que estaba y se excusa argumentando que sin un plano a escala de la ciudad es imposible dar en el blanco. Matushenko no parece enten-der razones y ordena el segundo disparo. Bedermeyer calcula, ajusta la mira y vuelve a dar la orden. El estallido sacude de nuevo la banda de estribor, y una vez más se oye el alerta desde el punto de obser-vación: —¡Laaargooooooo!.
La tarde del 29 de junio de 1905, dos tiros de cañón fueron disparados desde el acorazado Potemkin y ninguno –mal que le pese a Eisenstein– dio en el blanco. Para consuelo de Borges, tampoco arran-caron ningún león de su pedestal. Los disparos impactaron un poco más allá del objetivo, sobre viviendas y locales, en pleno centro de la ciudad, donde no había generales del zar sino civiles tratando de evacuar la zona. Pero quizá Bedermeyer no haya sido tan torpe como parece. Después de todo, en lugar de una sentencia de muerte o un puesto en un campo de trabajos forzados en Siberia, como la mayoría de los amotinados, lo que recibió fue una bonificación y un ascenso de grado.
Diario Página/12, Suplemento Radar, 6 de marzo de 2005.
El coágulo sagrado
Y el paso de mi morcilla por la villa de Venado Tuerto…
Los europeos se sorprenden al vernos retroceder sobre las huellas en busca de una historia que nos contenga. Aunque en realidad no veo de qué habrían de asombrarse quienes desde siempre han cultivado la idea de que la sangre, más que los talentos, avala circuns-tancias extraordinarias. Podemos pensar en centenares de agrupaciones dedicadas al estudio de temas genealógicos cuyo objetivo primordial pareciera ser la reivindicación de sus miembros como herederos en un pool genético exclusivo, suerte de “Cantriclú” del Coágulo Sagrado al cual se ingresa por vía endovenosa hasta transformar la heredad en morcilla para deleite de los socios. Son los hijos e hijas de dudosa procedencia, herederos de príncipes, reyes y dioses, hijos de la divinidad aunque la divinidad y el apellido sea lo único que no cayó en manos de prestamistas londinenses. El certificado, la condición de hijo de algo superior (identificable), convierte a los “hijos de” en una subespecie entre lo humano y lo divino; en una suerte de semihéroes o semihombres que han revuelto su sangre en la sangre de sus antepasados sumergiéndose en un pantano de la cual son crúor esencial. Pienso también en los H.I.J.O.S. y se me ocurre que no debe ser muy distinto el mecanismo que pone en funcionamiento la selección de sus iniciables. Digo, no veo por qué vayan a sorprenderse los europeos de nuestras agitaciones, de nuestros intentos por descifrar el genoma, a menos que teman –los europeos– una inminente invasión con Moyano a la cabeza enarbolando la documentación probatoria de su condición de único heredero al trono de Castilla. Suena descabellado, pero una de las características más notables de la genealogía (genial-orgía) es, precisamente, lo descabellado y factible que resultan ser sus revelaciones. El hombre americano (los que legaron) buscó desprenderse de la pesada carga ancestral, a cambio de un destino, una vida más acá de las naves incendiadas. La idea fundamental (fundacional) fue construir(se) un presente desvinculado (aunque más no sea creyéndolo) de los traumas primitivos que habían quedado en ese atrás al que los habitantes de Brooklyn llaman “the old country”. Resulta curioso que quienes llega-ron al Río de la Plata hablaban de Europa, al tiempo que los que llegaron al Hudson o al East River hablaron siempre de “el viejo país”. A Europa puede regresarse, mientras tenga nombre (y sus derivados: España, Italia, etc.), a “el viejo país” es más difícil regresar, quizás imposible. En un intento por romper amarras, por incendiar naves y salvarse, el protagonista de “Luz de las crueles provincias” vende el árbol genealógico que le había encomendado su padre al partir de Italia. Tradición y genealogía son moneda de cambio que van a proporcionar al protagonista de Tizón los recursos para iniciar una nueva vida. Después de todo, América no parece un destino tan cruel para una historia que debió haber quedado para siempre sepultada en el pueblo de sus mayores.
Pero resulta que no es tan fácil deshacerse de la historia personal, y quien lo logra está inevitablemente convirtiéndose en el eslabón de una nueva cadena que habrá de provocar el interés de algún heredero futuro. ¿Acaso no es en cierta forma lo que hace el mismo Tizón exorcizando desde su Lettera 22, y en Yala, lo que podrían tener de reales sus vínculos con la historia familiar? Todo esto me hace pensar en aquella mariposa de Bradbury que cambiaba el devenir de toda la humanidad modificando irremediablemente el pasado (que de todos modos para la mariposa era el presente). Y en ese andar reescribiendo la historia, buscando encontrar quienes somos los que somos en esta orilla o fuimos en la otra, uno busca inevitablemente rearmar con una mano lo que con la otra enajenó (uno o su sangre) para salvar el pellejo. A mí también me ocuparon alguna vez los ancestros de la otra orilla con sus historias o los de esta misma, más al norte, en una Nueva Inglaterra de cofias e ideas peregrinas. Pero hoy me interesa más la reconstrucción de un pasado menos remoto del cual, paradójicamente, es mucho menos lo que sé. Supongo que esta variante de la obs-tinación tiene que ver con las circunstancias que rodearon a mis abuelos y no a los suyos (no los de usted sino los de mi abuelo –¡ese tercero singular!–) cuyos paradigmas ya me fueron en gran medida revelados. Reconstruir el entorno de mis antepasados norteamericanos o vénetos del XIX (los del XVIII suelen ser más atractivos) constituye un juego, una mera distracción. Pero cuando el objeto se traslada a mis abuelos, ya no puede hablarse exclusivamente de una práctica lúdica sino que también entran en la partida otros factores capaces de constituirse en herramienta útil para pensar las vicisitudes que nos hicieron ser quienes somos bajo una lente ligeramente menos empañada por la condensación de los siglos.
Veamos: abuelos tuve dos y eso me tranquiliza. Un tercero hubiese puesto en peligro cualquier intento por abordar el tema con seriedad. Ambos están íntimamente ligados a la provincia de Santa Fe aunque ninguno de los dos de allí provenga. Como es sabido, sólo los querandíes (querendones) pueden arrogarse la pertenencia a la tierra, aunque vaya uno a saber, a sabiendas de los privilegios de sangre de sus ancestros guaraníes. Pero dejemos de lado los Native Americans, aventuras y desventuras de la conquista, para regresar al tema de mis abuelos made in América que a esta altura del partido me parece mucho más interesante que las tribulaciones de mil taparrabos. Por el lado materno pienso en don Jacobo (Kaplan), centroeuropeo, hombre de campo cuyos lazos con el viejo mundo son violentamente desarticulados por la acción devastadora del nazismo. Don Jacobo recaló en María Teresa, localidad vecina a Venado Tuerto, como recibidor de cereales. El zeide, como lo llamábamos sus nietos, acabaría por reinventarse, años más tarde, como próspero ciudadano de la ciudad de Rosario. El padre de mi padre fue Saúl Mariano Montes Bradley, hijo de argentinos descendientes de españoles, norteamericanos y alemanes con contiguos (en términos americanos) lazos en el Nuevo Mundo. Saúl nació en Rosario exactamente hace noventa y seis años. Sus padres eran de Buenos Aires, pero la crisis (siempre hubo alguna) de fines de siglo los había desplazado hacia el “interior”. En toda generación ha habido quiebres, bisagras que coinciden con las recurrentes crisis. La que le tocó vivir a mi abuelo paterno lo empujó un poco más allá del “interior” de sus padres; por algún tiempo, el destino de Saúl y su tribu marchó a Venado Tuerto. Aquel “interior” de sus padres había sido Rosario, el suyo, esa otra frontera en la que hoy busco vestigios de su paso por la tierra; indicios que me permitan reconstruir sus fantasmagorías, ficciones al fin y al cabo no muy distintas a las de tantos otros hombres.
Hoy resulta interesante pensar en esa sucesión de traslados en términos de fronteras que se cruzan, que son cruzadas. Supongamos que la primera en la saga familiar fue la aduana porteña de Buenos Aires (el árbol genealógico asegura que no). Hay cierta memoria de un paso prologado –¿un siglo?– por la miserable aldea. Hubo que sobrevivir batallas (no la de Isla Verde precisamente), revoluciones, tiranías y transformaciones hasta que uno de esos cambios, una de esas crisis, fuerza el acercamiento al nuevo destino: Rosario. Claro, para entonces ya las sangres están lo suficientemente licuadas para que no se hable en términos de españoles, norteamericanos o alemanes sino de argentinos. Los que llegan a Rosario llegan de otra orilla pero no “de afuera”. Esta nueva frontera tiene la peculiaridad de ser un puerto de río y como es sabido todos los ríos van a mar y el mar aún une mi sangre (mi morcilla) con las orillas y las morcillas del Mediterráneo o de Nueva Inglaterra. Pero la crisis que azota a la generación de mi abuelo (quizá sólo a mi abuelo), arranca a Saúl de la margen occidental del Paraná para depositarlo en el fondo de un destino americano al que pienso con la forma de un vaso, un lugar llamado Venado Tuerto, un espacio inimaginable cuya sola mención habla de una cierta na-turaleza frágil y discapacidad. El traslado de Rosario a Venado Tuerto debió haber estado signado por esas mismas características. Los nom-bres de las ciudades las tienen. Pienso que es digno ser venado y que resulta casi heroica su discapacidad, en su condición de tuerto (¿su tuertez?). Rosario, en cambio, me produce cierto resquemor, al menos no considero apropiado para un agnóstico comecuras como el sus-cripto haber venido al mundo (según dicen) en una ciudad consagrada al rosario y a la fe santa que tanto nos ha hecho doler. Mi abuelo Saúl, para regresar a su paso por la Tierra y no al mío, se radica a fines de la década del treinta, principios de los cuarenta en una modesta vivienda de la calle Saavedra de aquel lugar tan americano, tan venado y tan tuerto. Hoy la casa sigue en pie, no así mi abuelo que falleció miles de cigarrillos más tarde. Mi padre conserva una fotografía de cómo era la casa entonces, de cómo él cree recordarla al dar sus primeros pasos. La imagen aggiornada del inmueble (me gusta decir inmueble) me pertenece. Logré esa toma durante una reciente visita a Venado Tuerto. Una invitación de Fernando Peirone, editor de la revista Lote, me abría las puertas al pasado, a esa otra frontera de mi morcilla. Invito al lector a que compare ambas fotografías. Si todo sale bien, el diagramador las habrá dispuesto como en aquel juego de los siete errores. El tiempo fue desdibujando líneas en la mampostería, convirtiendo la puerta principal en el ingreso a una peluquería para niños (seguramente consecuencia de alguna otra crisis); cambiaron los portones y seguramente la sombra del árbol ya no es la misma. Durante aquella visita me fue posible encontrar otros rastros del paso de mi abuelo por aquel lugar. El logo del Jockey Club por ejemplo, también el de la Sociedad Rural y algunas revistas en las que su pluma trazó anuncios para tiendas prestigiosas hoy seguramente desaparecidas merced a otra u otras crisis sucesivas: Ansaldi, Balbuena Hnos., Cococcioni & Cía. Una maqueta del Club Nueva Era, una foto de mi padre junto a su mate y otra del abuelo junto a sus amigos del lugar. Quizás alguien pueda reconocer alguna de las caras que lo acompañan en lo que parecería ser un domingo de invierno para celebrar.
El paso familiar por aquella frontera, por aquel Far West (farlamérica), fue breve. Un par de años después de instalarse en aquella casa de la calle Saavedra, mi sangre emprende el camino de regreso. Y digo regreso con cierta solemnidad porque nunca mi morcilla había llegado tan adentro del país. Nunca antes se había apartado de las orillas de los ríos y los mares que le permitieran replegarse al cauce. Mi abuelo junto a mi padre y la madre de mi padre regresaron a Rosario desde dónde otra crisis (¿nacional o personal?) expulsó a mi viejo sobre las huellas de su abuelo pero a la inversa. La aldea miserable ya no lo era tanto y mi padre arroja el ancla por casi cuarenta años en los que hubo de sobrevivir batallas (no la de Isla Verde precisamente); revoluciones, tiranías y transformaciones hasta que uno de esos cambios, una de esas crisis, fuerza el acercamiento a un nuevo destino. En cuanto a mí, bien, me tocó en suerte como a mi padre, desandar los pasos del abuelo de mi abuelo o del abuelo del abuelo de mi abuelo y me dejé llevar por las aguas hacia las mismas costas de las que habían zarpado ciento cincuenta años antes. Hoy no vivo en el azul Mediterráneo de los Montes (les ahorré a los españoles el disgusto de volver a ver mi coágulo republicano), sino en la América de los Bradley. Da igual, ambas están muy lejos y muy cerca de aquel venado ciclópeo donde la conjunción de ambos apellidos fue un gesto infinitamente americano sobre la pampa gringa. Esa conjunción de nombres Montes-Bradley, sólo pudo darse como las de Belgrano-Rawson, García-Hamilton y tantos otros en una extensión de tierra cruel que separa a sus generaciones con crisis para después engullirlas, deslizarlas por el embudo hasta el fondo del vaso donde acabarán convertidas en borra generacional de café, de vino, en sueños “generacionales” o pesadillas “colectivas” para finalmente vomitarlas a todos (o devolverlas) al mar, en un gesto reconciliador con la estirpe. Mi familia, mi sangre, mi estirpe, mi morcilla tuvo muchos destinos, uno de aquellos fue Venado Tuerto donde aún persisten, a pesar de las crisis y el tiempo, las huellas de mi abuelo Saúl.
Revista Lote. Año VII, N° 72, julio 2003. Venado Tuerto, Santa Fe.